Ese sábado en la mañana Donde Lucy se encontraba casi vacío. Había una pareja en una cita, unas mujeres hablando sobre sus vidas y al fondo estaban ellos. Habían elegido la mesa más alejada, cerca de las escaleras. Desde allí podía verse perfectamente la entrada. La cafetería tenía siempre música tranquila y el olor a café mejoraba el ambiente. Solamente se encontraban Dean y Amara. Tomás se había tardado mucho, ya eran casi las ocho de la mañana y aún no aparecía. Incluso, la mesera había llegado tres veces a preguntarles qué deseaban. Finalmente se rindieron y pidieron cada uno un batido.
La charla que había tenido con Dorian, había sido breve. Le habló sobre el respeto a los superiores, lo peligroso que era investigar ella sola—definitivamente era su padre, la conocía mejor que ella misma—, sobre el caso profesor Alvarado y finalmente sobre el trabajo de Aylin, del cual solo dijo que era peligroso y confidencial, incluso entre los miembros. No fue capaz de sacarle información, era muy inteligente. Explicó a Amara que entendía su frustración por el trato de la general hacia su amigo, pero que debía comprender que retar a una autoridad como ella no traería ningún beneficio. ¿Por ser importante entre los guerreros se le perdonaría cualquier acto? No era justo, aunque prefirió guardarse la idea para sí.
A las ocho y media de la mañana, ya habían decidido irse, cuando apareció Tomás en la entrada, como siempre con esa mirada de que tenía algo peligroso en mente.
El viaje en bus le fue eterno, un niño de cinco años gritaba y lloraba, exigiendo a su madre un helado. Los tres en asientos apartados, esperaban en silencio, mientras a Amara la entrevistaba una mujer anciana, quien se preocupó al verla sola, con una mochila y un mapa en mano. Le contaba de una vez que de joven decidió escaparse de casa, que salió muy mal y lastimó mucho a su familia. Ella le repetía que se trataba de un viaje escolar, más la mujer insistía en advertirla. Pasaron los minutos y el bus se vaciaba poco a poco. Se reunieron al fondo, en los últimos asientos vacíos que estaban juntos.
Logró respirar cuando sintió el suelo de nuevo.
Eran apenas las once de la mañana cuando llegaron a la casa de Sofía. El lugar era hermoso, una montaña con una vista espectacular del pueblo, y lo más hermoso, el lago. Era un terreno plano, con algunos árboles frutales en los lados, un pequeño estanque y al fondo, unas dos cabañas. Llevaban tiendas de acampar, pero la idea de dormir en una cama en lugar del suelo, los convenció. Se quedarían hasta la mañana del día siguiente, por lo cual tenían el tiempo contado.
Al entrar en la cabaña, Amara se sorprendió. Tenía seis camas a lo largo de la habitación, así que colocaron sus mochilas pequeñas y todo lo que llevarían sobre una cama, en la otra su ropa y finalmente guardaron lo demás debajo de sus propias camas. El olor de la madera, la decoración y las alfombras, lo volvían un lugar muy acogedor. Dean y Tomás compartirían la cabaña a su lado, era un poco más pequeña, tenía dos entradas y un ático.
Ya con todo preparado, se reunieron en el portón de la propiedad. Cada uno con una mochila, linterna, soga, comida, botas y abrigos de tonos oscuros—ya que no consiguieron negro—, incluso llevaban una brújula, un mapa y un extraño croquis hecho por Tomás.
Tenía la pequeña esperanza de que encontrarían algo que les ayudara a resolver el misterio, o al menos estar más cerca de saber quién es el asesino. Sólo debía pensar cómo entrarían a la casa y qué buscarían. La casa fue inspeccionada por completo, debía haber un detalle que olvidaron a plena vista. ¿Qué podía ser?
Mientras salían, comentaban detalles, hasta que Sofía los sorprendió con otro tema.
—Sobre lo que nos dijo Celestina, ¿a cuál de nuestros compañeros prefieren conocer mejor? —preguntó Sofía, cerrando con llave el portón—. Sé que hay que conocerlos a todos, pero hay que empezar con alguien.
—No lo sé. Los gemelos me dan miedo. Eyra no habla. Abril también me da miedo… —dijo Tomás—. Soy amigo de Gregorio, podemos hablar más con él.
—No diría amigos —susurró Amara.
—¡Somos amigos! Hasta me contó un secreto.
—¿Qué secreto? —preguntó Sofía.
—No sería un buen amigo si les cuento —recordó Tomás cruzando sus brazos.
—Abril no da miedo, me parece buena persona.
—Sólo usted piensa así, Amara —dijo Sofía—. Bueno, Isaac piensa lo mismo…
Tomás inmediatamente se colocó al frente de su grupo, miró a Sofía con una gran sonrisa.
—Como a usted le gusta espiar a la gente debe saber de todo.
—¡Yo no espío a nadie! Sólo me informo —se defendió ella.
—¡Enviar sus clones es espiar! No se haga.
—Pero sí le sirve cuando me pide información de otras personas, ¿verdad?
—A mí me sirve bastante —intervino Amara.
—Sigue siendo espiar, sólo admítalo.
Sofía cubrió su rostro con su bufanda y adelantó el paso. Tomás la siguió continuando con sus bromas. Ella se hartó y comenzó a perseguirlo con la linterna en mano, amenazando con golpearlo en la cabeza. Amara y Dean observaron a Tomás huyendo de Sofía. Luego de unos minutos, ya cansados, se reunieron.
La casa de la esposa de Alvarado quedaba en el límite entre Castena y Liternia. Tomaron un autobús que estaba repleto de familias. Tuvieron que viajar veinte minutos y cuando por fin llegaron a la parada no sabían dónde estaban. Tomás reconoció un restaurante muy famoso, llamado "Pescador e Hijos", donde al parecer pescabas con tus amigos o familia, lo que atrapaban lo comían en un extraño lugar que parecía una cabaña, incluso tenían unas fogatas donde se podía cocinar el pescado y comerlo como en un campamento.