Gracias a las enormes ventanas, la casa estaba parcialmente iluminada. Lo que le restaba a la tétrica atmósfera que esperaban. Usaron sus linternas sin problema, ya que no importaba si apuntaban a las ventanas, nadie podía ver hacia dentro del lugar gracias a lo alto que eran los muros.
El vestíbulo estaba medianamente limpio. La alfombra empolvada, al igual que el piso de madera y los muebles finos. Ya entendían desde que vieron la casa por fuera el por qué a nadie le interesó, pero cuando Amara la vio por dentro entendió perfectamente a Mateo. Ese lugar podría tener unas diez habitaciones, sin contar la principal. Era tan grande que solo una persona allí sentiría una soledad increíble.
Por eso era un buen lugar para ocultar un negocio ilícito.
Aunque fuera muy bonita, si nadie estaba allí, no se apreciaría entre el silencio.
Tomás cerró las cortinas con cuidado. Luego Dean encendió las luces—excluyendo la de la sala de cuadros—y apagaron sus linternas. La casa obtuvo un poco más de vida.
Lo que más llamó la atención de Amara era la cantidad de fotos familiares. Mateo les había contado que él y el profesor Alvarado eran los mayores de ocho nietos de la familia. Había cuadros de la familia junta, de solo las mujeres, de solo los hombres, de los menores, de cada uno de ellos y una foto con sus mascotas. Era exagerada la cantidad. Amara entendía que sus abuelos querían mucho a sus nietos, pero llegar a ese extremo de fotografías y cuadros…
—Me encantaría tener una gema luz ahora mismo —dijo Tomás apagando su linterna.
—Gema lux —corrigió Dean—. Pero igualmente no necesitaríamos una.
—Sólo decía…
El viento golpeaba las paredes del lugar. Sintiéndose como el violento oleaje.
—Iré arriba a ver las habitaciones —anunció Amara.
—Voy contigo —propuso Sofía y subió junto a la chica.
—La casa es muy grande —dijo Dean haciéndoles una señal para que esperaran—. Deberíamos separarnos, o no tendremos tiempo.
Tomás negó con la cabeza, sacudiendo sus colochos.
—En las películas de terror, siempre que se separan sucede algo muy malo —señaló él, claramente asustado. Los cuadros lo intimidaban.
—Sí, pero esto no es una película de terror, Tomás —aclaró Dean impacientemente.
—Fuiste tú quien abrió la puerta, ahora no digas que tienes miedo —le reclamó Sofía.
—¡No tengo miedo! ¡Para probárselos iré solo!
—Qué rápido se contradice… —susurró Amara.
Dean fue a investigar la cocina, la sala de estar y la sala de cuadros. Tomás decidió ir él solo al ático, pero no se atrevió a ir al sótano.
—Siempre pasa algo malo en los sótanos —aseguró, antes de ir al ático.
—En los áticos también —recordó Sofía intentando asustar al chico.
—Casi nunca —dijo él.
Al dividirse Amara sintió que sería más rápido encontrar algo. No había nada peligroso en esa casa, lo sentía. Lo más terrorífico que podría encontrar sería un investigador.
Las habitaciones de arriba estaban muy ordenadas. Todas las camas bien acomodadas y los libros en sus respectivos libreros. Cada cuarto estaba acomodado diferente pero siempre tenían lo mismo: la cama, el librero, el escritorio, el armario y la mesita de noche. Buscaron debajo de los colchones, detrás de los muebles, incluso Amara examinó cada uno de los libros para verificar que fueran reales, abrió los armarios vacíos y examinó el suelo de madera. Habitación tras habitación y no encontraron nada. En la principal tampoco ni en los baños o en la sala de arriba.
Les faltaba una habitación, cuando Sofía dijo que iba a asustar a Tomás allí arriba.
—Todas son iguales, ya me cansé de revisar el mismo cuarto… Parecen infinitos —dijo ella buscando algo en su bolso—. Pero si quieres revisar el último, adelante. Aunque no creo que encuentres nada.
—¿Vas a asustar a Tomás? —le preguntó Amara, incrédula.
—¿Por qué no?
—Estamos en una casa donde si nos encuentran nos expulsarían y nos enviarían a un reformatorio —No era momento para bromas, ¿en qué pensaba? —. ¡Incluso nuestros padres irían a la cárcel!
—Cálmate, nada sucederá. Relájate un poco. Sólo voy a vengarme por lo que dijo antes.
—Como digas...
—¡Suerte! —le deseó Sofía y se fue.
¿En qué momento se habían invertido los papeles? ¿Desde cuándo ella era la responsable?
Cuando la chica se quedó sola, miró la última habitación. Al final del pasillo, era la única con la puerta de otro color, blanco. Esa estaba completamente desordenada. La cama estaba al revés. Las sábanas en el suelo y los libros sobre esta. Incluso a algunos les habían arrancado las páginas y arrugado. El armario estaba lleno de papeles y textos destrozados. Los investigadores no hubieran hecho eso.
¿Sería obra de un ladrón? Aunque el desastre era muy grande y meticuloso como para hacerlo en un corto periodo de tiempo.
Lo que le sorprendió es que cada una de las páginas de cada libro fue arrancada, cada una. Eso debió tomar un día completo, incluso semanas. Ya que había muchos de ellos en esa habitación. Puede que el profesor Alvarado lo haya hecho cuando estaba enojada o triste y para desahogarse decidió destruir aquella habitación. Sí, podía ser. No tenía otra explicación a menos que... Amara examinó los papeles en el suelo y los lomos. Eran comunes, como en cualquier hogar.