La Séptima: Saga de Guardianes

27. El Maestro

Aquella mañana, justo a las ocho, debía encontrarse en su salón de clase. Eso significaba que contaban con solo cuatro horas para completar su plan. Si llegaba tarde, su mentor notificará a la directora y ella a su padre.

El Maestro no vivía en el complejo principal, lo hacía en una ubicación secreta.

No tan secreta al parecer, El Segundo sabía cómo llegar.

Sintió un fuerte mareo y se golpeó contra el tronco de un árbol. Intentó incorporarse sola, sosteniéndose del tronco. Miró en todas direcciones, en busca de su acompañante, quien brillaba por su ausencia. ¿Dónde se encontraba? ¿Sería que no podía cruzar portales en su estado? Si era así, tendría que buscar por todos lados al líder de la organización, ella sola.

Se encontraba frente a una casa común. Esperaba muros gigantes, un ejército afuera, armas preparadas para disparar a cualquier intruso. Sus ideas se desvanecieron al observar las dos plantas del hogar. Estaba en medio de un amplio jardín. La casa de piedra en medio de un escenario completamente desconocido. ¿En qué país se encontraban? El pasto parecía de colores por la cantidad de flores. Y realmente, era una casa bonita, pero nada opulenta… ¿El Maestro no vivía en una mansión?

El lugar parecía sacado de una película de fantasía. Enredaderas acariciando la roca, bellas ventanas de madera blancas, el cielo estrellado en contraste con la alfombra de flores. Necesitaba un hermoso lago para ser perfecta.

El sonido de los grillos la inquietaba.

¿Sería que el portal de El Segundo la llevó a otro lugar? Perderse en medio de la nada, cuando ella era incapaz de crear portales. Rezó que no fuera el caso.

Mientras su corazón retumbaba, decidió poco a poco acercarse a la casa. Ir directamente hacia la puerta principal era una locura. Intentó rodear primero el lugar para espiar a través de la ventana. Estaban casi todas iluminadas, así que tenía que moverse con cuidado.

Se encontró de frente con una chica.

Tenía el cabello de un castaño oscuro, casi negro que lo llevaba corto. Sus ojos se la toparon de frente, ya que era de su estatura. Le sorprendió que uno de sus ojos era de un celeste muy claro y el otro negro. Logró notar que tenía el rostro cubierto de pecas. Llevaba puesta una pijama celeste, sin ningún detalle o dibujo. Muy elegante para alguien tan joven.

Se sintió intimidada por su seria expresión.

No le dirigió la palabra, le señaló la entrada principal. Amara prefirió no preguntarle nada, lo mejor sería obedecer. La chica se detuvo frente a la puerta principal y la abrió, dejando pasar primero.

La chimenea encendida le dio la bienvenida al acogedor hogar. Olía a madera y café. Se encontró de frente una foto de un hombre mayor y lo que asumió, sus dos hijos; un niño de unos ocho años y la chica que la llevó a la casa. ¡Así que era su hija!

Caminó sobre la alfombra roja, hacia dos sillones blancos que estaban frente a la chimenea. En uno de ellos estaba un hombre, con una taza de café en la mano y una sonrisa.

—¡Nicole! Gracias por traer a nuestra invitada —dijo El Maestro. ¡El Maestro! Un hombre corpulento y bajito.

La muchacha no se parecía mucho a su padre. El adulto tenía el rostro más cuadrado, mientras que su hija tenía un rostro más alargado. Cabello largo lacio contra cabello rizado largo. Pero ambos compartían el color de sus ojos. ¿Realmente eran familia?

Amara incrédula, observó mientras la chica le dedicó una seria mirada al hombre que soltaba fuertes carcajadas. Lo imaginó tan serio como lo era Dorian o inclusive más.

—¿Se podría saber quién es ella? —preguntó Nicole.

“¿Cómo puede hablarle así? Es su papá, ¡y El Maestro!”.

—¿Por qué? ¿Te interesa? Que mocosa más coqueta —bromeó el hombre.

La chica miró a Amara muy seriamente, realmente la estaba molestando.

—¿Con quién tengo el gusto? —preguntó El Maestro. Ella se sobresaltó. Aún no entendía cómo podía estar en la casa de alguien como él. ¡Una locura!

—Amara Fonseca, señor.

Asintió y miró a Nicole.

—Me parece conocido ese apellido. Era por… ¡Ya sé! Debes ser la hija de Dorian Fonseca —dijo, mientras intentaba recordar bien a su familia. Se volvió a su hija—. No lo esperaba, bella. No digo que me molestaría, eso jamás. Sería interesante. Aunque, te advierto que no lo quieres como suegro

Le guiño un ojo a Nicole, quien no cambió su expresión. Amara no entendió bien lo que ocurría. ¿Suegro? ¿De quién?

—¿La hija de Dorian? —ignoró los comentarios de su padre.

Cuando El Maestro le dio unas palmaditas en el hombro, apartó rápidamente la mirada.

—¿De qué quieres hablar? —preguntó.

Ella vaciló, señalando con los ojos a la muchacha. El Maestro asintió.

—Bella, ¿no crees que ya es hora de dormir? —le preguntó a la muchacha.

—No puedo irme, papá. ¿Cómo apareció ella de la nada? Alguien debió ayudarle.

—Yo me encargo, ve a dormir que mañana es un día atareado.

Amara esperó en silencio, mientras buscaba en su bolso la tela que envolvía el libro.




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