La Séptima: Saga de Guardianes

28. De paseo con un Jinete en el bolsillo

La organización política del mundo era de la siguiente manera: un General por nación. Un llamado Gobernador por continente. Por último, estaba El Consejo, conformado por varios Guardianes poderosos, Generales, Gobernadores, líderes de organizaciones y entre ellos El Maestro. Se encargaban de mantener todo en orden, liderar y representar a los Guardianes.

Estar frente a frente con uno de esos líderes era ya bastante increíble, estaba nerviosa y aún más cuando este la miró como si estuviera loca. No encontró forma de explicar la situación de El Segundo. Intentó comenzar por la muerte de su profesor, pero era mala idea. Así que se quedó en silencio, mirándolo a los ojos, los cuales la examinaban dudando. Al principio reía, pero al ver la expresión seria de la chica se quedó muy serio, analizando si se trataba de una broma o no.

—¿Papá? Escuché algo quebrarse —anunció la hija, miraba preocupada a su pálido padre. Luego miró a El Segundo—. ¿Quién es él?

—Bella, ¿no te pedí que fueras a dormir?

No respondió. Se alejó muy enfadada.

El Maestro se dirigió a la silla y se sentó, sacó una botella de whisky y se sirvió un poco. Amara esperó frente al hombre, el cual tomó un sorbo y miró por la ventana. La chica abrió la mochila y sacó el libro, lo colocó con cuidado sobre la mesita de café. Aguardó en silencio.

El hombre se volvió y lo miró. Acarició la tapa.

—¿Qué sucede con este libro? —preguntó y tomó otro sorbo.

—Contiene un Jinete —respondió muy seria.

La expresión del líder de Oculus Aquilae cambió por completo. Tenía los ojos muy abiertos, como si se hubiera perdido en un recuerdo, soltó el libro y retrocedió.

—¿Cómo lo conseguiste?

—En casa de los abuelos del profesor Alvarado.

La luz que penetraba las ventanas se reflejaba en la tapa del libro, parecía que la absorbiera. La chica suspiró y se dedicó a relatarle todo a El Maestro, desde la muerte del profesor Alvarado, su broma, el cómo entraron a la casa y cómo conoció a El Segundo. Omitió la parte de los sueños, porque al parecer ya estaba lo suficientemente confundido con el relato como para mencionarlo.

Finalmente se sentó, soltó unas carcajadas y tomó el resto de líquido que quedaba en el vaso. Dejó el libro sobre su escritorio, mientras reía a carcajadas. Su risa inundó la sala y le erizó el cabello a Amara.

—¡Mierda! ¡Ella tuvo razón todo el tiempo! —exclamó Dante, histérico. El Segundo y la niña intercambiaron miradas de terror—. ¡La respuesta a todo El Caso Alvarado, estaba justo frente a nuestras narices! ¡Y una niña lo resolvió, cuando entró a la casa de su profesor muerto!

En ese momento, agarró la botella de whisky y tomó un buen trago. Luego se recostó en su sillón. Miraba el techo, bastante agotado. Sus ojeras demostraban su falta de sueño, seguramente había estado en una reunión desde la noche anterior. Después de todo, aparece su conocido muerto, con una niña que tiene el recipiente de El Jinete.

Amara entendía su reacción, y se alegraba de no ser él.

—No dejarás ese hábito, ¿verdad, Dante? —comentó El Segundo un poco fastidiado por la reacción del líder.

Asintió cerrando los ojos. Hubo silencio mientras El Segundo encendía el cigarrillo, Amara lo miró seriamente, no le agradaba que fumara cerca de ella y él lo sabía.

—Quiero que lo guardes lejos, no le hagas nada. Si lo quemas lo liberarás —le indicó.

—Entiendo, Agustín —dijo bajando la cabeza, con la mirada perdida en los paisajes que mostraba su cuadro. Tomó el libro y lo guardó—. Discúlpame, Amara. No es el mejor de mis días, de verdad, lo siento.

La chica asintió.

El Maestro se volvió y se sentó en su lugar, abrió otra botella, se sirvió más y sonrió mirando el líquido cobre en el vaso. La chica pensó que tomar tanto le afectaría.

—Esta vez sí lo necesitaré, ¿no creen?

Amara bajó la cabeza sin responder. Miró como tomaba todo el líquido en un segundo y dejaba el vaso de vidrio vacío en la bandeja de plata.

—Ocupo otra botella de estas para que me empiece a hacer efecto, ¿quiere un poco? —comentó. Parecía cansado de todo y después de la importante misión que le dejaron…

—Es ilegal para los menores de edad —recordó la chica.

—Por ética. Estas cantidades no nos hacen nada —respondió este. Colocó sus manos sobre la mesa y se acercó a Amara, como si fuera a contarle algo confidencial—. ¿Desde hace cuánto se conocen El Segundo y tú?

—Cuando encontré el libro.

Él miró a Amara y luego sonrió. Se dirigió a Agustín.

—¿Hay algo más que quieras comentarme?

El mayor suspiró.

—Debemos hablar de El Recipiente, ¿dónde está? —preguntó Agustín, con la esperanza de obtener al menos una buena noticia ese día.

El Maestro vaciló, luego se golpeó con su mano la frente.

—No me va a decir que también contiene a un Jinete ¿verdad, señor?

—¡Maldición! ¡Ustedes sí que son inútiles! —exclamó.

Le tomaron varios minutos a El Segundo para calmarse. Caminaba de un lado a otro, mientras El Maestro, le pedía que le explicara la situación. Amara percibió pena, sí, Dante estaba avergonzado. Fue en ese momento de silencio, en el que recordó la respuesta.




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