Las oscuras calles de Austrovia reflejaban las sombras de las cuatro figuras que caminaban con bolsas. La mayoría contenían armas, objetos interesantes y recuerdos. Abril llevaba una ballesta y la miraba fascinada, había comprado flechas con distintos líquidos que se inyectaban en su víctima, como para dormirlos, sacarles información, congelarlos y quitarles su energía. Su mentora no había comprado nada, pero miraba la ballesta con cuidado, estuvo a punto de decirle a Abril que no podía comprarla, pero Amara la convenció.
Era ya muy tarde para la cena.
No quiso hablarle de las amenazas o del hecho de que los vendedores sabían del lugar en el que estaban y la hora de llegada. No los había visto allí y de seguro tenían a alguien vigilando. Hablaría con Raziel, no quería que la mentora Morgan informara a El Maestro. Quedaría mal en su primera asignación.
Su trabajo no era tan interesante como esperaban. Definitivamente no eran las vacaciones que Tomás había imaginado, ya que se había quejado más que nadie en el salón por el exceso de trabajo y discutido con Raziel, las cuales siempre terminaban con ejercicios extra para el muchacho.
La primera mitad del día lo pasaron observando a creadores exponer. Simplemente debían esperar ahí de pie. Algunas presentaciones eran interesantes, otras… no tanto. Pasó el día junto a Diana y le dirigió la palabra dos veces, una para anunciar que iría al baño y otra para preguntar la hora. Finalmente conocieron al grupo que escoltaron, el de Honduras. Creadores bastante amables, aunque estaban tan nerviosos que hablaron poco.
La estatua del fundador fue lo que más asombró al grupo. Su altura era de trecientos cincuenta y siete metros y tan ancha como un edificio. La inmensa estatua se encontraba en un pequeño cerro en medio del parque en memoria de los que impulsaron la Ley de Unión.
Aprovecharon su descanso de almuerzo para por fin sentarse. Tomás parecía desilusionado, había esperado una sub trama de espías.
—Es aburrido, pero mucho mejor que una clase de Raziel —le decía Tomás a Sofía.
—El trabajo perfecto para alguien como vos —le respondió Gregorio de mala gana.
—Perdón por esperar un poco de… acción —proponía Tomás con una sonrisa malvada.
—Esto no es John Wick, Tommy —le dijo Amara cansada de sus quejas. Ella seguía nerviosa, cada hora la acercaba a su asignación.
—No me llames Tommy, me llamo Tomás —reclamó muy indignado.
—Awww, ¿escuchaste eso Tommy? —se burló Gregorio.
—¡Cierra la boca! ¡A nadie le importa lo que dices!
No esperaba que Tomás le respondiera. Todos inmediatamente volvieron su mirada a los dos.
—A usted parece que le importa —comentó Gregorio.
—¡No me importa! Ya deje de intentar llamar la atención con esa actitud estúpida. ¡No es cool, da pena! —gritaba el muchacho molesto.
Gregorio, quien era más alto que Tomás, se puso de pie. A Amara se le resbaló el tenedor de su mano. No es posible que empezaran a pelear ahí. Tomás también se puso de pie, sosteniendo con fuerza su cuchara. Muchos de los presentes volvieron su mirada hacia ellos.
¡Qué vergüenza!
—Véte a la mierda, Tomás.
—¡Ya cierren la boca! —les ordenó Abril, jalando a Tomás de regreso a su lugar—. Venimos en representación de Oculus Aquilae, no nos avergüencen ¿quieren?
Los dos miraban el suelo avergonzados. Sofía le dio un codazo a Tomás y este la empujó un poco. Raziel apareció detrás de ellos. Lentamente se volvieron para mirar a su mentor. Las carcajadas de Gregorio cesaron.
—¿Sucede algo, Gregorio? —preguntó quitándose los audífonos.
—Nada, señor —respondieron al unísono.
Miró a Abril en busca de una respuesta.
—Yo solo les recordaba el por qué estamos aquí, señor —dijo mirando a los chicos esperando gratitud.
—Me parece bien, Abril —dijo con una sonrisa malvada. Se colocó los audífonos y desapareció entre las personas.
Todos los alumnos lo siguieron con la mirada, hasta que estaban completamente seguros de que no volvería a aparecer.
—Gracias, Abril —le agradecieron los tres chicos.
Abril se volvió a Amara y le dijo:
—Son el uno para el otro ¿no crees?
—Nunca lo admitirán —dijo Eyra acercándose a ellas.
Las tres chicas miraban a Tomás y Sofía intercambiando miradas serias, de odio.
“Son más como hermanos”, pensó Amara.
—¿De qué te ríes? —preguntó muy serio a Abril.
Las chicas no pudieron aguantar más y reían. Gregorio las miraba sin entender lo que ocurría. No pudieron evitar reírse aún más.
Durante la cena, Oliver les había pedido a sus compañeros de asignación que se reunieran para discutir los detalles de su asignación, así que Tomás, Dean y Abril la acompañaban. Unos creadores se acercaron a ellos, los reconoció enseguida. Eran los primeros con los que hablaban.
—Es un placer conocerlos. Somos del grupo de Honduras Irelia y Mariela, ella es la curandera Estella, aquel emo de allá es el sabio, David —se presentó de manera amable.