La Séptima: Saga de Guardianes

32. Hijo de la Luna

Esa noche tuvo un sueño extraño. De repente apareció de nuevo en la casa con la familia y el bebé. La imagen desaparecía y se encontraba al lado de un hombre alto y una niña de su edad, los veía de espaldas así que no los reconoció. Se encontraban en la cima de una colina, la chica estaba cansada y reclamaba a quien parecía ser su padre. La hija miraba el atardecer mientras su padre sacaba algo de la bolsa que llevaba, un brillo surgió de sus palmas.

—¿Cómo lo conseguiste? —preguntaba muy emocionada.

—Eso no importa, ahora es todo tuyo —su padre la abrazó y la besó en la frente.

Debido a la luz enceguecedora del sol, Amara no logró ver sus rostros, solo la sombra que proyectaban. Decidió escuchar la conversación cuando descubrió que ellos no la escuchaban, era como un fantasma en unos recuerdos que no eran suyos. El paisaje era hermoso, estaban rodeados de árboles en una llanura llena de flores y un río que la atravesaba, con el atardecer de fondo. El lugar era digno de una fotografía, simplemente hermoso, el canto de los pájaros despidiendo el día la hizo creer que ese lugar era real y allí estaba, en ese momento.

—Cuídate, cariño —le pidió su padre con cariño, sus voces parecían distantes.

—Te vas de nuevo, ¿verdad? ¿Por eso el regalo, papá? —sospechó su hija.

—Es importante, sabes que te quiero. Tu madre vendrá. Serán solo unas semanas —le explicaba mientras su hija, muy indignada miraba hacia un lado.

—¿Unas semanas? ¿Solamente? ¿No te irás todo el año? —le reclamó su hija con sarcasmo. Parecía muy molesta ante la idea de quedarse sola en casa. Como si sucediera muy seguido.

—La siguiente vez ya tendrás edad de venir. Verás cómo se trabaja en las oficinas...

Lo interrumpió un chillido muy fuerte. Una enorme sombra se cierne sobre los dos. La figura los cubre con sus alas negras. Esta le grita a Amara. Así que ella se aleja corriendo, tropezando con una piedra. Giró y giró, hasta encontrarse nuevamente en el campo de batalla. La ceniza tal llovizna cubría su visión.

Amara sostenía la bolsa entre sus manos. No se atrevió a abrirla. Luego la tierra empezó a temblar. El relinchar de los caballos la obligó a ponerse de pie. Debía correr. Antes de que el ángel la persiguiera.

Frente a ella, la reina de verde, le extendió la mano. ¿A quién prefería? Corrió hacia ella, sin soltar la bolsita. Sintió su palma, deshacerse con su tacto. Miró la bolsa, donde ahora se encontraba un bebé.

Amara volvió a la cómoda habitación. Se había incorporado y ahora miraba las telas de la cortina que evitaban que la luz de la ciudad las traspasara. Así que se levantó y se dirigió a la ventana para poder ver la estatua que se alzaba entre la neblina, imponente. Intentó pensar en el sueño, pero no tenía sentido, o al menos no se lo encontró.

La mañana se asomaba justo detrás del fundador, lo cual parecía como si fuera la propia estatua la que brillara. Ya era temprano pero aún tenía unas horas más para dormir. No logró conciliar el sueño por más que lo intentó. Los pensamientos la acosaban y la simple idea de que su verdadera asignación iniciaría muy pronto, le atemorizaba. Tendría que salir a envolverse en otro de los "secretos y cosas que ocultaba" que decía Raziel. Después de todo, eso debía ser parte del día a día en Oculus Aquilae.

Amara se vistió y salió de la habitación en silencio. Se aseguró de que todas sus compañeras durmieran. Los débiles rayos del sol apenas penetraban las ventanas del comedor. De allí se dirigió a la piscina, donde no había nadie. Se sentó al lado, se quitó los zapatos y metió los pies en la tibia agua. Miraba la inerte fuente, la cual se encendía hasta medio día.

—¿Tampoco puedes dormir? —preguntó alguien desde la oscuridad.

Era Oliver. Quien llevaba su cabello rubio desordenado y tenía ojeras. Llevaba el cabello sobre la máscara. Él se sentó al lado de la chica, con las manos bajo el agua.

—No, pesadillas —le dijo Amara.

—Ya veo. No soy el único.

—¿Siempre el mismo? —preguntó ella.

—La mayoría del tiempo...

Oliver y su hermana eran muy misteriosos. Amara una vez lo había escuchado tocar el piano a escondidas durante un almuerzo.

Hubo un silencio incómodo.

—Un día te escuché tocando piano —comentó Amara intentando entablar una conversación.

—¿Sí? Mi padre me enseñó. No tocaba desde hacía mucho tiempo —explicó.

—Ya veo… —susurró, mirando su reflejo en el agua—. ¿Diana también sabe?

—No, a ella no le interesó. Siempre le gustó más la pintura, como a mi madre.

—Ellos murieron —reveló el chico.

Amara no sabía qué decir. Solo lo miró en silencio.

—Ellos murieron en un accidente, el año anterior —explicó bajando la voz—. Pero mis pesadillas no eran sobre el accidente, eran sobre algo muy diferente y aún peor. No sé explicarlo.

—¿Cómo si fueran los recuerdos de alguien más?

—Sí, pero siento como si fueran míos. Diana no recuerda nada así.

Ella se sorprendió. ¿Tendría sueños como los de ella? Aunque sus esperanzas desaparecieron cuando dijo que los recuerdos eran suyos. Descartó la idea de que fuese similar lo que le sucedía. Miró la máscara.




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