Esperó el amanecer junto a Oliver, no había sentido en intentar dormir. Conversaron sobre sus vidas, anécdotas de su infancia y sobre su estadía en Austrovia. Su compañero parecía convencido de que los enviaron a una asignación sin relevancia con tal de que no se quejaran. De no ser por su otra asignación, su compañero tenía razón. No sería extraño enviar a unos chicos de primer año en una tarea poco peligrosa. Seguía sin explicar que su primera asignación fuese hasta noviembre. Prometieron indagar más cuando regresaran.
Raziel apareció unos minutos después, al parecer le gustaba aquel lugar para caminar o pensar. Al verlos le pidió a Amara que fuera a despertar a su equipo de la asignación y que iniciaran inmediatamente, así lo hicieron. Ese día parecía un poco irritado. Tras una hora de solicitar a los chicos que se dieran prisa, terminaron rápidamente de desayunaron y se reunieron en la entrada del museo.
Ese día los grupos irían a Austrovia para comprar cualquier equipo o herramienta que necesitaran para el Torneo de Creadores Principiantes. Sería un día dedicado a perfeccionar sus proyectos. La oportunidad perfecta para alejarse de su grupo.
Tanto Dúkur como Nicole los acompañaban. Antes de irse le entregó un collar dorado muy simple con el símbolo de su Organización. Le indicó que en caso de emergencia podía utilizarlo para contactarlos. No le dio tiempo de preguntar cómo funcionada. Lo averiguaría… seguramente.
Era demasiado temprano, por lo que las vacías calles agilizaban su desplazamiento por el lugar. Amara continuó junto a Diana escoltando al grupo de Honduras, luego a las dos de la tarde, Nicole la reemplazaría, permitiendo a Dúkur y ella ir a la tienda.
Buscaron incansablemente, tienda tras tienda, ni Irelia ni Mariela parecían satisfechas con lo ofrecido por la ciudad. hasta que el reloj anunció las dos, la hora de su reunión. No podía desaprovechar ni un segundo.
De camino, le dijo a Diana que debía hacer unas compras y Nicole apareció para continuar con el grupo.
Su nuevo compañero no dijo una sola palabra, lo que se le hizo incómodo. ¿No discutiría detalles de la asignación? ¿No le daría órdenes? Estaba tan nerviosa que no quería mantener el silencio.
—Diría que es un placer, pero ya tuviste el privilegio de conocerme —interrumpió Dúkur con una risa burlona.
La tomó desprevenida.
“No diría privilegio…”.
No debería… se mordió la lengua. Demasiado arrogante.
“Ni siquiera pudo atrapar a cuatro discipuli de primer año. Dice mucho sobre usted”.
—Fue un privilegio verlo fracasar en atraparnos. Unos simples niños de primer año contra un Aprendiz —susurró para sí. Sabía que la escucharía.
¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué ahora lo estaba provocando? No era el momento ni el lugar.
—Nada sobre ustedes cuatro es simple —dijo en un tono más serio. No quiso responder, podría causar un problema.
Su recorrido de diez minutos se le hizo eterno. El eco de sus pasos resonaba en toda la calle. Minutos después aparecieron los primeros trabajadores y apresurados estudiantes, poco a poco los autos inundaban la carretera.
—Es…. Aquí —anunció Amara, tragando saliva.
Miraron en dirección al pequeño local. Tenía un rótulo de madera, hecho a mano. A través del cristal destacaban la gran cantidad de armas, atrayendo su atención. La pintura celeste de las paredes estaba manchada y el marco de la puerta desgastado. Realmente no parecía una famosa tienda de armas, o que pudiese ser propiedad de un importante Guardián.
Al entrar, Amara se sobresaltó al escuchar la campanilla. Estaba un poco oscuro, ya que la luz que penetraba la ventana no era suficiente. El piso de madera estaba parcialmente cubierto por alfombra de color vino y sus paredes de pinturas muy interesantes. A la chica le llamó la atención una pintura de un chico joven, la cual estaba cortada de extremo a extremo, seguramente por un cuchillo. Había un enorme reloj de péndulo en medio de la tienda que al mirarlo le causaban escalofríos.
Dentro de los artículos se encontraban, armaduras, arcos, espadas, escopetas, armas de fuego antiguas, cuchillos, ballestas y entre los más curiosos encontró una copa de oro con un león, un libro en una caja de vidrio debajo de un rótulo que decía “no leer en voz alta” y un casco destruido. La mitad parecía estar a la venta, mientras la otra solamente de exhibición. Llena de objetos que parecían no tener valor. Como libros, cuadros o armas en mal estado. Al fondo había una biblioteca, Amara miró los libros y decidió dejarlos donde estaban.
Detrás del mostrador apareció un hombre anciano. Al cual reconoció al instante. Era el hombre que les había contado a Amara y Abril la historia del fundador. Llevaba una boina, un abrigo y unos anteojos distintos. Sonreía de oreja a oreja cuando reconoció a la chica. Cargaba La Biblia, seguramente la leía antes de que ellos llegaran.
—¿Qué se les ofrece? —preguntó con cariño—. ¿La verdadera historia del fundador?
—¡Claro! Pero primero quiero hablar con usted, señor.
—Penrod Becker, señorita.
“Así que es él”, pensó Amara muy nerviosa. Tragó saliva.
—Q-quería hacer un pedido personalizado —dijo enseñándole el collar al anciano—. S-soy Amara Fonseca.
—Relájese, por Dios —le susurró Dúkur.
—Entiendo, ¿me podría entregar las especificaciones? —dijo el anciano. Amara le entregó la carta que le había dado El Maestro. El hombre la guardó.
Indicó a la chica que lo siguiera hasta una puerta detrás del mostrador. Dúkur esperó en la tienda, mientras ojeaba intrigado el casco destruido. Allí había una pequeña cocina, tenía tazas de colección de todas partes del mundo, logró leer algunas como Taiwán, Estonia, Kenia, Liberia, Costa Rica, Perú y México. Como en toda la tienda, estaba cubierta por hermosos cuadros. Sobre la mesa de madera se encontraban varias bolsitas de té y galletas. El señor Becker colocó siete tazas y platos sobre la mesa, luego tomó la tetera. Se sentó a comer las galletas que le ofreció.