La Séptima: Saga de Guardianes

34. Una visita inesperada

Tragó saliva. Amara miró el reloj, comprendiendo que debía irse pronto. Junto con la información de El Segundo, logró comprender mejor lo sucedido en la batalla. Sentimientos encontrados alteraban su juicio. ¿Quién era el bueno? ¿Quién era el malo? ¿Lo eran todos? ¿En quién debía confiar?

Alguien que había vivido todo aquello, luchado por su los Guardianes, ahora solo era un vendedor. Un esclavo de Oculus Aquilae.

—¿Por qué culparlo a usted? No tiene sentido, hizo lo que creyó correcto.

—Y por mi culpa muchos perdieron la vida —dijo levantándose de su silla. Empezó a recoger los platos. Ella le ayudó—. Creo que hablé de más. Espero poder confiar en vos y no hables de esto con nadie más. Aunque fuiste enviada por Dante personalmente, debes ser alguien de fiar.

—Sí… ¡lo juro! No diré una palabra —susurró ella.

“De confianza para El Maestro, no. Ni siquiera le agrado a sus Aprendices”.

El silencio fue interrumpido por el reloj de péndulo de la sala. Su sonido era molesto y hacía a Amara sentir un escalofrío, como si estuviera vacía. Sintió que pasaron varios minutos. ¿Qué tenía ese reloj? Luego se sobresaltó. Marcaba las cuatro de la tarde.

—Me pareció extraño que usted no fuera miembro de El Consejo de Guardianes, pero esto lo responde —comentó ella mientras tomaba el cuaderno y se acercaba de regreso a la tienda.

—¿El Consejo? ¿Ser parte de ese montón de engreídos? ¡Primero muerto! —decía mientras reía como si hubiera dicho lo más ridículo—. Eso implicaría trabajar para El Gobernador y la verdad es que nunca me agradó.

—¿Ni El Maestro?

—Él fue quien me dio este castigo. Me culpó de la muerte de su antecesora —explicó el anciano—. Aunque yo hubiera hecho lo mismo en su lugar. Diría que nos respetamos.

Amara no se imaginó a El Maestro castigando al señor Becker de esa manera. Aunque era muy joven cuando su antecesora murió.

Ya lo había decidido, ella investigaría a fondo lo sucedido con ellos en el momento que acabara el año, incluso intentaría comunicarse con El Segundo de nuevo. ¿Podía creerle todo lo que decía a Penrod?

La campana de la tienda sonó, dando la bienvenida a voces que conocía muy bien. ¿Qué hacían ahí?

Regresó a la tienda junto a Penrod. Tomás, Dean, Oliver y Abril examinaban la exhibición de la tienda. Dúkur miró a Amara enfadado. Al ver a su amiga se acercaron a ella corriendo.

—¡Qué dicha que está bien! —exclamó Dean corriendo hacia ella. Puso su mano sobre el hombro de su amiga.

—¿Qué hacen aquí?

Abril parecía confundida.

—¡Nos dijeron que estabas en peligro! ¡Que el tipo murciélago te había llevado! —explicó Tomás señalando a Dúkur.

—Lo seguimos hasta la entrada de la tienda. No le creemos lo que dijo —explicó Oliver.

—Esperen, ¿quién les dijo eso? —preguntó el acusado.

—¿Importa? —preguntó Dean, desafiante.

—Sí, importa.

Al notar a Amara tan estresada. Dean bajó la mirada.

—Unos chicos. Nos dijeron que vieron a una chica siendo arrastrada por él. Pensamos que podrías estar en peligro.

—¿Por qué creerían eso? —preguntó el Aprendiz.

Oliver y Abril se colocaron entre el grupo y Dúkur.

—Dean y Tomás parecen bastante convencidos de que eres peligroso —comentó Oliver—. ¿Para qué trajiste a Amara a esta tienda?

—Se ofreció a ayudarme con una asignación.

—Yo aún no estoy convencida —dijo Abril sacando una daga y apuntando a Dúkur con ella. El muchacho no se inmutó.

—Llegamos aquí hace horas. Ellos estuvieron esperándolos.

La explicación de Dúkur le asustó.

—¿Quiénes? —preguntó Abril sin dejar de mirar al Aprendiz.

—Los tipos que los enviaron hasta acá.

Acaso… los estaban siguiendo. Los estaban vigilando.

—Tenemos que irnos ahora —pidió Amara entrando en desesperación. Miraba constantemente la puerta principal.

—No, deben seguirme.

Penrod se dirigió detrás del mostrador y abrió la puerta. Sin pensarlo lo siguieron.

—Yo me quedaré aquí en caso de que alguien venga —aseguró el Aprendiz.

De regreso a la cocina, el hombre cerró la puerta con candado.

—¿Qué mierda está pasando? —preguntó Tomás.

—Ellos vinieron a escoltarme al FACA, pero al parecer alguien no quiere que llegue —explicó Penrod. Era la excusa perfecta.

—¿Quién? —preguntó Abril.

—No lo sé, pero tendieron la trampa para que ustedes vinieran aquí.

—¿Por qué traerían más guardianes? ¿No haría las cosas más difíciles? —analizó Dean.

—Querían agruparnos.

—Para deshacerse de todos… —susurró Abril sosteniendo su daga con fuerza.

Todos bajaron la cabeza. Las palabras frías de Abril despertaron su instinto de supervivencia. Era su primera situación de riesgo, y no contaban con sus mentores para cuidarlos. Dúkur se encargaría de llamar ayuda. Así que debían esperar. Sabían que sus mentores estaban cerca, pero no lo suficiente.




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