La Séptima: Saga de Guardianes

35. El portal en el cofre

Las escaleras que daban al segundo piso crujían con cada paso, incluso temió que los escucharan. La casa era espaciosa, estaba repleta de libros sobre las escaleras, bajo las mesas, al lado de sus muebles, incluso a los alrededores de los pasillos. Estaba limpia y olía a pino. Caminaron con tal cuidado que su respiración se escuchaba más que sus pasos. Tenían suerte de que ese día, el señor había olvidado apagar su música, ayudando a esconder su presencia.

Ese lugar era más como un laberinto. Puertas y pasillos por todos lados en un espacio tan pequeño. Amara no logró evitar observar una fotografía que se encontraba sobre su escritorio. Una niña de doce años al lado de su padre, tomada el 14 de enero, el día de su cumpleaños. Había otra de dos niñas y un chico de su edad al lado de sus padres, la madre no sonreía. La última que logró observar era de la familia Becker, todos sonrientes e ignorantes del futuro que les preparaba la vida.

Dean la llevó por una puerta, que daba a una sala de televisión. Tardó unos segundos en escapar de sus pensamientos y volvió a la realidad. La sala poseía un total de cuatro puertas de las cuales, una era más grande. Por ella decidieron ir, seguramente su dormitorio se encontraría del otro lado. Abril abrió la puerta y los chicos entraron rápidamente, cerrando la puerta tras ellos. Buscó el cofre.

Encontró algo peor. No estaban solos.

Había dos figuras detrás del cofre que los miraban con atención. Los vendedores que la habían amenazado. Amara quedó paralizada, no esperaba encontrarse con nadie y menos con ellos, aunque... ¡La voz que había escuchado en la tienda era la de su hermano mayor! ¿Qué hacían los de esa librería allí? ¿Eran ellos los sujetos peligrosos?

Llevaban un traje muy peculiar. La combinación de plateado con negro le parecía conocida. Les llegaba un poco debajo de la rodilla, parte de las costuras o las mangas eran plateadas, llevaban botas negras y un símbolo enorme en el pecho que no reconoció. ¿A qué grupo pertenecían ellos?

—¿Buscan esto, cobardes? ¿Planeaban escapar y dejar al anciano solo? —preguntó el vendedor, burlándose de ellos.

—Querían dejarlo morir. Qué asco me dan —añadió su hermana—. ¿Se hacen llamar miembros de Oculus Aquilae?

Ninguno respondió. Solo podían mirar el cofre que estaba justo frente a ellos. Podrían salvarse y escapar, buscar ayuda para el señor Becker. Amara llevaba el collar que le entregó Nicole, estaría a salvo.

—¿Qué quieren? Estorban —dijo Tomás. Nunca soportaba los insultos o burlas.

—Díganos dónde está —exigió la vendedora.

—¿Qué cosa? —fingió no saber Tomás.

—¡No te hagas el estúpido! Esto se vuelve aburrido —la vendedora se volvió a su hermano —. Matémoslos y interroguemos al anciano.

—"E interrogamos al anciano". Primero deberías aprender a hablar —se burló Abril, en un tono poco firme. Parecía inquieta.

—No nos dijo nada sobre asesinar... —recordó el vendedor.

—Cierra la boca y hazlo. ¿O también eres cobarde? —le preguntó su hermana.

Eran cinco contra dos. Podrían lograrlo. Además, Abril estaba con ellos.

En cuestión de segundos, los vendedores tomaron el cofre y lo lanzaron a través de la ventana. Escucharon el crujido de la madera y el sonido del vidrio romperse. No era posible. Amara miró hacia la calle. Allí solo se encontraban trozos de madera dispersos por la acera. ¿Qué harían ahora? ¿Cómo escaparían? La vendedora sacó un cuchillo y con él amenazó a los chicos.

—Quietos, no hagan nada estúpido. Los tenemos rodeados, los demás vendrán —amenazó el hermano.

—De verdad desearía que no fueras mi hermano, ¡cobarde!

Oliver se adelantó. Congeló el suelo e incluso llegó a congelar a los vendedores hasta la rodilla. A su alrededor, los discipuli sintieron calor, el chico los protegía de las altas temperaturas. Los hermanos quedaron paralizados por el miedo. Miraban con los ojos muy abiertos lo que acababa de pasar. Abril les apuntó con la ballesta y sonrió, deseosa de probar su nueva arma. El vendedor los miró con odio. Los habían vencido.

—Si gritan los congelaré —fue la amenaza de Oliver.

Amara sintió como si una bomba hubiera detonado frente a ellos. Fue lanzada hacia el otro lado de la habitación y se golpeó contra la pared. Se llevó un terrible golpe al caer al suelo. La espalda le dolía horrores al igual que sus rodillas. Había sido expulsada lejos de los hermanos. ¿Era ese su Nerlec? Sus compañeros también se encontraban en el suelo. La daga de Abril estaba a los pies de la vendedora, la cual la tomó y apuntó a Tomás.

—Si se me acercan haré lo mismo una y otra vez, hasta aplastarlos como cucarachas —decía acercándose al chico.

—Cuidado, Marlene —le advirtió su hermano.

—¡Deja eso Roberto! Nos dijeron que los lleváramos abajo, no especificó en qué condición —recordó Marlene—. Ahora les dijiste mi nombre, idiota.

Tomás soltó una de las piedras y ésta rodó hasta encontrarse justo en medio de la habitación. Roberto rio a carcajadas, se agachó para recoger la pequeña piedra en el suelo. La habitación se inundó de humo.

Amara sintió unas manos arrastrarla hacia atrás. Su visión seguía nublada. El dolor en su cabeza era insoportable. Logró ver que salía de la habitación, Abril cerró la puerta y Dean la convirtió en un bloque de cemento. Sintió un ardor en la rodilla, le sangraba.




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