La Séptima: Saga de Guardianes

36. La distracción de El Bromista

A unos cinco metros de ellos, estaban los dos desconocidos. Ambas figuras eran altas, portando el extraño uniforme de los hermanos. Lo extraño es que ellos sí llevaban su rostro cubierto. Energía densa cubría sus rostros, una peculiar forma de hacerlo. Ni sus ojos eran visibles. Arma apuntando a la cabeza de Amara. Se quedaron muy quietos mirándose en silencio. Dean sólo podía pensar en cómo alejaría el arma de su amiga.

—Baje el arma o se van a arrepentir —dijo. Si llamaba la atención de sus atacantes, dejarían a Amara en paz. Además, él era el que estaba más cerca. Cumplió su cometido, el extraño apuntó el arma a él.

Una voz rasposa respondió con una calma inquietante.

—No vamos a matar a unos niños, pero tampoco podemos dejarlos irse… no ahora.

“No ahora”. Los dejarían irse cuando asesinaran a Penrod. Como habían dicho los chicos arriba, iban a interrogarlo, pero Dean sabía que no sería eso. Debían apresurarse…

—¿Son unos cobardes o qué?

Había aprendido de su padre que desestabilizar el oponente podría darle una ventaja. Siempre y cuando pudiese soportar las consecuencias. Era peligroso hacerlos enojar demasiado.

—Amenazas vacías —esta vez era una voz femenina muy grave. La otra atacante por fin había roto el silencio.

Otro estruendo en el piso de arriba los distrajo. ¿Los hermanos seguían intentando escapar? Seguramente estaban cerca.

¿Qué más podía decir? Las palabras no serían suficiente. Dijeron que nos los matarían, ¿cumplirían su promesa? Dean sostuvo la hoja de papel que había convertido en una daga. La lanzó al hombre y se movió rápidamente. En el peor de los casos, dispararía a su barrera. Oliver comenzó a congelar el suelo, en dirección del hombre. Tomás lanzó una bomba de humo.

Dean notó su vista nublarse. Era Abril, quien lo empujó lejos de sus atacantes.

No escuchó disparos.

Chispas. ¿Electricidad? Un pequeño rayo fue lanzado en dirección del humo. Sintió su brillo cerca de su rostro. Siempre era impresionante verlo en acción. Igual de peligrosos que siempre. Escuchó el estruendo cuando éste chocó con alguien… o algo. El suelo se sacudió. Un brillo cubrió el callejón.

Retrocedieron. Era el momento de correr.

Su vista volvió a nublarse. Sintió una figura detrás suya. ¿Se movió hacia él? No. Él se movió hacia la figura. En un parpadeó, Tomás y él se encontraban al lado de la mujer. Ella colocó una mano sobre la cabeza de cada uno. El hombre apuntó el arma a Abril.

—Cuidado con esta mocosa —dijo.

El humo se disipó por completo.

Una sombra alada cayó sobre el hombre de la escopeta. El hombre se volteó a disparar, pero esta sombra fue más rápida y logró esquivarlo. Era una gárgola, quien acaba de llegar, extendiendo sus alas. La criatura arañó el rostro de la mujer, quien retrocedió. Vieron varias sombras volando en dirección de sus atacantes. Al menos unas siete se acercaban como proyectiles. Tomás y Dean lograron alejarse un paso de ella. Miró a Amara, ella entendió.

—Váyanse ustedes —exclamó Tomás.

—Lo que les dije antes —pidió Dean, señalando la entrada a la tienda. Sus compañeros asintieron, alejándose rápidamente por el callejón. Amara lo miró nuevamente, sonriéndole. Sostenía entre sus manos un collar.

“Buena suerte”, imaginó Dean que significaba.

—Ni un paso… —empezó a decir la mujer, apuntando nuevamente hacia ellos. El sonido de aleteos inundó el lugar. El cielo se oscureció, como si se acercara una tormenta. Sus atacantes se mantuvieron inmóviles, olvidándose de sus compañeros.

En el momento que sus compañeros se dieron la vuelta. Dean se dirigió a la tienda. Tomás lo siguió. Escucharon a las gárgolas chillar del dolor, luego otros disparos. ¿Quién las habría enviado? ¿Acaso fue el chico murciélago?

Se escuchaban unas voces a lo lejos. Le era imposible descifrar lo que decían. El taller seguía tal y como lo habían dejado al subir. Esperaba encontrarse con algún guardia, pero la parte trasera de la tienda estaba vacía. Sus propios pasos le aterraban y se torturaba con la idea de que los escucharían. Se detuvieron en seco frente a la cocina.

El suelo estaba manchado de sangre, al igual que las paredes y la puerta que daba al recibidor del negocio. La voz del señor le entregó unos segundos de alivio al muchacho. Seguía con vida. Aún tenían oportunidad. Ese alivio desapareció al escuchar atentamente la conversación. A través de la entreabierta puerta lograron colarse en la tienda, justo detrás del mostrador de madera oscura.

A juzgar por los pasos, allí se encontraban solo dos personas. El supuesto Fernando y el anciano. Había un camino de sangre cruzando la tienda hasta donde seguramente se encontraba el dueño. Dean hizo señas a Tomás para que preparara una bomba, el chico asintió y sacó una roca de su bolsillo. Tras el mostrador había un arma, una precaución en caso de un robo. Mientras él preparaba la distracción, decidió tomar la escopeta cargada. Sostuvo el arma, aún recordaba cuando su padre le había enseñado a disparar. El día después de que su madre se fue.

Justo cuando Tomás iba a lanzar la roca-bomba, Dean sostuvo el brazo del chico y negó con la cabeza. Debían esperar el momento correcto. Tal como decía su padre.




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