La Séptima: Saga de Guardianes

38. La estatua del fundador

Les quedaban unos cuantos minutos de luz cuando llegaron a la entrada del parque. Su reloj marcaba las cinco y veintisiete minutos. Su portón de hierro estaba cerrado con candado. Según una señora que pasaba por la zona, se mantenía esa entrada cerrada entre semana, era de acceso para personal. Recorrieron el lugar en busca de una entrada o apertura. Según el mapa, la entrada más cercana estaba más lejos de lo que esperaban. Oliver se rindió, no llegarían a tiempo. Amara señaló el candado, parecía desesperada. Era ilegal entrar si estaba cerrado, lo cual no parecía importarle a su compañera. Ante su insistencia tomó el candado entre sus manos y lo congeló, lo golpeó hasta que este se desprendió. El eco transportó el ruido del candado al caer por el parque oscuro. Miró en todas direcciones. Amara empujó el portón sin importar el molesto chirrido.

Miró la cámara, acercándose al poste dejando su energía fluir hasta que el objeto quedó cubierto de hielo. Era una emergencia, no había tiempo de pensar en las reglas. Corrió al notar que una pareja los miraba fijamente a lo lejos.

A Oliver le pareció más como un cementerio. En el parqueo había un par de autos, el edificio administrativo estaba apagado y la neblina comenzaba a levantarse. No le parecía normal. El silencio lo volvía loco, su único consuelo era el sonido de sus pasos y el palpitar de su corazón. Agradecía la poca luz de los postes que poco a poco se encendía, ya que le lastimaba los ojos.

Amara lo miró, parecía que pensaban lo mismo acerca de ese lugar.

La estatua se veía a lo lejos. La imagen de un hombre de treinta años aproximadamente, con un libro en una mano y una copa en la otra. Según lo que le había explicado su abu, la copa era de jugo de Flor de Agua, desafiando a aquellos que no querían verse relacionados con Khutenea. El libro simbolizaba la importancia de leer y educarse antes de juzgar. Construida en tres días por el hijo del fundador. Ella les contaba que él quería llenar la cuidad de estas flores y le fue prohibido.

Desde ahí observó una figura, sentada a los pies de la estatua. Seguramente el Aprendiz que los esperaba.

Unas cuantas personas se alejaban del lago, siguiendo una tenue música a lo lejos. ¿Algún tipo de concierto?

La imagen del fundador se reflejaba en el agua del lago, junto a la de la luna.

—Estamos cerca —comentó Amara animándolo a seguir.

El sonido de alguien acercándose, causaron una rápida reacción, congelando el suelo hacia los pasos. Se detuvo repentinamente.

—Llegas tarde, Amara —anunció una chica—. ¿Qué hace él aquí?

La Aprendiz de cabello castaño los observaba con desaprobación. Mantenía cierta superioridad en su mirada, a Oliver no le agradó. Nicole se enfocó en ellos.

—¡Tienen al señor Becker atrapado en la tienda! ¡Dean y Tomás están con él! —explicó la chica rápidamente.

—Dúkur pidió refuerzos, pero no tuvo tiempo de dar detalles. Morgan está de camino, ¿quiénes los atacaron? —preguntó la Aprendiz con su usual calma, la envidia se asomó.

—Unos hombres de uniforme plateado y negro...

Ella no dijo nada, tomó un collar entre sus manos, este brilló intensamente. Por unos segundos hubo silencio, mientras Nicole cerraba sus ojos, concentrada. Oliver sintió frío, como si el tiempo se detuviera, dejándolo en un vacío, solo. Amara lo miraba preocupada, ella sostenía un collar idéntico.

—Algo sucedió... No puedo contactarlo.

—¿El Maestro está en problemas? —preguntó ella desesperada.

—No lo sé.

Oliver se volvió al escuchar los pasos. Una figura se acercaba a ellos, era difícil mantener la mirada con el sol brillando directamente en su dirección. La estatua fue construida mirando hacia el oeste, para que a sus espaldas saliera el sol y se ocultara al frente suyo. Algo sobre “dejar atrás el pasado y mirar hacia el futuro", había comentado su abu.

Caminaba sin prisa ni dificultad. No era muy alto. Al acercarse notó su cabello oscuro y mechones rubios, ¿o acaso eran grises? Tenía el rostro muy delgado, marcando mucho su mandíbula. El individuo sonrió al verlo. Conocía a ese hombre, en algún lugar de su mente. Hacía un gran esfuerzo por recordar. Era su primo.

¿Qué hacía el hijo de su tía Mariela en aquel lugar? ¿Los guerreros enviaron refuerzos? Aunque sabía que él era un simple mensajero. Su madre le dio ese puesto porque era un inútil.

Había algo mal en él, no se sentía nada familiar, a pesar de verse igual a Felipe. ¡Nada tenía sentido! ¡Todo fue en espiral desde que fueron a esa tienda!

El Aprendiz lo miró con los ojos muy abiertos. Guardó los collares en su bolsillo. Su primo miró el uniforme que portaba con asco, luego miró a Amara y finalmente a Oliver, analizándolo de pies a cabeza, como si pudiera oler su miedo. Retrocedieron hasta chocar contra los pies de la estatua. Lentamente avanzaba, dejándolos sin espacio, sus pies no respondían. Su presencia era… como un ángel de la muerte. ¿Sería parte del efecto que provocaba?

—¿No me recuerdas? —le preguntó, fingiendo ofenderse.

Oliver no respondió.

—Identifíquese —pidió la Aprendiz, desenvainando una espada.

—No fue hace mucho, primito —afirmó. Sin siquiera mirar a los demás—. A menos que...




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