—Marlene, creo que deberíamos ir primero tras el idiota de los goggles. Es más fuerte —se burló Roberto.
—Yo digo que por el alto. Él es el que piensa —le respondió su hermana.
—¡Yo digo que se callen! —exclamó Tomás bastante molesto.
La salida estaba lejos. Debían vencer primero a los molestos hermanos y ayudar al señor Becker a escapar. El Nerlec de Tomás era extremadamente destructivo, Dean tampoco quería que la tienda explotara, por otro lado, tenía una manera de arrebatarles su visibilidad. El tiempo corría y los muchachos se acercaban a ellos, amenazantes, con su mirada esmeralda vacía. Dean llevaba la escopeta que tomó de atrás del mostrador. Sabía bien cómo usarla. Sin pensarlo disparó.
Sintió un golpe en sus muñecas, su cuerpo retrocedió con fuerza y el sonido del disparo le dejó confuso los primeros segundos. ¿De verdad lo había hecho? Ni siquiera recordaba el momento en el que tomó la decisión de hacerlo. Pensó que sería mejor así, escaparían y estarían más tranquilos; después pensó lo que sería asesinar, como con el profesor Alvarado. Tomás lo observaba atónito.
Habían logrado crear una barrera. El cartucho rebotó. Ambos los miraban bastante satisfechos, sonriendo con malicia. Su energía había sido materializada, solo Guardianes poderosos podían lograr algo así, tomaba años de entrenamiento. Aunque miró pequeñas grietas.
—¿Te gusta eso, hijo de la General Vega? —preguntaba la chica.
—Yo tengo nombre —le recordó Tomás.
—Que nadie conoce. Te conocen como la vergüenza de la familia. El hermano tonto que no ingresó a la Academia —explicó Marlene.
—¿Por qué siempre lo mismo? ¡A nadie le importa ni mi madre ni mis hermanos! No es a ellos a quien enfrentan, es a mí.
—Claro, claro. El pequeño Tommy debe sentirse mal siendo la sombra de la familia Vega ¿no? —comenzó a decir Marlene. Si seguía hablando, Tomás estallaría—. La maldita decepción que parió la general. Hubiera sido más útil parir perro, al menos ese le sería útil.
Dean miraba con cuidado a los chicos. Las palabras herían a Tomás más que cualquier golpe. Siempre fue imprudente y se llevaba más por sus sentimientos que por sus pensamientos. Podría ser una bomba de tiempo si él no controlaba la situación.
Cuando Tomás se sentía mal era como lanzar una moneda al aire, o se esconde tras indiferencia fingida o explota en ira.
Esa Marlene había dado en el blanco, justo en su ego. Intentó hablarle, pero su compañero lo calló.
—Intenta ser tan amenazadora como quieras. Por llevar ese uniforme no te hace importante o poderosa. Son los peones de algún idiota por ahí que se cree grande por atacar niños y ancianos —dijo, furioso—. Eso es más vergonzoso.
—¿Y crees que hay mucha diferencia entre nosotros? ¿Entre Oculus Aquilae y Los Jinetes? —interfirió Roberto.
Los Jinetes. Los mismos de los que hablaba su padre.
—Todos luchamos por nuestras creencias. Ustedes defienden a los malditos Ordinarios mientras nosotros los queremos eliminar como la basura que son —continuó él—. Somos exactamente iguales. Su líder y el nuestro son iguales. Sus soldados y los nuestros también lo son. La única diferencia es que a nosotros nos tratan como si fuéramos los malos de la historia.
—¿De verdad se creen eso? Hay que ser demasiado ingenuo para creer que el mundo es mejor sin ordinarios —respondió Dean, le molestaba la forma de hablar de los chicos—. ¿De dónde sacaron la tela de sus uniformes? ¿De dónde salieron los ingredientes de su desayuno? ¿Las películas, música, arte que todos amamos? ¿Las ciudades, edificios, autos que utilizan a diario?
Si se trataba de ese grupo, debía buscar ayuda de guerreros. Una batalla contra ellos sería problemática y aún más si se hace pública. Refuerzos. Eso sería lo que los tendría a ellos dos en graves problemas, incluso estarían sentenciados. Amara y los demás de seguro se habían encontrado con Felipe de camino al museo. Al menos estaban juntos.
—¿Ese discursito qué? —se burló la hermana.
En ese momento, notó que Dúkur ya no se encontraba en el suelo. ¿Dónde había ido? Si estaba completamente inconsciente. ¿Acaso lo fingió para huir? ¡Cobarde!
Unas ramas salieron del suelo, rodeando las piernas de los hermanos. Alrededor de sus piernas, cuerpo y cabeza. Estaban atrapados bajo una capa de madera de algún árbol como si se tratara de una serpiente. El señor Becker reía desde la otra habitación. Era increíble el poder de aquel anciano, incluso sin verlos podía atacarlos. Debían darse prisa.
Sintió como lo empujaron. Esta vez cayó sobre el mostrador y resbaló. Su cabeza se golpeó contra el muro. De nuevo ese truco. Les sería imposible acercarse a ellos si seguían utilizando su Nerlec.
"O hasta agotar su energía", pensó Dean con una sonrisa, la cual desapareció al sentir la sangre recorrer su rostro.
Por toda la sala se encontraban esparcidos los trozos de ramas —incluso hojas—, destrozadas. Marlene y Roberto estaban intactos. Tomás había caído sobre unos escudos, ahora lo sostenía. No podían atacarlos desde lejos por su barrera, ni de cerca gracias a su Nerlec.
—¡Ese anciano! —exclamó Roberto.
Tomás tomó varias bolitas de papel y las lanzó a los pies de Roberto, quien se volvió a activar su barrera. La habitación se inundó de humo. No había forma de ver la diferencia entre las bombas de Tomás.