—No lo escuches, Oliver —le pidió Amara en un susurro.
El muchacho había perdido el control por completo. De un rostro serio cambió a uno cubierto de ira y desprecio.
Ella jamás se imaginó que el hombre de la tienda, quien le había regalado los libros, fuese el asesino del General Rovira. Felipe había sido el culpable. De eso estaba segura. No contaba con la ayuda de Nicole, quien estaba muy herida, ni la de sus compañeros. Debía encargarse sola. El señor Becker le había entregado un arma que podría usar.
Deseaba con todo su corazón que, de alguna manera, El Maestro hubiera escuchado su mensaje o al menos detectado que se había presentado una situación. O incluso Abril, podría llamar a Raziel y estaría de camino. Sí, sólo necesitaban tiempo para que sus refuerzos llegaran. Podría aprovechar para entretener a Felipe y al mismo tiempo obtener, aunque fuera, una gota de información.
¡Sofía! La llamaría. Discretamente busco su contacto, sus dedos temblaban. ¿Desconectada? Volvió a intentarlo. Inútil.
Nunca se había enfrentado a un oponente como aquel, que la hacía sentirse tan impotente como el día de la muerte de su profesor. Allí sentía que era inútil. Todo su entrenamiento, su esfuerzo, las clases, la ayuda de Dorian. No le eran de utilidad. Sentía temor real por su vida, un sentimiento completamente nuevo para ella. Un vacío, estaba mareada y sentía náuseas. Tragó saliva. Su corazón golpeaba fuertemente su pecho. Nicole la miraba desde el otro lado, su mensaje era una disculpa. Un Aprendiz experimentado ni siquiera logró tocarlo.
El extraño miraba las manchas de sangre en su ropa negra. Lo hacía más por molestia que por preocupación. Se quitó el abrigo, lo lanzó al suelo y enrolló las mangas de su camisa blanca. Su actitud le recordaba más a la de un niño egocéntrico. Le costaba creer que estuvo a su lado en aquella librería, salvándola de las amenazas de los vendedores y regalándole un libro peligroso. Era realmente aterrador la confianza que transmitían sus ojos y su sonrisa.
¡Un momento! La tienda se encontraba a tan solo unas calles de Becker & Sons. Significa que el grupo de Felipe estuvo vigilando al señor desde hacía mucho tiempo, incluso a ellos. Los vendedores, la anciana y él eran parte del plan. Podrían tener a más hombres de su lado. Eso explicaría la presencia de libros así. Todo comenzaba a tener sentido poco a poco. La muerte de Rovira y los otros líderes, las constantes reuniones que tenía Dorian, la preocupación de la madre de Tomás, la continua ausencia de la directora Sakho y la reunión que hicieron durante la cena en su casa. Intentaban combatir algo. Unirse. ¿Contra quién? Los Jinetes. Sí, El Segundo le había hablado de ellos y advertido que aún estaban por allí, buscando sin cansarse. Buscaban... El Recipiente.
—Realmente no sabes lo que tienes ¿verdad, niña? —comentó Felipe, acercándose paso a paso.
—R-resultaría útil que me lo dijeras —dijo Amara. Con gran velocidad, sacó de su bolso una… hoz. Un arma muy peculiar que definitivamente no sabía usar. ¿Qué pensaba el señor Becker? Nadie las utilizaba por ser complejas de manejar y poco efectivas.
El hombre sonrió.
Oliver, derrotado sobre el suelo, sostenía el pasto con fuerza. Su mirada estaba perdida.
—Curiosa selección, joven... —dijo alargando esa última palabra. Ignoró por completo a Oliver.
—No te diré mi nombre —negó ella.
—Es broma, tú eres Amara. Mi nombre es Felipe —afirmó él—. Solo quiero que me entregues la información que te dio el señor Becker. No creo que quieras poner resistencia. No asesino niños, pero puedo hacerte daño de otras formas.
Amara asintió. Sus piernas temblaban.
—Felipe, solo déjala —le pidió Nicole—. Esto es entre nosotros, no ellos.
—Tu padre debió enseñarte mejor, no vas a ser de utilidad para ellos. Mi primito ha demostrado ser más fuerte y la niña es aún más valiente de lo que jamás serás.
—No vas a salir ileso de esto —amenazó Nicole, apenas si podía hablar. Su rostro estaba cubierto de sangre. Sus ojos se asomaban entre las heridas, mezclados con su cabello.
—Palabras vacías, hija de El Maestro —se volvió hacia Amara—. Podría pedirle a esos dos que dejen ir a tus amigos. Si no es que ya están muertos.
Muertos. Jamás, no podría soportarlo.
Sintió el alma caerle a los pies.
Felipe se movió detrás de Nicole, y la arrastró justo frente a Amara, luego en cuestión de segundos hizo lo mismo con su compañero. Sujetó por el cuello a Oliver y lo soltó al lado de la Aprendiz. Su compañero forcejeó sin obtener ningún resultado. Ambos cayeron al frío suelo. La Aprendiz se limpiaba la sangre con la manga de su uniforme, se sentó y luego de asegurarse de que su atacante miraba en otra dirección, con sus labios expresó dos únicas palabras.
"Amara, huye".
Ella negó con la cabeza. Sorprendida le pidió por segunda vez que escapara y su respuesta fue la misma. Encontraría la forma de ayudarles, no los dejaría morir, podía encontrar una solución, lo sabía. De todas maneras, si intentaba huir no llegaría muy lejos.
—Pon atención, niña. No quiero que hagas esto más fastidioso de lo que realmente es —comenzó él.
Sacó dos revólveres. Una la colocó detrás de la cabeza de Oliver y Nicole. Ambos chicos miraban atónitos a Amara, esperando a que hiciera algo por ellos. Felipe parecía bastante satisfecho, como un niño al hacer una buena jugada. Instintivamente retrocedió varios pasos.