Cuando la décima sombra se regeneró, tanto sus compañeros como Sofía se rindieron. Esas criaturas eran inmortales. Habían intentado de todo, espadas, luz, golpes, flechas explosivas e incluso las potentes cadenas. Pero sus cuerpos volvían a formarse como antes. La única que no había logrado ni siquiera tocar, era la de ojos plateados. Estaba al fondo, analizando sus movimientos. Agotados y desesperanzados. La mentora Buitrago mantenía su rostro inexpresivo.
¡Una explosión! El suelo se sacudió. A lo lejos se asomaba un poco de humo. ¿Sería acaso donde Dean y Tomás…? No había tiempo.
Repitieron muchísimas veces el plan de Sofía. Diana generaba luz para aturdirlas. Luego Abril dispara con su ballesta. Isaac se movía en varias direcciones para confundirlas, no eran muy listas. Y ella… observaba y daba órdenes. Clonaba los pernos para la ballesta de Abril. Al menos no acabarían sin munición siempre y cuando su energía lo permitiese.
—Hay una extraña concentración de sangre y energía en sus ojos —observó Abril, limpiándose su abrigo—. He intentado golpearlos, pero no puedo. Parece que protegen mucho esa zona. Tal vez Diana lo logre con su luz.
Ella miró hacia el frente. Levantó las palmas de sus manos. Estaba decidida. Los demás desviaron sus miradas. Su mentora estaba en dirección opuesta, así que no sufriría los daños. ¡Luz! ¡Ardía! O eso debería hacerles a las sombras. En la prolongada exposición a la luz, escuchó chillidos de dolor. Se le hizo eterno.
Abrió los ojos con cuidado. Isaac miraba muy sorprendido hacia el frente, moviendo sus largas pestañas. Eran tan bonitas.
Sangre goteaba de los dos agujeros negros donde en algún momento estuvieron sus ojos. Las cuatro criaturas se retorcían de dolor, con sus garras intentaban tocar sus ojos, haciendo peor la situación. Diana cayó al suelo, agotada. Miraba impactada su creación. Hasta que se volvió a un lado y… vómito. La sangre era una cosa, pero el vómito. Sintió náuseas, ¡no debía permitirle a su estómago! No frente a Isaac.
Las criaturas desprendían un humo negro, mientras disminuían de tamaño. Paulatinamente desaparecieron, como un vampiro quemándose frente al sol.
—¡Lo sabía! ¡Su punto débil son los ojos! —exclamó Abril bastante satisfecha, cruzó sus brazos—. Muy bien hecho, Diana.
La chica se limpiaba la boca. Isaac le acercó un trozo de tela y le ayudó a ponerse de pie.
—Fue bastante horrible… pero funcionó —susurró Isaac a Sofía—. ¿Tú te sientes bien?
Asintió. Las náuseas habían desaparecido.
—¡Mentora! ¿Escuchó eso? —preguntó Sofía moviendo sus brazos. La señora levantó el dedo pulgar. Inmediatamente las cadenas atravesaron las cabezas de las sombras restantes, justo en sus ojos. ¡Sangriento! Ocurrió lo mismo, lentamente empezaron a desaparecer. ¡Lo habían logrado!
Su vista se nubló. Nuevamente la presión en su cintura, el mareo. Su estómago daba vueltas. Chocó con el suelo. Odiaba esa sensación. Un gruñido frente a ella. Se veía borroso, pero sabía exactamente lo que era.
—¿Más de esas malditas sombras de mierda? —se quejó Abril molesta, sostenía su arma con fuerza. Se puso frente a sus compañeros.
—Cuida tu vocabulario, sigues en presencia de tu mentora.
Abril miró a la mujer de reojo con sus ojos entrecerrados.
Eran seis… siete… ¡de nuevo doce! ¡Todo era culpa de la sombra de ojos plateados! Estaba segura de ello.
Necesitaba que algún insecto o animal pequeño hiciera aparición para clonarlo y enviarlo en busca de sus amigos. ¡Ninguno en su sano juicio se acercaría! ¡El lugar era un desastre!
Sabía que su objetivo debía ser la sombra de los ojos plateados. Acercarse sería un reto y no se atrevía a enviar a Isaac solo.
Debían distraer las sombras.
—Señora Buitrago, ¿podría ganarnos tiempo? —pidió Sofía, preparando a sus demás compañeros.
—Siendo tan amable, ¿cómo decirte que no?
Las cadenas se volvieron un tornado de movimientos. Azotaban a las sombras tan brutalmente que sintió pena por ellas.
En ese momento, Abril corrió en dirección opuesta, Diana y Sofía la seguían, ignorando a las criaturas, esquivando sus ataques, mientras Buitrago las convertía en cenizas. ¿Dónde estaba Fonseca? Abril se subió sobre los hombros de Diana, así logró alcanzar el balcón y subir al tejado. Luego ambas ayudaron a Sofía a subir. Al volverse para ayudar a Diana, una criatura la atacó. Logró esquivarlo por poco, pero debió correr en dirección de su mentora. ¿Qué hacían? ¡Irse sin ella! Estaba bien con su mentora.
Los cabellos grises de Isaac se meneaban por el viento, la oscuridad de la noche hacía destacar las bellas luces. El sol estaba por desaparecer por completo. ¡Tardaron demasiado! Era momento de correr. Se movieron sin dificultad sobre los tejados, habían entrenado bien para un momento como aquel. La sombra parecía esperarlos sobre la azotea de lo que parecía un cine. Tenía un rótulo muy brillante.
Ni siquiera se sentía cansada, sólo quería acabar con aquello. Finalmente, frente a frente con el tétrico ser. De cerca notó que era más alta que las demás. Una especie de picos brotaba de su columna. Su cabello parecía el de un erizo. Y ese olor, ¡Dios, era fuerte! Como el de un animal muerto. Sus garras tenían un brillo plateado, que se entrelazaba con su extraño pelaje. Al gruñir se asomaron sus dientes de piraña. No recordaba ninguna bestia como era en sus libros.