La Séptima: Saga de Guardianes

43. Su primera asignación

El primero cayó sin problema. No era tan fuerte. Un arma potenciada por su energía, que le daba balas que seguían a su objetivo. Sus pequeñas gárgolas eran más veloces. A pesar de su molesta compañera, logró darle el golpe mortal. Ahora su cuerpo yacía sobre el camino de piedra, ensuciando el pasto. Sonreía, orgullosa de lo lejos que había llegado su entrenamiento con ellas.

La mujer era fuerte. Una oponente casi digna.

Sacudió la cabeza. Debía dejar de pensar de esa forma. Tanto tiempo con Dante y los demás le afectaba. Aunque era cierto, era difícil para ella encontrar un oponente que representara un reto. Desde que era una niña era capaz de humillar miembros de organizaciones. Amaba sus miradas de sorpresa cuando comprendían su inevitable derrota frente a una niña. Su apariencia no reflejaba para nada su fuerza, así que debía compensarlo con violentos ataques y frías palabras.

Tres de sus pequeñas habían sido heridas. Su Nerlec le permitía cambiar de lugar objetos o seres vivos. Así logró confundir a sus gárgolas. Cuando cambió de lugar el hidrante con su compañero, ya era tarde. Lo único que logró fue causar una fuga de agua, que empapaba el cuerpo del hombre. Para su suerte, los únicos curiosos que se habían acercado tras el escándalo que montaron, huyeron aterrorizados de las gárgolas. Los guerreros brillaban por su ausencia. ¿Dónde estaban? Ni siquiera policías fueron llamados a la zona.

Cada vez que intentaba acercarse a la tienda, retrocedía. Corría sin éxito. Debía pensar en sus discipuli, no tenía tiempo para perder con ella. Se sentía atrapada. No le dejaba otra opción, debía deshacerse de ella.

Danzaron. Sus gárgolas, su atacante y ella. Corrían, saltaban, se agachaban. Sin suerte, sin contacto. No quería pensar en una gran estrategia para alcanzarla, sabía que tarde o temprano su energía se agotaría. Hasta que finalmente recibió noticia de Pimento. No era posible… Dúkur había sido vencido por unos novatos. El pequeño urutaú lloriqueaba sobre un charco de sangre, moviendo sus plumitas grises desesperado. ¿Estaba muerto? No lo sabía. Debía…

Su vista se nubló. Energía esmeralda cubrió su cuerpo. Estaba al lado de la altísima mujer. Olía a cuero, peculiar. Frente a frente con la capa de energía café que cubría su rostro. Golpeó su brazo, ni un rasguño. Kaira le sonrió. Su respiración estaba agitada. Faltaba poco. Le devolvió el golpe con todas sus fuerzas. Gárgolas rodeaban a ambas, volando en círculos muy rápidamente, como si de un tornado se tratara. Volvió a atacar. Un crujido. Deshizo su armadura.

La había observado detenidamente. Sólo podía cambiar de lugar objetos en su campo de visión. Lo único que podía ver desde ahí eran sus gárgolas o las estrellas. Volvió a atacar, un quejido. La mujer devolvió el golpe, que se estrelló directamente con su barrera. La primera gárgola voló hacia ella, rasgando su espalda. La segunda su brazo, la tercera su pierna. Había caído de rodillas. Kaira se acercó, con su puño golpeó la máscara. Golpe tras golpe, la mujer se quejaba, pero no podía defenderse. Mientras levantaba su puño, ella deshizo su máscara.

—Me rindo —susurró, con sus negros ojos muy fijos en ella. Sangre brotaba de su frente, bañando su brillante piel. Su cabello castaño, recogido en un moño. Era más joven de lo que pensaba. Finalmente sintió que se enfrentaba a una persona—. No hay necesidad de… matarme…

Miró hacia arriba, una sombra sobre el tejado. Era Isaac. Los demás estaban cerca.

“Lo que quiere es ganar tiempo”. Dejó que sus gárgolas la rodearan. No perdería más tiempo en ella. Corrió hacia la tienda, si entraba por detrás, podría sorprender a los otros atacantes. Llevó tres gárgolas con ella. Con cuidado abrió la puerta y atravesó lo que parecía un taller. Oscuro, cubierto de hollín, polvo, madera cortada y otros materiales. El olor fuerte a pintura le recordó a su casa, tal y como… Una figura estaba sentada en la trastienda. Cabello blanco, debía ser el anciano. Se acercó en silencio. El señor la miró preocupado, con sus labios secos esbozó una pequeña sonrisa al ver el símbolo del águila.

—Ayúdalos a ellos —susurró, estaba tan pálido que pensó que hablaba con un muerto.

Envió a sus dos gárgolas a cargar al hombre con cuidado. Prepararon una camilla con la silla, eran bastante listas. Luego se asomó por la puerta. Tomás sostenía una escopeta frente a un chico. Una chica yacía sangrando a su lado. Y Dean, recostado en la pared, estaba cerca, pero sangraba mucho. Tomás bajó el arma, ¿qué hacía?

—¡No seas un maldito cobarde! ¡Harás que nos maten a todos!

Tenía algo en su mano. Una bomba. Corrió hacia ambos. Tomó a Tomás por el brazo y lo lanzó contra la pared, luego irguió su barrera. El trozo de madera golpeó la puerta. El uniformado miró aterrado hacia su compañera. Luz. Fuego. La explosión sacudió el suelo, la madera cedió. Un grito fue ahogado entre el crujido del edificio. Les caería encima. Su barrera no sería tan fuerte. ¿Qué pensaba el chico? ¡Pudo matarlos a todos!

Miró a Dean, pálido e inconsciente.

—Yo… —susurró Tomás, mirando boquiabierto las consecuencias de su imprudencia.

—¡Ayúdame a levantar a Dean! —pidió ella cansada, solo quería salir de ahí.

—Pero Marlene y Roberto están ahí, ¡hay que ayudarlos!

—¿Ayudarlos? Ya deben estar muertos —aseguró incrédula. ¿Para qué lanzó la bomba si no era para eliminarlos? ¿Fue accidental? ¿Era remordimiento?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.