PRÓLOGO
Las vueltas del invierno
El dolor tiene la peculiar consistencia del agua: a veces fluye en lágrimas que desbordan los ojos, pero otras veces, cuando es demasiado frío y profundo, se congela hasta convertirse en un glaciar que paraliza todo a su alrededor. No hay manual de instrucciones para sobrevivir a la ausencia de lo que más se ama. Ante la tragedia, algunos deciden encerrarse en el santuario de los recuerdos, convirtiendo la rutina en una procesión de silencios; otros, aterrados por el vacío, corren a ciegas buscando cualquier rastro de calor, sin importar si en esa huida terminan destruyendo lo único sagrado que les quedaba.
Esta historia no es solo el relato de un matrimonio que se desmoronó bajo el peso de un luto inexplicable, ni es la crónica de una traición nacida del egoísmo. Es, ante todo, un viaje a través de las estaciones del alma. Es la historia de cómo una mujer, rota por la pena más desgarradora que puede experimentar un ser humano, decide no dejarse morir en la orilla del camino.
A través de estas páginas, el lector caminará por la calidez de los castillos de arena bajo el sol de febrero, sufrirá la penumbra de los pasillos de un hospital y sentirá el viento helado de una casa vacía. Pero, por encima de la tormenta, descubrirá que el destino tiene formas misteriosas de cruzar los caminos de quienes han sido despojados de todo. Porque cuando el cielo parece llorar con más furia, a veces solo hace falta abrir la puerta en medio del temporal para descubrir que el amor no se extingue con la muerte; simplemente cambia de forma, esperando en el mostrador de una playa a que alguien vuelva a encender la luz.