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Capítulo 1: El eco de las risas y la arena en los zapatos
Los sábados por la mañana en la casa de los Alvarado siempre olían a café recién hecho y a pan tostado. Elena observaba desde la cocina a Carlos, quien corría por el pasillo cargando a Matew sobre sus hombros. El pequeño, de apenas cuatro añitos, reía a carcajadas mientras extendía sus brazos imitando las alas de un avión.
—¡Cuidado con la lámpara, Carlos! —advirtió Elena, aunque no pudo evitar que una sonrisa se dibujara en su rostro.
Carlos se detuvo justo a tiempo, bajó al niño con cuidado y caminó hacia Elena para abrazarla por la espalda, depositando un beso tierno en su cuello.
—Siete años de casados, mi amor, y todavía crees que voy a romper algo —bromeó él, mirándola con esos ojos llenos de la misma luz que la habían enamorado al salir de la universidad.
—Solo me aseguro de que no destruyas la casa antes de que revisemos las cuentas para las vacaciones —respondió ella, dándose la vuelta para rodear su cuello con los brazos—. ¿Cuánto logramos juntar este mes?
—Si mantenemos el ritmo de ahorro y el jardín de Matew no sube la cuota, en febrero estaremos en la playa. Los tres. Como siempre.
Elena miró a su hijo, que ahora jugaba concentrado con unos bloques de madera en la alfombra. Habían construido una vida perfecta basados en el orden, el amor y el respeto mutuo. Desde aquellos días de noviazgo tras graduarse, supieron que querían esto: un hogar cálido, rutinas compartidas y un amor que parecía invencible.
—Somos muy afortunados, Carlos —susurró Elena.
—Lo somos, Eli. Tenemos todo lo que necesitamos aquí mismo.