Capítulo 3: La vigilia del miedo
El regreso a la rutina fue abrupto. Apenas dos semanas después de las vacaciones, llegó la llamada del jardín de infantes. Lo que empezó como una supuesta fiebre pasajera se transformó rápidamente en una pesadilla de vigilia.
En la habitación de la clínica, los días y las noches se desdibujaron. Elena y Carlos se convirtieron en sombras que se negaban a abandonar los lados de la camilla. No se habían cambiado de ropa en tres días; sus rostros lucían demacrados, con ojeras profundas que delataban el terror absoluto de ver a su pequeño apagarse.
—Carlos, mírale los labios, los tiene azulados —decía Elena a las tres de la mañana, sosteniendo la manita helada de Matew. Su voz era un hilo de desesperación—. El médico dice que los exámenes están bien, pero mi hijo no está bien. ¡Míralo! ¡Él no es así!
Carlos, cuyo optimismo habitual se había desmoronado por completo, le acariciaba la espalda a su esposa con dedos temblorosos mientras miraba fijamente el monitor de signos vitales.
—Lo sé, Eli, lo sé... ya viene el cambio de turno. Voy a exigir que le hagan otra tomografía. No nos vamos a mover de aquí hasta que nos den una respuesta —prometió, aunque por dentro sentía que el suelo se abría bajo sus pies. El miedo los atenazaba tanto que casi no se atrevían a respirar para no alterar el frágil sueño del niño.
La madrugada del colapso definitivo fue un caos de alarmas sonoras y médicos corriendo. Elena fue apartada hacia una esquina de la habitación por una enfermera, mientras Carlos se aferraba al marco de la puerta, paralizado, viendo cómo el cuerpo de su hijo quedaba completamente laxo sobre las sábanas blancas, inmóvil, ajeno a los intentos desesperados de reanimación. En ese preciso instante, la luz de sus vidas se extinguió, dejando un vacío helado en el pecho de ambos.