Capítulo 4: El descenso a la tierra y el regreso al vacío
El día del entierro amaneció gris, como si el clima se hubiera solidarizado con su ruina. Elena caminaba como una autómata, sostenida del brazo de Carlos, aunque ninguno de los dos se tocaba realmente; eran dos cuerpos arrastrados por la inercia del dolor.
Ver el pequeño ataúd blanco descender lentamente hacia la fosa fue una tortura indescriptible. Elena emitió un grito ahogado, un sonido desgarrador que pareció desgarrarle la garganta, e intentó arrojarse hacia adelante, pero las manos de Carlos la retuvieron con fuerza, aunque él mismo tenía las mejillas empapadas y la mirada perdida en el vacío. Ver cómo la tierra cubría el cofre del niño fue como ver cómo enterraban su propio futuro, sus planes, sus risas en la playa y cada pedazo de sus almas.
Cuando el funeral terminó y la gente comenzó a retirarse con pésames susurrados que no significaban nada, ellos regresaron a casa.
Al abrir la puerta, el impacto fue brutal. La casa estaba exactamente igual a como la habían dejado antes de irse al hospital: los zapatos llenos de arena de las vacaciones seguían en el rincón del pasillo, y a medio pasillo estaba un dibujo que Matew había hecho para la nevera. Pero el silencio... el silencio era un monstruo que devoraba el aire. No había risas, no había pasos apurados, no había juguetes chocando. Solo una quietud sepulcral.
Elena caminó directo al sofá y se sentó, cubriéndose el rostro con las manos. Carlos se quedado de pie junto a la puerta, mirando las llaves en su mano. Fue en ese preciso momento donde la grieta comenzó a abrirse, y no fue un proceso de uno solo; fue un alejamiento mutuo, nacido del pánico y la culpa no rota.
Carlos miró a Elena y sintió un dolor insufrible: verla a ella era recordar el rostro de su hijo moribundo. Para protegerse de ese sufrimiento, dio un paso atrás, alejándose físicamente. Elena, por su parte, al levantar la mirada y ver a Carlos tan rígido, interpretó su silencio como una falta de empatía o una fortaleza que ella no tenía. Pensó que él no lo sentía igual.
Ninguno de los dos tuvo la fuerza para abrazar al otro. El dolor era un muro tan alto que no podían ver por encima de él. Esa misma noche, sin decir una palabra, Carlos tomó una manta y se fue al estudio. Elena no le pidió que se quedara. El hielo mutuo había comenzado a colonizar la casa.