Capítulo 5: El glaciar en la cocina
Tres meses después, la casa ya no olía a café. Olía a encierro y a ausencia.
Elena regresó del trabajo a las seis de la tarde. Abrió la puerta principal y el silencio la golpeó como un bloque de cemento. Dejó las llaves en el recibidor, justo al lado de un pequeño dinosaurio de plástico que nadie se había atrevido a mover.
Carlos estaba sentado en la mesa del comedor, con la laptop abierta. No levantó la mirada cuando ella entró.
—Buenas noches —dijo Elena con una voz monótona, que parecía venir de otra persona.
—Buenas noches —respondió Carlos, frío, distante, con los ojos fijos en la pantalla.
No hubo abrazos. No hubo preguntas sobre cómo había ido el día. El amor que antes desbordaba las paredes se había congelado, transformándose en un respeto administrativo y hostil. El dolor era tan inmenso que mirarse el uno al otro era ver el reflejo de la tragedia. Cada uno culpaba al universo, o quizás al otro, o a sí mismos, pero en silencio. No peleaban; las peleas requieren energía, y a ellos no les quedaba una sola gota.
Elena fue a la cocina a servirse un vaso de agua. Sus manos temblaron. Miró de reojo la puerta cerrada de la habitación de Matew. Un abismo insondable se abría en su estómago.
Carlos entró a la cocina para dejar una taza sucia en el lavaplatos. Sus hombros chocaron levemente por el espacio estrecho. En otro tiempo, ese tropiezo habría terminado en una risa o un beso. Hoy, Carlos se hizo a un lado inmediatamente, como si el contacto con la piel de Elena le quemara.
—Voy a dormir en el estudio de nuevo. Mañana tengo una reunión temprano —dijo él, sin mirarla a los ojos.
—Está bien —respondió ella, mirando el agua de su vaso.
Carlos dio la vuelta y se marchó. Elena se quedó sola bajo la luz parpadeante de la cocina, sintiendo cómo el hueco en su alma se expandía hasta dejarla sin aire.