Capítulo 7: El escape del vacío y las noches vacías
La oficina se convirtió para Carlos en un búnker. Descubrió que mientras revisaba hojas de cálculo, atendía llamadas de proveedores o se quedaba hasta tarde en reuniones inútiles, el dolor en el pecho le daba una tregua. En cambio, regresar a casa a las seis de la tarde significaba chocar de frente con el fantasma de Matew en cada esquina y con la mirada muerta de Elena. La frialdad se sentía día a día; cada paso por el pasillo era un recordatorio físico de que todo había cambiado para siempre.
Pronto, las seis de la tarde se convirtieron en las diez de la noche. Luego, en las doce. Y finalmente, llegaron los días en que Carlos simplemente no llegó a dormir, inventando viajes de negocios de última hora o auditorías urgentes.
Elena comenzó a sentirse aún más sola en esa inmensidad congelada. El dolor mutuo, que antes era el único lazo invisible que les quedaba como recordatorio de su hijo, también se estaba esfumando. Carlos ya no estaba ni para compartir el silencio.
Una tarde de jueves, tras una semana entera sin cruzar más que tres palabras con él, Elena decidió que no podía seguir así. El vacío en su alma exigía respuestas. Salió de su trabajo antes de tiempo y manejó directo hacia la torre del centro donde funcionaba la empresa de Carlos. Subió por el ascensor con el corazón latiéndole en la garganta, con la firme intención de obligarlo a hablar, de exigirle que volviera a casa a afrontar la realidad con ella.
Cuando llegó al piso doce, la oficina de Carlos estaba en penumbras, salvo por la luz de su despacho privado. Elena caminó despacio por la alfombra que amortiguaba sus pasos. Se asomó por el vidrio de la puerta entreabierta y el mundo se le terminó de derrumbar.
Carlos estaba sentado en su sillón. Una mujer joven, de su misma área, estaba de pie junto a él, inclinada, con las manos apoyadas en sus hombros mientras él le sostenía la cintura con desesperación, ocultando el rostro en su cuello. No era una escena de pasión salvaje; era la imagen de un hombre buscando refugio, dejándose consolar en la intimidad de otra piel.
Elena no gritó. No lloró. No tiró la puerta. El dolor extremo la dotó de una calma fría, casi espectral. Empujó la puerta despacio, haciendo que el chirrido alertara a la pareja, que se separó de golpe con rostros de pánico.
Elena miró fijamente a la mujer y luego a su esposo.
—Es muy linda la forma de pasar el dolor de la pérdida de tu hijo, Carlos —dijo con una voz carente de emoción, tan cortante como el vidrio.
Dio la vuelta sin esperar una sola explicación y caminó hacia el ascensor. Ese fue, sin necesidad de papeles ni abogados en ese instante, el día de la ruptura definitiva de su matrimonio.