Capítulo 8: Las máscaras rotas y el remordimiento
El regreso a la casa fue el preludio de la tormenta. Carlos llegó apenas una hora después, desesperado, azotando la puerta principal. Encontró a Elena en la sala, de pie, esperándolo como una jueza implacable en medio del santuario intacto de Matew.
—¡Elena, por favor, déjame explicarte! —exclamó Carlos, con la voz rota y las manos extendidas—. ¡No es lo que piensas! Fue un error, un momento de debilidad... ¡Yo ya no podía seguir así!
—¿No podías seguir cómo, Carlos? ¿Extrañando a tu hijo? —respondió ella, sin moverse un milímetro.
—¡Matew murió, Elena! —gritó él, soltando el dolor contenido de meses, con las venas del cuello marcadas—. ¡Nuestro hijo murió, pero nosotros estamos vivos! ¡Tenemos que seguir viviendo! ¡Tú te encerraste en este cementerio y me dejaste solo! ¡Yo necesitaba respirar, necesitaba sentir que seguía vivo!
El impacto de las palabras de Carlos hizo que el aire abandonara la habitación. Elena caminó hacia él a paso firme y, antes de que él pudiera reaccionar, le cruzó la cara con una bofetada limpia, violenta, que resonó en las paredes vacías.
—A mí no me hables de la vida, Carlos —siseó ella, con los ojos inyectados en llanto y furia—. Fui yo quien lo llevó en su vientre durante nueve meses. Fui yo quien le dio la luz. ¡No me pidas que lo olvide en tres meses como lo hiciste tú en las piernas de otra mujer!
Carlos retrocedió un paso, sosteniéndose la mejilla ardiente, con la mirada clavada en el suelo.
—Así es como me demuestras que tu amor por tu hijo era una mentira, una maldita fachada —continuó Elena, descargando cada gramo de la pena desgarradora que llevaba guardada—. ¿Quién sabe cuánto tiempo llevas viéndonos la cara? ¿Cuánto tiempo llevas traicionando lo que construimos?
Elena se acercó tanto que Carlos pudo sentir el calor de su respiración llena de desprecio.
—Quizás... —añadió ella con un hilo de voz que se quebró al final—, quizás Matew se salvó de ver en lo que te convertiste. Tu hijo estaría completamente decepcionado del hombre que decía ser su padre.
Carlos la miró con los ojos desorbitados, golpeado en lo más profundo de su ser por esas últimas palabras. El peso del remordimiento le cayó encima como una losa de concreto, dejándolo sin respiración, sin argumentos, completamente expuesto en su miseria.
Elena no esperó a ver sus lágrimas. Caminó hacia el recibidor, tomó su abrigo, agarró el pequeño dinosaurio de plástico del mueble y salió de la casa, cerrando la puerta detrás de ella y dejando a Carlos solo en medio del silencio helado del hogar que él mismo había terminado de destruir.