Capítulo 13: El rumor del mar y la última promesa
Libre de los lazos del pasado, Elena sintió que la ciudad la asfixiaba. Los parques, las calles, el aire... todo olía a una vida que ya no existía. Acostumbrada a trabajar en oficina, pronto se dio cuenta de que no podía permanecer encerrada entre cuatro paredes y frente a una computadora; eso la asfixiaba, sentía que el aire no le llegaba a los pulmones y que la rutina la devolvía a los días oscuros del luto. Necesitaba espacio, viento y movimiento. Esa misma semana, renunció a su trabajo de años.
Con el dinero de sus ahorros y la mitad de la venta de la casa que compartieron por 7 años, compró una pequeña casita blanca solo para ella, a pocas cuadras de la costa. Cerca de la playa, en una transitada avenida peatonal, abrió un acogedor local con una terraza de madera. En el verano vendía jugos naturales de frutas tropicales y ensaladas frescas; en el invierno, el lugar se llenaba del aroma de sopas caseras y comida caliente para los lugareños que buscaban refugio del frío.
Elena trabajaba de sol a sol, moviéndose entre las mesas con una sonrisa tranquila y una paz que le había costado lágrimas de sangre conseguir. Desde la barra de su negocio, siempre podía mirar el mar a través del gran ventanal. A veces, cuando el sol de la tarde pintaba el agua de destellos dorados, a Elena le parecía ver a lo lejos, en la orilla, la silueta difusa de un niño de cuatro años saltando las olas y jugando con la arena. En la repisa principal del local, justo al lado de la caja registradora y a la vista de todos los comensales, Elena había colocado un hermoso marco de madera. Dentro de él no había una foto, sino el pequeño dinosaurio de plástico verde que Matew tanto amaba. Era el recuerdo constante de que su hijo estaba con ella en todo momento, guiando sus pasos.