Capítulo 14: El llanto del cielo y el reflejo en el mostrador
Era pleno invierno, y afuera un temporal terrible azotaba la costa. El viento hacía crujir las maderas de la terraza y la lluvia golpeaba con furia el gran ventanal del local. Elena estaba de pie allí mismo, mirando el mar embravecido. Tenía las manos envueltas en una taza de té caliente, pero sus pensamientos estaban muy lejos. Hoy era un día especialmente desgarrador: Matew cumpliría cinco años. Elena sentía que el cielo mismo sabía que su corazón lloraba por el amor de su hijo que ya no estaba, y lo demostraba con la violencia de esa tormenta.
La melancólica tranquilidad del momento se rompió de golpe. A través del vidrio empañado, Elena divisó una pequeña silueta. Un niño, de la misma edad que habría tenido su pequeño, caminaba tropezando por la vereda, completamente solo, empapado hasta los huesos y llorando con desesperación bajo la lluvia torrencial.
El instinto de madre le encendió el pecho. Elena no soportó verlo así; abrió la puerta de golpe, desafiando el viento helado, corrió hacia él y lo cargó en sus brazos. El niño temblaba como una hoja. Lo metió rápidamente al local, tomó las toallas limpias que usaba para el negocio y comenzó a secarlo con suavidad. Con agilidad, lo sentó sobre el mostrador, justo al lado del marco donde descansaba el dinosaurio de plástico. Elena corrió a su habitación trasera, buscó una camiseta de algodón suya, pequeña y abrigada, y regresó para cambiárselo, frotando sus bracitos para que el pequeño no se enfermara. Acto seguido, le sirvió un plato de sopa caliente que tenía lista en la cocina.
Fue en ese preciso momento, mientras el niño tomaría la cuchara con sus manitas torpes y le sonreía con timidez a través de sus lágrimas, que a Elena se le detuvo el corazón. Solo en ese momento, volvió a ver a su hijo a través de ese pequeño. La misma mirada inocente, los mismos ojitos curiosos que buscaban refugio. El hueco en su alma no se llenó, pero por primera vez, dejó de arder. Elena se sentó frente a él, le acarició el cabello aún húmedo con infinita ternura y comenzó a hablarle despacio para no asustarlo.
—Ya estás a salvo, mi amor, ya pasó el frío —le dijo con una sonrisa dulce—. Dime, ¿cómo te llamas? ¿De dónde eres? ¿Dónde están tus papás? ¿Cómo terminaste solito en medio de este temporal?