Capítulo 16: El olor a mamá y las manos que sanan
Como el pequeño Marcos no despegaba los ojos del pequeño dinosaurio verde, Elena lo sacó con cuidado del marco. Se sentó en el suelo junto a él y comenzaron a jugar, haciendo rugir al juguete sobre la madera mientras esperaban a su papá.
De repente, los focos de una camioneta ploma 4x4 iluminaron el ventanal empapado. El vehículo se detuvo de golpe fuera del local. La puerta se abrió y un hombre entró corriendo, cargando una mochila con estampado de dinosaurios. Sus ojos cafés, inyectados de pánico y desesperación, recorrieron el lugar buscando a alguien. Pero lo que vio lo detuvo en seco. Su hijo estaba en el suelo, vistiendo una camiseta enorme que le arrastraba por las rodillas, riendo a carcajadas como hace mucho tiempo no se reía con nadie, y mucho menos con un extraño. Elena levantó la mirada y se encontró con esos ojos cafés, que ahora cambiaban el terror por una devoción absoluta al ver a su pequeño a salvo.
—Mira, campeón, papá llegó —dijo Elena con dulzura.
Marcos levantó la cabeza y sus ojitos se iluminaron.
—¡PAPÁ! —gritó el niño, saliendo corriendo a toda velocidad.
El hombre lo cargó en el aire con un alivio tan grande que pareció temblar. Lo abrazó con fuerza, lo llenó de besos y comenzó a revisarlo por todas partes, tocando sus bracitos y sus mejillas para asegurarse de que estaba completo y sano. Con el niño aferrado a su cuello, el padre miró a Elena con una gratitud que las palabras no alcanzaban a describir. El hombre abrió la mochila dispuesto a cambiar la ropa húmeda de Marcos, pero el niño se aferró más al cuello de su padre, lo miró fijamente y le hizo una petición inesperada:
—Papá, ¿me puede cambiar ella? Es que me recuerda a mi mamá... Ella tiene el mismo olor a mamá.
Al escuchar esas palabras, Elena no pudo contener más la emoción que llevaba guardada todo el día. Un sollozo desgarrador se le escapó del pecho y las lágrimas comenzaron a rodar libremente por sus mejillas. Marcos, al verla llorar, se bajó de inmediato de los brazos de su padre. Caminó hacia Elena con sus pasos torpes, estiró sus manitas hacia ella pidiendo que lo cargara y le tocó la cara con preocupación, preguntándole qué le pasaba. Elena lo subió a su regazo, lo abrazó pegándolo a su corazón y, tratando de calmar su voz, le habló bajito mientras le daba un tierno beso en su cabecita:
—Lo que pasa, cariño, es que mi hijo... que hoy tendría tu misma edad, está en el cielo jugando con tu mami. Y él siempre me decía exactamente lo mismo: que tengo olor a mamá. Por eso me emocioné al recordarlo, pero estoy bien, mi amor. Estoy muy bien. ¿Puedo cambiarlo? —le preguntó Elena con la voz más serena mirando al padre.
El padre, con un nudo en la garganta, solo pudo asentir con la cabeza. Elena tomó la ropa abrigada de la mochila y sentó a Marcos sobre el mostrador, justo al lado del ventanal donde el temporal empezaba a amainar. Con una delicadeza infinita, comenzó a vestirlo realizando cada movimiento con la misma ternura, paciencia y amor con los que solía cambiar a su pequeño Matew todas las tardes.