Capítulo 17: El calor de las palmas y una mesa compartida
Cuando Elena terminó de abotonar la prenda, acomodó el cuello con delicadeza.
—Ya está, cariño. Quedaste muy guapo y calientito —le dijo Elena, dándole una suave palmadita en la mejilla.
Marcos dio un pequeño salto de alegría sobre el mostrador, se dio la vuelta hacia su padre con los ojos brillantes y exclamó emocionado:
—¡Papá! Ella dice que soy guapo. Me parezco a ti, ¿entonces mi papá también es guapo? —preguntó de pronto el niño, mirando fijamente a Elena con total inocencia.
Elena sintió cómo un calor herido le subía por el cuello, pintándole las mejillas de un rojo intenso ante la inesperada ocurrencia del pequeño. Intentó disimular su timidez y, mirando al niño con ternura, le contestó:
—Sí, mi amor. Tu papá igual es guapo, pero tú lo eres mucho más.
Al escucharla, el padre no pudo evitar soltar una carcajada limpia y suave. Ver la interacción tan natural y dulce entre su hijo y esa mujer desconocida le devolvió una tranquilidad que no sentía desde hacía años. Dio un paso al frente y le extendió la mano con sincera gratitud.
—Muchas gracias por todo lo que has hecho —le dijo, sosteniendo su mirada—. Soy Bruno.
—Elena —respondió ella, uniendo su mano a la de él. En el momento en que sus palmas se tocaron, Elena percibió un calor humano tan profundo y reconfortante que la hizo estremecerse sutilmente. Su propio cuerpo, habituado a la frialdad del invierno y al hielo que había congelado su alma, recibió ese contacto como un refugio físico en medio de la tormenta.
La burbuja se rompió cuando Marcos se llevó las manitas a la barriga y miró a los adultos haciendo una mueca graciosa.
—Papá, tengo hambre —dijo el pequeño, estirando las palabras con tono de súplica.
—¿Qué quieres comer, campeón? —le preguntó Bruno, acariciándole el hombro.
—¡Cualquier cosa! —respondió el niño.
Elena sonrió, sintiéndose completamente en su elemento detrás de la barra de su negocio. Miró al niño y luego a Bruno.
—¿Te parecen unos waffles con fruta picada y un chocolate caliente bien espeso? —ofreció Elena.
—¡Siiiiii! —grito Marcos con entusiasmo.
Elena miró a Bruno con complicidad, buscando su aprobación antes de entrar a la cocina.
—Espero que no te moleste que lo consienta un poco —le dijo con amabilidad.
—No, para nada —respondió Bruno, mirándola con una ternura inmensa—. Al contrario, muchas gracias.