La sirenita

La hija del océano

El mar estaba tranquilo aquella noche.
Tan tranquilo que las estrellas parecían haberse derramado sobre la superficie, convirtiendo el océano en un inmenso espejo plateado.
A cientos de metros bajo el agua, sin embargo, otra clase de luz iluminaba las profundidades.
Ariella nadaba entre las rocas.
Su largo cabello cobrizo flotaba detrás de ella como una llama sumergida, y pequeñas estrellas de mar se habían quedado atrapadas entre sus mechones.
—No deberías estar aquí.
Ariella se detuvo.
Miró hacia atrás.
No había nadie.
—¿Quién dijo eso?
El silencio respondió.
La joven sirena frunció el ceño.
Había escuchado aquella voz.
Una voz femenina.
Suave.
Triste.
Y, de alguna manera, familiar.
Ariella continuó nadando.
Aquella zona del océano estaba prohibida. Desde que era niña le habían advertido que jamás debía acercarse a los restos del antiguo naufragio.
Pero nunca le habían explicado por qué.
Y cuanto más le prohibían algo, más necesitaba descubrirlo.
Finalmente llegó.
El barco descansaba sobre el fondo marino, cubierto de algas y coral.
Ariella se acercó lentamente.
—¿Qué escondes? —susurró.
Entró por una abertura del casco.
En el interior había restos de muebles, cofres rotos y objetos que pertenecían a los humanos.
Entonces algo brilló.
Ariella apartó unas algas.
Encontró un pequeño relicario de plata.
Lo tomó.
En cuanto sus dedos tocaron el metal, una corriente helada recorrió todo su cuerpo.
Y escuchó una voz.
—Ariella...
La sirena soltó el relicario.
Sus ojos se abrieron.
—¿Mamá?
No sabía por qué había pronunciado aquella palabra.
Nunca había conocido a su madre.
Según lo que le habían contado, había muerto cuando Ariella era apenas un bebé.
La joven volvió a tomar el relicario.
Esta vez lo abrió.
Dentro había un pequeño retrato.
Una mujer.
Cabello rojo.
Piel pálida.
Ojos verdes.
Ariella dejó de respirar.
Era ella.
No parecida.
No similar.
Era exactamente igual.
—No puede ser...
Detrás de la mujer aparecía algo más.
Una pequeña niña.
Una bebé.
Ariella sintió que las manos le temblaban.
—Soy yo...
Entonces escuchó un ruido.
Se giró.
Una sombra enorme apareció detrás de los restos del barco.
Ariella retrocedió.
—¿Quién está ahí?
La sombra avanzó lentamente.
Era una anciana sirena.
Su cabello era completamente blanco y sus ojos parecían conocer secretos demasiado antiguos.
—Finalmente lo encontraste —dijo.
Ariella apretó el relicario contra su pecho.
—¿Qué es esto?
La anciana suspiró.
—La verdad.
—¿Quién es ella?
—Tu madre.
Ariella sintió que el mundo entero se detenía.
—Me dijeron que murió.
—Eso es lo que querían que creyeras.
—¿Quiénes?
La anciana miró hacia la superficie.
—Los reyes del océano.
Ariella negó con la cabeza.
—No entiendo.
—Hace veintiséis años, una guerra estuvo a punto de destruir nuestros reinos. Tu madre era la heredera del reino de las aguas profundas. Pero se enamoró de un humano.
Ariella sintió un escalofrío.
—¿Un humano?
La anciana asintió.
—Y tú naciste de ese amor.
La joven miró nuevamente el retrato.
De repente, todos los recuerdos de su infancia parecieron cambiar de significado.
Las preguntas que nadie respondía.
Las historias incompletas.
Las miradas que recibía de los ancianos.
Su extraño vínculo con la superficie.
Todo tenía sentido.
—¿Dónde está mi madre?
La anciana bajó la mirada.
—No lo sé.
—¡Dime la verdad!
—Está viva.
Ariella se quedó inmóvil.
—¿Viva?
—Y ha estado buscándote durante años.
Una lágrima escapó de los ojos de la sirena.
—Entonces... ¿por qué nunca vino por mí?
—Porque tu padre hizo un pacto.
—¿Qué pacto?
La anciana se acercó.
—Para salvarte, tu padre aceptó entregarte al océano. Los reyes prometieron protegerte y borrar todo recuerdo de tu verdadera familia.
Ariella sintió que su corazón se rompía.
—Me robaron mi vida.
—Intentaron protegerla.
—¡No tenían derecho!
Su grito hizo vibrar el agua.
Por primera vez, las corrientes comenzaron a moverse violentamente.
La anciana la observó con preocupación.
—Hay algo más que debes saber.
Ariella levantó la mirada.
—¿Qué?
—Tu madre no es la única que te busca.
El agua se oscureció.
Una figura apareció a lo lejos.
Una enorme sombra con ojos dorados.
La anciana retrocedió.
—Él también sabe que estás viva.
—¿Quién?
La respuesta llegó acompañada por un rugido que hizo temblar el océano.
—El rey de las profundidades.
Ariella apretó el relicario.
Por primera vez comprendió que aquel pequeño objeto no era solamente un recuerdo.
Era una advertencia.
Una llave.
Y quizás la única prueba capaz de demostrar quién era realmente.
La joven miró hacia la superficie.
Por primera vez en su vida no sintió miedo.
Sintió determinación.
Su cola golpeó el agua.
—Voy a encontrar a mi madre.
La anciana la miró fijamente.
—Y cuando lo hagas, tendrás que decidir a qué mundo perteneces.
Ariella sonrió débilmente.
—Quizás no tenga que elegir.
Y comenzó a nadar.
Hacia la superficie.
Hacia su madre.
Hacia el mundo humano.
Sin saber que, aquella misma noche, en una playa muy lejana, una mujer de cabello rojo contemplaba el océano mientras sostenía un relicario idéntico al suyo.
La mujer cerró los ojos.
Y susurró:
—Mi pequeña sirenita... después de veintiséis años, finalmente te encontré.




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