La sirenita

Donde termina el mar

Diez años habían pasado desde aquella noche.
El reino submarino ya no era el mismo.
Las antiguas leyes que prohibían a las sirenas acercarse a los humanos habían desaparecido. Los dos mundos, después de décadas de miedo y secretos, habían comenzado a conocerse.
Y en una pequeña casa construida sobre un acantilado, una joven de cabello rojo contemplaba el amanecer.
Ariella había aprendido a vivir entre ambos mundos.
Podía nadar durante horas en el océano y, al mismo tiempo, caminar descalza por la arena.
Había heredado la voz de su madre y la valentía de su padre.
Pero había algo que jamás había olvidado.
Aquella primera noche.
El relicario.
Ariella lo llevaba siempre alrededor del cuello.
—¿Otra vez mirando el mar?
La voz detrás de ella la hizo sonreír.
Se giró.
Su madre estaba en la puerta.
—Es que todavía me parece increíble —respondió Ariella.
—¿Qué cosa?
—Que durante tantos años pensé que no tenía una familia.
Su madre se acercó y la abrazó.
—Y ahora tienes dos.
Ariella cerró los ojos.
Durante mucho tiempo había pensado que encontrar a su madre resolvería todas sus preguntas.
Pero había aprendido que algunas heridas no desaparecen cuando conocemos la verdad.
Simplemente dejan de doler de la misma manera.
—¿Crees que papá habría querido conocerme? —preguntó.
Su madre guardó silencio durante unos segundos.
Después sonrió con lágrimas en los ojos.
—Te habría amado más que a cualquier cosa en este mundo.
Ariella miró el horizonte.
El sol comenzaba a aparecer.
Entonces escuchó una voz.
Una voz familiar.
La misma que había escuchado aquella noche entre los restos del naufragio.
—Ariella.
La joven se volvió hacia el océano.
Las aguas brillaron.
Por un instante, creyó distinguir una figura entre las olas.
Un hombre.
Su padre.
Ariella sonrió.
No sabía si realmente estaba allí o si simplemente era un recuerdo.
Pero no importaba.
Porque finalmente había dejado de preguntarse dónde pertenecía.
Pertenecía a ambos mundos.
Al océano que la había criado.
Y a la tierra que había aprendido a amar.
Ariella tomó el relicario entre sus dedos.
—Adiós, papá.
Una ola llegó hasta sus pies.
Y cuando retrocedió, dejó sobre la arena una pequeña estrella de mar.
Ariella la recogió.
Sonrió.
Y comprendió que algunas historias no terminan cuando encontramos la verdad.
Simplemente comienzan de nuevo.
Porque ella nunca había sido solamente una sirena.
Era la hija de dos mundos.
La hija del océano.




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