La entrevista con Ricardo Fuentes había terminado, pero la tensión en el aire que lo rodeaba seguía siendo palpable. Solís y Guzmán regresaron a Athelburg con la certeza de que estaban en el camino correcto. Fuentes, a pesar de su fachada de anciano respetable, había delatado un pánico latente, una conexión innegable con el oscuro pasado de la beca. Su negación y su evasión eran, para Solís, tan elocuentes como una confesión.
De vuelta en el improvisado centro de mando, Solís y Guzmán se sumergieron de nuevo en los documentos de Elena Rojas. La meticulosidad de la historiadora era ahora una bendición. Con la confirmación implícita de Fuentes, la lista de nombres y las transacciones dudosas adquirieron una nueva y alarmante relevancia. No solo había pruebas de desvío de fondos, sino también de cómo se manipulaban los expedientes de estudiantes meritorios para favorecer a otros con conexiones.
"Los montos son considerables, Detective," comentó Guzmán, señalando una columna de cifras en uno de los folios de Elena. "No era una 'comisión' menor. Eran sumas que habrían cambiado la vida de muchos estudiantes, incluyendo la del Dr. Castro."
Solís asintió, su mirada fija en el nombre del exrector, el Dr. Samuel Thompson, repetido varias veces junto a transferencias. "Necesitamos investigar las propiedades y las finanzas de estos hombres, incluso si ya fallecieron. La Dra. Rojas pudo haber dejado un rastro de cómo esos fondos se usaron o se blanquearon. Y Fuentes es el hilo más importante que tenemos vivo."
Mientras el equipo de Solís intensificaba la búsqueda de pruebas que vincularan a Fuentes y a los otros "cerebros" con el fraude, el rumor del verdadero motivo detrás del asesinato de Elena Rojas comenzó a filtrarse por los pasillos de Athelburg. No era un robo, ni un arrebato de un estudiante. Se hablaba de un crimen relacionado con una investigación sobre la antigua Beca Athelburg, un fraude que involucraba a figuras intocables del pasado de la universidad.
La atmósfera en el campus cambió de la conmoción a una mezcla de incredulidad y miedo. Profesores veteranos, muchos de los cuales habían trabajado bajo el Decano Vargas o el Rector Thompson, comenzaron a sentirse inquietos. Algunos recordaban vagamente los rumores de "irregularidades" en la beca hace décadas, pero nunca imaginaron la magnitud de la corrupción.
El Rector actual de Athelburg, Dr. Patricio Herrera, un hombre joven y ambicioso que había asumido el cargo con la promesa de transparencia, se vio en el ojo del huracán. La policía aún no había hecho una declaración oficial sobre el móvil del crimen, pero la presión de los medios de comunicación y la propia comunidad universitaria era inmensa. Herrera convocó a reuniones urgentes con los decanos y la junta directiva, intentando controlar el daño a la reputación de la institución.
Solís, consciente del creciente pánico en la universidad, sabía que la presión podría hacer que alguien cometiera un error. Las viejas lealtades podrían romperse, o los nervios podrían hacer que alguien intentara borrar más rastros. Decidió que era el momento de una jugada arriesgada.
Con la autorización de la fiscalía, Solís y su equipo se presentaron en la universidad no solo para continuar la investigación, sino para emitir una declaración pública limitada. En una rueda de prensa improvisada en el vestíbulo principal, con las cámaras de televisión parpadeando y los periodistas apiñados, Solís fue conciso y grave.
"La Policía de Investigaciones ha avanzado significativamente en el caso del asesinato de la Dra. Elena Rojas. Confirmamos que la Dra. Rojas estaba investigando graves irregularidades relacionadas con la administración de la Beca Fundacional 'Athelburg Legacy' en un período comprendido entre los años ochenta y noventa," declaró Solís. "Tenemos motivos para creer que esta investigación fue el móvil de su muerte. Hay pruebas sólidas de manipulación de expedientes y desvío de fondos, involucrando a ex altos funcionarios de la universidad. La investigación está en curso y no descartamos más detenciones."
El impacto de sus palabras fue inmediato. El campus, ya tenso, explotó en un frenesí de llamadas telefónicas y especulaciones. La universidad, que se había jactado de su intachable historia, ahora estaba bajo un escrutinio público sin precedentes. La declaración de Solís era una señal clara: la verdad saldría a la luz, sin importar cuán dolorosa fuera para el prestigio de Athelburg. En algún lugar de esa comunidad, la "sombra" que había creído estar a salvo, comenzaba a sentir el temblor de sus cimientos.