La Sombra de Athelburg: El Laberinto de los Fundadores

Capítulo 1: El Ruido en las Profundidades

La Universidad de Athelburg, por primera vez en años, experimentaba una tensa pero innegable calma. El escándalo de la Beca Fundacional y el subsecuente terror del Vigilante, Marco Valenzuela, eran ahora cicatrices recientes, recordatorios dolorosos que forzaron a la institución a mirar hacia dentro. Bajo el liderazgo constante del Rector Patricio Herrera, la universidad había iniciado un ambicioso plan de renovación, buscando no solo modernizar sus instalaciones, sino también una especie de catarsis arquitectónica que reflejara su nueva era de transparencia.

El foco de esta ambición era el Salón de los Antiguos, el ala más venerable de la Biblioteca Central. Sus muros de piedra, erigidos a fines del siglo XIX, albergaban incunables y manuscritos que eran el orgullo de Athelburg, pero también ocultaban un sistema de tuberías obsoleto y cimientos que pedían a gritos una intervención. Los trabajos de modernización habían comenzado hacía semanas, un ballet de ruidos de maquinaria pesada y el murmullo constante de los obreros que reemplazaban el silencio habitual de las salas de lectura.

Era una tarde fresca de mediados de primavera, el aire de Santiago se colaba por las ventanas abiertas de las plantas superiores, cuando el taladro neumático del capataz Roberto Morales golpeó algo inusualmente sólido bajo una losa de piedra que, según los planos originales, no debería haber estado allí.

"¡Quietos!" gritó Morales, un hombre de hombros anchos y mirada perspicaz que había pasado la mitad de su vida en obras. El sonido metálico y hueco no era el de una roca ni el de una tubería. Intrigado, ordenó a su equipo que retiraran la losa con extremo cuidado. Bajo ella, una sección del muro parecía haber sido sellada con un mortero diferente, más reciente de lo que la antigüedad del edificio sugería.

Los obreros, con picos y palas, comenzaron a romper el mortero. A medida que los fragmentos de piedra y cemento cedían, una cavidad oscura y estrecha se reveló. Un olor a tierra húmeda y a algo más, algo viejo y estancado, se liberó en el aire. Morales se acercó con su linterna, el haz de luz temblaba ligeramente en su mano. Lo que vio le heló la sangre.

Allí, encajado en el espacio claustrofóbico, en una postura retorcida y antinatural, había un esqueleto humano. Sus huesos estaban amarillentos por el tiempo, pero la forma en que los brazos estaban doblados y una fractura evidente en el cráneo gritaban una historia de violencia, no de reposo pacífico. Entre las costillas, un broche de solapa desgastado brilló débilmente bajo la luz de la linterna. No era un entierro. Era un escondite.

El grito de uno de los obreros rompió el tenso silencio. El hallazgo macabro se extendió como un reguero de pólvora por la obra, deteniendo el incesante zumbido de la maquinaria. El capataz, con el pulso martilleando en sus sienes, sacó su teléfono con manos temblorosas. Los fantasmas de Athelburg, parecía, no estaban confinados a los fraudes ni a las vendettas recientes; algunos, se negaban a descansar, atrapados en los cimientos mismos de la institución.

Minutos después, la calma superficial de la universidad se hizo pedazos con la llegada de las sirenas. El Rector Herrera, pálido y con una expresión de incredulidad, ya estaba en el lugar cuando los primeros equipos de la Policía de Investigaciones de Chile (PDI) acordonaron el área. La sombra de Athelburg, lejos de disiparse, había revelado una capa mucho más profunda y antigua de oscuridad.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.