La Sombra De M33

La República:

Despertó en una camilla, monitoreado por múltiples máquinas que señalaban sus signos vitales. Se sentía cansado; su mente aún no comprendía lo que había ocurrido y por qué ya no estaba en su oficina. Intentó moverse, pero se sentía pesado y decidió descansar un poco antes de volverlo a intentar, pero en ese instante sintió una luz tenue pero llamativa, similar a una aurora austral, y con esfuerzo volteó su rostro y la vio.

Una criatura alta con piel bioluminiscente, y ella habló con una voz ronca pero tranquila.

—Oh, señor.

Mira sus apuntes rápidamente.

—Señor Edwin Kepler, ese es usted. Soy la señorita Beatrix, la doctora que atiende su caso; veo que aún es incapaz de hablar, así que me quedaré un tiempo con usted.

Uno de sus brazos largos con tres articulaciones se movió rápidamente para alcanzar la linterna médica y el otro brazo acomodó la camilla hidráulica; de su bata salieron dos pares de brazos mucho más pequeños, los cuales agarraron la linterna y la pusieron en los ojos de Edwin. Sus pupilas se dilataron y Beatrix volvió a hablar.

—No hay anomalías. Qué extraño, tus resonancias magnéticas tampoco muestran nada, solo un episodio de estrés corto; solo notamos una subida de cortisol. Intente hablar, señor Edwin.

Tras un corto silencio, Edwin logra hablar de manera normal.

—¿Es usted una antro luminaria? Ya sabe, ¿una estrella viviente?

—En efecto, señor Edwin. Vengo aquí de intercambio de parte de la Academia Astronómica de Luminarias, o la A.A.L., como guste llamarle. Nunca he ido a TRAPPIST-1d; dicen que sus cavernas son preciosas, pero si me permite, desearía irme de aquí e ir a…

La puerta se abre de repente y la señora Nannok entra.

—¿Señorita Beatrix, podría retirarse? Yo me haré cargo desde ahora.

Beatrix asiente y se retira de la sala resaltando su altura de más de 2 metros, y Nannok vuelve a hablar.

Señor Edwin Kepler, tiene el día libre debido a este desmayo.

—¿El día? ¿Cuánto tiempo estuve dormido?

Se despertó unos minutos después de desmayarse y luego se durmió. La neuróloga Beatrix dice que posiblemente fue estrés, nada grave. Ah, y casi lo olvido: durmió durante 8 horas. En este momento son las 7:00 a. m.; váyase a casa.

Sin mediar palabra, Nannok salió de la habitación rápidamente y Edwin encuentra su ropa en una silla cercana a la camilla. Sale de la habitación unos minutos después (las cosas van muy rápido) y él se dirige a su oficina, pero esa voz robótica lo detiene.

—Señor Edwin, le informo que recibí órdenes de no dejarlo entrar hasta mañana a las 7:00 a. m., así que porfa…

Edwin interrumpe rápidamente.

—CERES, por favor déjame entrar. Tengo trabajo que hacer, además necesito saber qué ocurrió ayer; tengo memorias muy vagas sobre eso.

CERES responde con la serenidad habitual.

—Órdenes son órdenes y tenemos que acatarlas. Ve a casa. Guardaré los registros de lo sucedido para que puedas verlo; ahora, por favor, señor Edwin, retírese.

Edwin aprieta sus puños. Esto lo estaba sobrepasando, pero logró calmarse y desistió de intentar entrar a su oficina. Caminó por los pasillos buscando a alguien que pueda entrar a su oficina sin romper las normas y lo encontró: el inspector de temperatura, un gusano de hielo Reptans glacies proveniente de LHS 1140, se acercó a él rápidamente y lo saludó.

—Hola, señor…

El inspector saca unos apéndices similares a tentáculos de lo que parece ser una bolsa parecida a la de un marsupial. Sus apéndices tocan su cara, la cual parece la de un topo nariz estrellada, y llegan a un pequeño sintetizador de voz. Sus ojos negros gigantes se posan en Edwin y una voz sintética, sin emoción, sale.

—Mi nombre es Ascaris, señor Edwin. Llevo trabajando aquí mucho tiempo. ¿Qué necesita de mí?

Edwin, algo apenado por el comentario, habla.

—¿Podría entrar a mi oficina y sacar las grabaciones de lo que pasó ayer?

Ascaris, sin inmutarse, vuelve a hablar.

—Está bien, pero quiero que deje de ser tan antipático con todos. En estos dos años en los que ha trabajado aquí, nunca ha hablado con nadie aparte de la señorita Nannok y CERES.

Edwin abre los ojos con sorpresa. Nadie le había hablado así, y menos con el tono sintético de Ascaris, pero hizo su orgullo a un lado; necesitaba esas grabaciones y asintió a lo que dijo Ascaris.

Ascaris se movió a una velocidad moderada. Sus anillos hacían que su cuerpo segmentado se moviera bastante rápido aun sin tener piernas. Ascaris se acerca a la puerta y CERES lo interrumpe.

—Señor Ascaris, esta oficina está cerrada por el momento debido a que Edwin no está en el lugar.

—CERES, debido a que el señor Edwin no está, tengo que acceder. Le recuerdo que aquí hay cientos de especies con necesidades variadas y un cambio drástico en la temperatura podría provocar una crisis.

CERES, sin mediar palabra, deja acceder a Ascaris y en unos pocos minutos sale con los archivos de las cámaras de seguridad. Edwin, un poco sorprendido por su eficiencia, le agradece.

—Gracias por los archivos, señor Ascaris. Tendré su consejo en cuenta.

Ascaris hace un gesto de despedida y apaga su sintetizador de voz.

Edwin a gran velocidad sale de la A.A.N.T. y se dirige a su hogar, pero se detiene un momento en la plaza llamada La Plaza Por La Libertad, en la cual se conmemora a los héroes y fundadores de la república, y entre esas estatuas ve a Nannok. Se sorprende un poco; no se había puesto a mirar lo que lo rodeaba con detenimiento. Miraba tanto las estrellas que olvidó mirar lo que lo conforma: virus, bacterias, arqueas, hongos, plantas, protistas, animales y seres de otros planetas. No recordaba a qué sabía su comida favorita; solo se había dejado consumir por su trabajo. Ni siquiera sabía la edad de Nannok o hace cuánto fue la guerra por la libertad; solo recordaba el cosmos que lo llamaba y aclamaba su nombre. Tomó una bocanada de aire, sintió el smog y continuó caminando a su hogar.




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