La Sombra De M33

El Tratado del Puerto:

En la Vía Láctea:

Edwin, impactado por los mensajes de la cámara, aún no lograba entenderlo cuando, de repente, se escuchó un estruendo. Se sobresaltó y se levantó asustado; su rostro mostraba el horror de no saber qué le esperaba en el origen del sonido. Caminó por el pasillo, se detuvo unos segundos ante la puerta y giró el pomo. El robot de limpieza se había caído. "Solo un pequeño susto", pensó.

Lo puso de pie, pero entonces notó que no encendía, algo extremadamente raro debido a que estos robots se cargan solos en sus estaciones. En ese instante, comenzó a sentir la misma sensación de ayer: un dolor de cabeza intenso, capaz de tirarlo al suelo. El pequeño robot con forma de araña volvió a moverse mientras Edwin caía de rodillas, con las manos en la cabeza. El sonido de la estática regresó y las luces parpadearon, pero él solo podía concentrarse en su agonía. Entonces, el robot empezó a hablar con una voz chillona y falsa:

—Humano, el tiempo corre y no se detiene.

Se suponía que el robot no podía hablar; no era una IA, solo poseía un algoritmo básico. Sin embargo, ese pensamiento fue interrumpido por un olor a quemado: el robot había fundido todos sus circuitos y, en ese mismo segundo, el dolor cesó.

Edwin se puso de pie, aturdido. Miró sus manos y murmuró para sí mismo: —Esto tiene que ser psicosis, no tiene otra explicación. Si la directora se entera de esto, me despediría; no puedo permitir que lo sepa.

Observó el robot chamuscado y, con voz temblorosa y un falso convencimiento, añadió: —Solo fue un error del robot que se juntó con mi episodio. Iré a dormir y descansaré, como dijo la doctora Beatrix.

Salió de la habitación algo paranoico y caminó lo más rápido posible hacia su dormitorio. Se lanzó a la cama, dio vueltas durante unos minutos y, al fin, logró conciliar el sueño.

El Sueño Está en un lugar que parece ser la playa de la capital. No es un día turístico; hay muy pocas personas. De pronto, un estruendo desgarra el cielo. Las mareas se agitan, indicio de que algo enorme ha alterado el viento. El cielo deja de ser azul para teñirse de un rojo carmesí. Una sombra gigante pasa por encima y, en cuestión de milisegundos, la ciudad empieza a arder. En ciertos puntos, los ataques no incendian, sino que explotan. Columnas de humo negro se alzan tapando la poca luz restante y comienza a caer una lluvia negra. Edwin es incapaz de moverse. No comprende si es un sueño, psicosis o una premonición de la Entidad sobre el Imperio Exterior. Antes de seguir pensando, una nave de la cual solo se distinguen sus luces se posa frente a él y le dispara, haciéndolo despertar.

Edwin despertó asustado, con la respiración agitada y la mirada perdida. Estaba empapado en sudor; el sueño se había sentido demasiado real. Consultó su reloj holográfico: eran las 5:00 a. m. Había dormido más de diez horas y debía prepararse para el trabajo. Salió de la habitación aún perturbado, pasó por el cuarto contiguo y vio al robot chamuscado todavía allí. Suspiró y continuó hacia el baño. Diez minutos después, regresó a su cuarto y se puso una de las quince camisas iguales que tenía, un pantalón cómodo y su bata de laboratorio.

Salió de casa y pasó por la plaza. Se detuvo unos segundos a contemplar el diseño de una estatua con varias personas en el centro y siguió caminando hasta la sede de la A.A.N.T. En la entrada, bajo las magníficas letras de la institución, fue directo a por un café con bastante azúcar. Divisó a lo lejos a un grupo de compañeros y recordó el consejo de Ascaris sobre dejar de ser antipático. Intentó acercarse, pero la vergüenza fue superior y se alejó con su café hacia su oficina. Entonces, una voz robótica y armoniosa lo frenó:

—Buenos días, señor Edwin. ¿Cómo le fue en su día de descanso? —Excelente. Creo que sí necesitaba un descanso enorme —mintió—. Ahora, si me permites, quiero entrar a mi oficina.

CERES le abrió la puerta y añadió: —La señorita Nannok se ocupó de su trabajo restante. Además, me informó de que programó una reunión con usted en una hora; por favor, no llegue tarde.

Edwin, preocupado, preguntó: —¿Por qué quiere verme? Dime, CERES.

Estaba nervioso; no esperaba una reunión tan pronto y mucho menos ver a Nannok tres días seguidos. CERES respondió con su calma habitual: —No tengo conocimiento sobre esa reunión; parece ser un tema sensible.

Aún más inquieto, Edwin caminó de lado a lado preguntándose si habría hecho algo mal. Tras unos segundos, razonó que era imposible y logró calmarse un poco. Cuando faltaban quince minutos para la cita, salió caminando a gran velocidad.

Los pasillos eran casi infinitos, similares a un hormiguero gigante donde los edificios parecían construidos con miles de implementos de vidrio borosilicatado. El aire olía a aldehídos y los laboratorios se alargaban hasta la eternidad. Faltando tres minutos, llegó al despacho.

CERES habló con un tono de felicidad artificial: —Felicidades por llegar temprano. Un sonido de aplausos grabados surgió de las bocinas. Edwin tocó la puerta de manera rítmica y tímida. Una voz calmada, pero interesada, respondió con un encanto hostil:

Pase, astrónomo Edwin Kepler. Tengo un tema muy importante que tratar con usted.

Al entrar, un frío industrial lo golpeó. La temperatura era tan baja que su piel palideció; era un frío que parecía robarle el alma, un golpe gélido que mataría a un anfibio. Edwin aspiró hondo y se sentó. Nannok habló con una pasividad insultante, propia de una jefa con superioridad psicológica:

Buenos días, astrónomo Edwin Kepler.

—Buenos días, señorita Nannok —respondió él con falsa seguridad.

Nannok, con mirada inquisidora, sentenció: —Señor Kepler, le informo de que ha sido seleccionado como vocero ante el grupo alzado en armas de NGC 604. Este proyecto es extremadamente importante y secreto. Hablar de esto le traerá graves problemas legales; ¿entiende, señor Kepler?




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