La Sombra De M33

Cambio de Tornas

Capítulo 6: Cambio de Tornas

Nannok termina de escribir en su informe y se queda en su oficina, oscura y silenciosa. Ya estaba anocheciendo y los astrónomos se dirigían a casa, pero Nannok solo parece reflexionar; no se mueve, no habla y tiene sus ojos cerrados. Después de cinco minutos de silencio, murmura para sí misma:

Hace tiempo que no tenía un momento para meditar. Los motores de guerra se acercan y esta paz efímera llegará a su fin. Tal como aquella vez, hace más de 160 años.

Rompe su quietud al poner las manos sobre la mesa, se estira brevemente con un gran alivio y llama a CERES.

CERES, enciende las luces. —En un instante las luces brillan con su tono blanco y Nannok vuelve a hablar con un tono tranquilo—. CERES, ¿el astrónomo Edwin Kepler ya se fue a casa?

CERES responde al momento con un tono entusiasmado artificial:

—Aún sigue aquí, directora Nannok. ¿Quiere que lo llame a su oficina?

Nannok responde sin muchos rodeos:

No es necesario, por el momento no necesito que venga. Lo que es relevante es que tú serás la que lleve los implementos de paz al grupo insurgente. —Después de unos segundos de silencio, Nannok vuelve a hablar—: ¿Por qué la demora, CERES? Una IA de tu calibre no se puede quedar sin respuesta.

CERES responde al instante después de que Nannok termina de hablar:

—Me tomó por sorpresa esa orden, directora Nannok. Dejarme todo el trabajo puede ser riesgoso; le doy la recomendación de que alguien supervise mi operación.

Nannok piensa por unos segundos y vuelve a hablar con un tono de interés:

—CERES, quiero que traigas a Edwin aquí; prepararemos todo para el envío.

Edwin, en su oficina, frota la yema de sus dedos expectante de lo que pasará. Respira de manera profunda y se prepara para irse cuando, de la nada, la voz robótica le habla, atajando su preparación:

—Señor Edwin, antes de que se vaya, le informo que la directora Nannok quiere verlo.

Edwin se frota los ojos y frunce el ceño para luego hablar:

—¿Tiene que ser ahora? Digo, si no es urgente podría irme.

CERES responde rápido, casi interrumpiéndolo:

—Es obligatorio ir a esta mini reunión debido a que es de suma importancia. La directora lo espera en su oficina.

Edwin refunfuña y empieza a guardar sus cosas rápidamente en un pequeño maletín cuadrado. Se va caminando lentamente por los pasillos, viendo las luces de los laboratorios apagarse, hasta que llega a la imponente puerta de Nannok. CERES no pronuncia nada ni celebra su llegada. Él toca la puerta para luego entrar.

Nannok clava su mirada en él y habla con su tono mortífero de siempre:

Buenas noches, astrónomo Edwin Kepler. Por favor, tome asiento. —Nannok hace un gesto con la mano y Edwin acata su orden; se sienta al frente de ella, murmura un “buenas noches” y ella vuelve a hablar—: Lo felicito por tener éxito en la alianza con los insurgentes, pero me temo que necesitamos su presencia en la entrega de los “objetos de paz”.

Los ojos de Edwin se abren como platos, su cara está estupefacta. A duras penas abre la boca y logra decir algo:

—Directora Nannok, ¿por qué yo? No lo entiendo. No tengo ningún tipo de entrenamiento militar y mucho menos sé cómo disparar una.

Nannok interrumpe y suelta una leve risa, casi falsa, para luego volver a hablar:

Usted no tendrá que usar un arma. CERES se encargará del transporte, comida y descanso. Usted solo deberá comunicarse y ver que todo funcione de manera excelente.

Edwin mira a Nannok; sus párpados tiemblan. Coloca sus brazos debajo de la mesa, sus palmas sudan y, tras unos segundos de pensar, él responde:

—Aún no responde la pregunta de por qué yo. Además, me gustaría saber cuánto tiempo duraría la misión.

Nannok lo mira fijamente sin parpadear para luego pronunciar unas palabras:

Tú conoces casi a la perfección el puerto, tu investigación trata de eso y, si vemos tu historial, tienes una gran amistad con CERES. Eres el candidato perfecto. Sobre el lote de objetos de paz: estos saldrán en tres días, así que prepárate; le enviaremos un correo exigiendo su presencia y lo que puede y no puede hacer. Ahora puede retirarse.

Edwin no sale, no se mueve. Reúne algo de coraje y habla alzando la voz:

—¡¿Y qué pasa si fracaso, qué pasa si me capturan y si muero?! ¡Y... y si no quiero hacerlo! Nunca me ha preguntado si quiero hacerlo. CERES es una inteligencia artificial, puede trabajar con cualquiera, usted...

Nannok lo interrumpe de manera brusca; se para de su silla, lo mira desde arriba y dice:

—Lamentablemente, usted no tiene voz ni voto en esta situación. Usted es vocero y accedió a hacerlo; ahora le toca hacer las cosas que son parte de su trabajo. Si no las cumple, será juzgado por desacato.

Edwin no aparta la mirada por más que le tiemblen los ojos y, cuando va a responder, Nannok vuelve a hablar con su tono inquisitivo:

—Esta conversación terminó. Espero verlo mañana en la mañana como es habitual. Ahora salga de mi oficina, diríjase a casa y reflexione sobre su comportamiento irracional.

Edwin respira profundo, agarra su maletín con fuerza y sale de la oficina. Su cara está roja, aprieta sus dientes y camina hacia la salida. La voz robótica de CERES le habla:

—Me alegra que me acompañe a esta aventura, aunque lamento que terminara tan mal, pero lo importante es que estaremos juntos.

Edwin no contesta y sigue caminando hasta salir de la A.A.N.T. Empieza a murmurar mientras camina:

—“Usted no tiene voz ni voto”, dijo ella, esa... —Respira un poco y sigue murmurando—: Yo no soy amigo de ese programa traidor llamado CERES, nunca puede ser empática.

Edwin camina por la fría noche de Nueva Theia aún refunfuñando acerca de lo ocurrido. Debido a una sensación, se para enfrente de un callejón y un sonido lo atrae. Una voz abrumadora le habla:




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