En una sala oscura, fría y húmeda, Edwin está sentado mirando la enorme ventana unidireccional. El silencio es sórdido, su piel está pálida; se queda quieto en el centro de la sala con las manos bloqueadas por las esposas y su cara aún manchada por el líquido negro. De repente, la puerta se abre y de ahí sale un ser con cuatro piernas cuyas rodillas van hacia adentro. Es alta, con cuatro dedos en cada palma, y habla con una voz gruesa pero audible:
—Buenos días, señor Edwin Kepler. Soy la detective Equitem.
Saca su placa, la cual indica su especie: Equites Rubri, proveniente de GJ 887d. Detrás de ella sale un humano, el cual también se presenta:
—Mi nombre es Marlowe y seremos los detectives que lo interrogarán sobre su crimen.
Los ojos de Edwin se abren aún más; su mirada parece haber perdido el alma. Marlowe se sienta enfrente de él con un archivero en la mano y Equitem empieza el interrogatorio:
—Le recuerdo sus derechos: “Tiene derecho a guardar silencio, cualquier palabra que diga puede y será usada en su contra. Tiene derecho a un abogado; si no tiene para pagarlo, el Estado le asignará uno”. —Equitem termina de recitar los derechos de manera pausada y pregunta—: ¿Le han quedado claros?
Edwin asiente y Marlowe empieza a hablar con una voz grave y supresiva:
—Señor Edwin, ¿sabía usted que el anciano al cual asesinó a golpes era un vagabundo?
Edwin niega con la cabeza y murmura un “no”. Marlowe le contesta pausadamente:
—El anciano se llamaba Andre, tenía 75 años y era minusválido. Seguramente usted pensó que era una presa fácil, alguien reemplazable a quien podía herir sin consecuencias. Por eso se quedó ahí, inmóvil.
Edwin solo aparta la mirada de la conversación; sus ojos están rojos por el ardor y murmura: “Él me atacó”. Marlowe vuelve a hablar:
—¿Él lo atacó? Señor Edwin, usted no tiene ninguna herida física y ese hombre tiene el cráneo destrozado. ¿Es incapaz de ver la realidad? Tres golpes consecutivos en la cabeza con una vara de metal a un hombre que no caminaba... Eso no es defensa propia, es homicidio.
Marlowe saca unas fotos de la escena de su archivero y se las pone encima de la mesa a Edwin. Él voltea rápidamente hacia otro lado; sus ojos se están humedeciendo y Marlowe reacciona:
—¿Eso es defensa propia? No me haga reír, señor Edwin.
Equitem habla justo después de Marlowe, pero esta vez con un tono más tranquilo:
—¿Por qué lo hizo? Usted no tiene ningún antecedente penal. ¿Qué lo hizo llegar a cometer esto? ¿Lo dejó su pareja? ¿Un mal día de trabajo?
Edwin se sobresalta al escuchar lo último y alza un poco la mirada. Marlowe vuelve a hablar:
—Un mal día de trabajo lo llevó a matar a un anciano a sangre fría en lo oscuro de la noche. Qué débil mente tiene, señor Edwin.
Edwin empieza a llorar y su voz comienza a quebrarse. Balbucea un:
—Yo... yo...
En los pasillos de la comisaría se escuchan unos tacones rápidos y fuertes caminando a gran velocidad, dando órdenes a todos en el lugar, hasta que la puerta de la sala de interrogatorio se abre de golpe.
—Este caso queda desestimado. Ahora, retírense del lugar.
Equitem y Marlowe miran hacia atrás con cara de impacto. Marlowe aprieta el puño y se recupera de la sorpresa para luego contestar:
—Es... usted, la señora Nannok. Me temo que no es posible que hayan desestimado este caso; todas las pruebas apuntan a que él mató al anciano.
Nannok, con una voz firme y diplomática, responde:
—Lo catalogaron como defensa propia. El anciano tenía esquizofrenia y era violento. El joven Edwin solo se defendió.
Equitem interviene:
—Con todo respeto, señora Nannok, eso no es relevante. El anciano no había tenido antecedentes legales desde hace cinco años.
Edwin está estupefacto; nunca habría esperado ver a Nannok aquí. En segundos, ella argumenta:
—Claro que es relevante. El anciano vivía en la basura y al parecer lo había afectado una enfermedad rara, además de la esquizofrenia. Según el laboratorio, la Plaga Copionade lo había afectado; ya saben, los Copycat alvum.
Las caras de los presentes se ponen pálidas. Equitem es la primera en romper el silencio:
—¿Cómo es posible que tengamos casos de la Plaga aquí adentro? Se supone que está erradicada en al menos el 60% de la República. —Pone su mano en su cabeza, su cara todavía muestra impacto. Nannok responde:
—Hay pequeños brotes de vez en cuando desde que acabó la guerra por la libertad hace 160 años. Ahora, si me permiten, debo llevarme a Edwin.
Equitem le quita las esposas a Edwin. Él se levanta y va al lado de Nannok de mala gana; aún tiembla, pero lo soporta. Marlowe mira con detenimiento a Edwin y a Nannok; no dice nada, pero su mirada es desconfiada. Nannok empieza a caminar hacia fuera y Edwin la sigue. Sus tacones resuenan en el suelo de manera fuerte y sus ojos no muestran ese frío habitual, sino que están abiertos y miran fijamente la salida.
Al salir, el sol cegó a Edwin por unos milisegundos. Un auto negro deslizante con ventanas polarizadas los esperaba. De ahí sale el chofer, quien le abre la puerta a Nannok y luego a Edwin. Entran y el auto empieza a avanzar. Entonces, Nannok rompe el silencio:
—Mataste a un anciano y dejaste que te atraparan. Sabes lo complicado que fue evitar que la prensa se enterara. Edwin, entiende que este plan es de suma importancia y que, si llega a fallar, vas a pasar el resto de tu patética vida en una celda en la cárcel de Centaurus; no solo por homicidio, sino por traición.
Edwin respira profundo, sus dedos entrelazados con fuerza, y habla en voz baja:
—¿Podría pasarme un pañuelo, por favor, directora Nannok?
Nannok saca un pañuelo de una caja que tenía en la puerta del auto. Él lo recibe, se limpia la cara y el líquido negro desaparece. Sus manos tiemblan; el tacto lo transporta al momento en que golpeó al anciano y su cara se arruga. El auto llega a la casa de Edwin; Nannok le pasa el maletín y le dice:
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Editado: 27.03.2026