La Sombra De M33

Más Allá Del Crimen

En una sala oscura, fría y húmeda, Edwin está sentado mirando la enorme ventana unidireccional. El silencio es sórdido, su piel está pálida; se queda quieto en el centro de la sala con las manos bloqueadas por las esposas y su cara aún manchada por el líquido negro. De repente, la puerta se abre y de ahí sale un ser con cuatro piernas cuyas rodillas van hacia adentro. Es alta, con cuatro dedos en cada palma, y habla con una voz gruesa pero audible:

—Buenos días, señor Edwin Kepler. Soy la detective Equitem.

Saca su placa, la cual indica su especie: Equites Rubri, proveniente de GJ 887d. Detrás de ella sale un humano, el cual también se presenta:

—Mi nombre es Marlowe y seremos los detectives que lo interrogarán sobre su crimen.

Los ojos de Edwin se abren aún más; su mirada parece haber perdido el alma. Marlowe se sienta enfrente de él con un archivero en la mano y Equitem empieza el interrogatorio:

—Le recuerdo sus derechos: “Tiene derecho a guardar silencio, cualquier palabra que diga puede y será usada en su contra. Tiene derecho a un abogado; si no tiene para pagarlo, el Estado le asignará uno”. —Equitem termina de recitar los derechos de manera pausada y pregunta—: ¿Le han quedado claros?

Edwin asiente y Marlowe empieza a hablar con una voz grave y supresiva:

—Señor Edwin, ¿sabía usted que el anciano al cual asesinó a golpes era un vagabundo?

Edwin niega con la cabeza y murmura un “no”. Marlowe le contesta pausadamente:

—El anciano se llamaba Andre, tenía 75 años y era minusválido. Seguramente usted pensó que era una presa fácil, alguien reemplazable a quien podía herir sin consecuencias. Por eso se quedó ahí, inmóvil.

Edwin solo aparta la mirada de la conversación; sus ojos están rojos por el ardor y murmura: “Él me atacó”. Marlowe vuelve a hablar:

—¿Él lo atacó? Señor Edwin, usted no tiene ninguna herida física y ese hombre tiene el cráneo destrozado. ¿Es incapaz de ver la realidad? Tres golpes consecutivos en la cabeza con una vara de metal a un hombre que no caminaba... Eso no es defensa propia, es homicidio.

Marlowe saca unas fotos de la escena de su archivero y se las pone encima de la mesa a Edwin. Él voltea rápidamente hacia otro lado; sus ojos se están humedeciendo y Marlowe reacciona:

—¿Eso es defensa propia? No me haga reír, señor Edwin.

Equitem habla justo después de Marlowe, pero esta vez con un tono más tranquilo:

—¿Por qué lo hizo? Usted no tiene ningún antecedente penal. ¿Qué lo hizo llegar a cometer esto? ¿Lo dejó su pareja? ¿Un mal día de trabajo?

Edwin se sobresalta al escuchar lo último y alza un poco la mirada. Marlowe vuelve a hablar:

—Un mal día de trabajo lo llevó a matar a un anciano a sangre fría en lo oscuro de la noche. Qué débil mente tiene, señor Edwin.

Edwin empieza a llorar y su voz comienza a quebrarse. Balbucea un:

—Yo... yo...

En los pasillos de la comisaría se escuchan unos tacones rápidos y fuertes caminando a gran velocidad, dando órdenes a todos en el lugar, hasta que la puerta de la sala de interrogatorio se abre de golpe.

Este caso queda desestimado. Ahora, retírense del lugar.

Equitem y Marlowe miran hacia atrás con cara de impacto. Marlowe aprieta el puño y se recupera de la sorpresa para luego contestar:

—Es... usted, la señora Nannok. Me temo que no es posible que hayan desestimado este caso; todas las pruebas apuntan a que él mató al anciano.

Nannok, con una voz firme y diplomática, responde:

Lo catalogaron como defensa propia. El anciano tenía esquizofrenia y era violento. El joven Edwin solo se defendió.

Equitem interviene:

—Con todo respeto, señora Nannok, eso no es relevante. El anciano no había tenido antecedentes legales desde hace cinco años.

Edwin está estupefacto; nunca habría esperado ver a Nannok aquí. En segundos, ella argumenta:

Claro que es relevante. El anciano vivía en la basura y al parecer lo había afectado una enfermedad rara, además de la esquizofrenia. Según el laboratorio, la Plaga Copionade lo había afectado; ya saben, los Copycat alvum.

Las caras de los presentes se ponen pálidas. Equitem es la primera en romper el silencio:

—¿Cómo es posible que tengamos casos de la Plaga aquí adentro? Se supone que está erradicada en al menos el 60% de la República. —Pone su mano en su cabeza, su cara todavía muestra impacto. Nannok responde:

Hay pequeños brotes de vez en cuando desde que acabó la guerra por la libertad hace 160 años. Ahora, si me permiten, debo llevarme a Edwin.

Equitem le quita las esposas a Edwin. Él se levanta y va al lado de Nannok de mala gana; aún tiembla, pero lo soporta. Marlowe mira con detenimiento a Edwin y a Nannok; no dice nada, pero su mirada es desconfiada. Nannok empieza a caminar hacia fuera y Edwin la sigue. Sus tacones resuenan en el suelo de manera fuerte y sus ojos no muestran ese frío habitual, sino que están abiertos y miran fijamente la salida.

Al salir, el sol cegó a Edwin por unos milisegundos. Un auto negro deslizante con ventanas polarizadas los esperaba. De ahí sale el chofer, quien le abre la puerta a Nannok y luego a Edwin. Entran y el auto empieza a avanzar. Entonces, Nannok rompe el silencio:

Mataste a un anciano y dejaste que te atraparan. Sabes lo complicado que fue evitar que la prensa se enterara. Edwin, entiende que este plan es de suma importancia y que, si llega a fallar, vas a pasar el resto de tu patética vida en una celda en la cárcel de Centaurus; no solo por homicidio, sino por traición.

Edwin respira profundo, sus dedos entrelazados con fuerza, y habla en voz baja:

—¿Podría pasarme un pañuelo, por favor, directora Nannok?

Nannok saca un pañuelo de una caja que tenía en la puerta del auto. Él lo recibe, se limpia la cara y el líquido negro desaparece. Sus manos tiemblan; el tacto lo transporta al momento en que golpeó al anciano y su cara se arruga. El auto llega a la casa de Edwin; Nannok le pasa el maletín y le dice:




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