La Sombra De M33

Ilusiones De Un Falso Retorno:

Una luz blanca se alza en una pequeña habitación. Un niño pequeño juguetea con un telescopio, apuntando hacia el cielo estrellado; voces de niños se escuchan en el pasillo. Pero el niño no se inmuta; tras unos segundos de observación, anota en su libreta un nombre: “la constelación Cetus”. El infante continúa viendo en ese profundo mar de estrellas, pero es interrumpido por el rechinido de su puerta y una voz serena y cálida, cual sol de verano, le habla:

—Querido Edwin, sabía que lo encontraría aquí. —Una pequeña risita se escucha. Edwin voltea y la ve: una alta mujer con un rostro borroso. Él le dice:

—Buenas noches, hermana Gloria. —La mujer vuelve a soltar una risa leve de diversión y contesta:

—Siempre tan formal, quién diría que apenas cumplirás 9 años. ¿Estás nervioso? —Él responde suspirando un poco:

—Un poco. Quiero… tengo miedo de que mis deseos no se hagan realidad. —Ella se acerca un poco, toca su cabello y le dice de manera suave:

—¿Tienes miedo de que tus sueños no se cumplan? —Él asiente y responde:

—Tal vez me esfuerzo para nada; seguramente fracase antes de siquiera tener algo. —Ella dice en voz baja:

—Mi maestra de filosofía me decía muchas veces: “Porque el mundo es de los ilusionados, hacemos las cosas por un algo que todavía no existe”. —Los ojos de Edwin se abren un poco y ella vuelve a hablar:

—Dime, Edwin, ¿cuáles son tus ilusiones? —Él murmuró levemente:

—¿Mis ilusiones? —En ese instante abre los ojos. La nave sigue moviéndose por el vasto espacio. Edwin se levanta del sofá en el que estaba acostado, estira sus brazos hacia arriba y luego mira hacia la ventana, la cual da al espacio, y murmura:

—Ya estamos en Marte, eso fue rápido; y por lo que veo, en unos minutos llegaremos a la A.A.N.T. —Se acerca a un panel donde indica las comidas disponibles; lee un poco: “Disponibles: Avena 78% natural”. Él presiona la pantalla y, en ese instante, un paquete de plástico, aluminio y una pajilla caen al suelo. En su mente resuenan esas palabras: “¿Cuáles son tus ilusiones?”, pero son interrumpidas por otro pensamiento: “No tengo tiempo para esto”. Agarra la comida, clava la pajilla metálica en el lugar indicado y succiona. Tras unos segundos de comer, las ventanas proyectan como una pantalla la instrucción de abrocharse los cinturones para el aterrizaje en la tierra.

Él acata la orden y se abrocha el cinturón. En ese momento, por las ventanas se ve Nueva Theia; un río enorme parece haber consumido lo que antes era una gran selva. El agua había consumido lo que alguna vez fue una maravilla de la ingeniería: un canal. La nave baja y Edwin piensa: “Parece que ya entramos a la ciudad New Amsterdam”. La llegada a la zona de aterrizaje no se hace esperar; una mujer lo espera en el suelo: Nannok. Tras unos segundos de aterrizaje, la puerta se abre; Edwin cierra sus ojos y respira profundamente para luego salir de la nave.

La mirada de Nannok, aunque impasible, demostraba algo más; sus ojos brillaban más de lo normal y esta habla:

—Buenos días, señor Edwin Kepler. —Ella sonríe levemente y Edwin contesta:

—Buenos días, directora Nannok. —Sus ojos no se posan en la mirada de Nannok y ella contesta con su audacia habitual:

—Me enteré que su viaje fue un éxito, debo felicitarlo por su increíble trabajo; así que acompáñeme a mi oficina. Tengo unas noticias privadas que darle. —Edwin asiente y ella empieza a caminar. El sonido de sus tacones es rítmico y elegante; Edwin la sigue con su mirada en el suelo. El frío de laboratorio golpea su cuerpo, pero no dura mucho; en unos cuantos minutos llegan a la oficina. Nannok abre la puerta de la oficina, se sienta en su escritorio y le dice:

—Siéntese, señor Edwin Kepler. —Él jala levemente la silla y se sienta frente a ella. En ese instante, ella habla:

—Gracias a su ayuda logré adelantar los permisos para que más personas entreguen más “objetos de paz” al resto de los rebeldes del imperio de Taghut. —Edwin abre un poco la boca y balbucea:

—¿Más armas? —Nannok posa su mirada penetrante en la mirada de Edwin y contesta:

—Corrección: son objetos de paz, y debe decirles de esa manera. Además, ¿considera que una sola operación militar convencerá a Taghut? —Él alza su mirada y pronuncia:

—Yo… —Nannok interrumpe y responde:

—Es una pregunta retórica, la respuesta es que eso no es suficiente; una operación de este tamaño necesita miles de personas para funcionar… no miles, millones de personas… —La mirada de Nannok se posa en la foto que tiene en su escritorio; su mirada se agacha y suspira. Edwin abre los ojos: nunca había visto a Nannok con una mirada triste. En ese instante, ella habla:

—Las memorias son caprichosas, ¿no es así, señor Edwin Kepler? —Él se pone pálido y responde suavemente:

—Supongo que sí; llegan en los peores momentos y cuando menos lo esperas. —Ella suspira nuevamente y dice de manera tranquila:

—En los inicios de la guerra, hace 200 años, se decía que todo se calmaría rápido. Los aliados de Andrómeda eran mediadores en el conflicto, el presidente de la Tierra estuvo neutral en los principios del conflicto, M33 ni siquiera había escogido un bando político. Pero todo cambió en menos de 10 horas: el regicidio de un grupo de senadores de Andrómeda, y todo eso ocurría mientras yo dormía. Ahora se siente raro ser la que orquesta esta gran operación. Suficiente de hablar de memorias, los sueños son los que dan razón a esto. —Guarda la foto en un cajón y le dice—: Es muy bueno escuchando, astrónomo Edwin Kepler. —Él sonríe levemente y murmura un “gracias”. Toma aire y pregunta:

—¿Cómo sobrevivió a eso? —Ella arquea levemente la ceja y responde con algo de emoción:

—Tras la destrucción de mi planeta natal yo me aferré a mis ilusiones. Me aferré tanto a ellas que no me importó dirigir un ejército… Pero no le debo todo a mis ilusiones: personas maravillosas fueron mi Coloso de Rodas. Permítame darle un consejo, señor Edwin Kepler: aférrese a sus ilusiones, pero aférrese más a las que coincidan con sus quereres. —Él la mira con asombro, sus ojos se iluminan y dice:




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