En uno de los salones sagrados, la luz del sol se filtraba a través de los ventanales altos, bañando de oro el suelo de piedra pulida. Alekssia avanzaba con pasos medidos; su vestido, de un rojo profundo y ceñido a la cintura, estaba bordado con hilos de oro y perlas diminutas que parecían absorber la claridad para devolverla en destellos vivos. Tras ella marchaban sus damas, custodiando el incienso, el agua y las lámparas de aceite como quien porta tesoros.
El aire estaba impregnado de una fragancia densa: abenuz, resina y pétalos de flor de fuego. Dicen que ese aroma es el aliento de los antiguos, y que cada partícula suspendida en el aire guarda un vestigio de aquellos que protegieron el reino desde que el tiempo tiene memoria.
Al cruzar el umbral del Thalaren Veloth, el gran salón ritual de Halvarhar, la inmensidad del recinto la recibió como un templo consagrado al equilibrio. Las columnas de mármol oscuro ascendían hacia una bóveda donde las runas doradas trazaban constelaciones ya olvidadas por los hombres. Entonces, los cánticos se elevaron; voces que se entrelazaban en una melodía hipnótica, un eco que hacía vibrar las piedras mismas como si estas guardaran una respuesta largamente esperada.
Descalza, Alekssia recorrió los círculos grabados en el suelo, allí donde las runas de luz y sombra dictan el destino de los que fueron y de los que vendrán. Con cada giro alrededor del fuego central, ofrecía gomorresina fragante. Sentía cómo algo en su interior se afirmaba: el peso de una promesa que ya empezaba a arder en su sangre.
Desde el estrado, su padre, el rey Kaethric, observaba rodeado de sabios vestidos de un blanco nupcial. A su derecha, Saira, su fiel nodriza, contenía un orgullo silencioso en el rostro. Alekssia inclinó la cabeza ante el altar y dejó que su respiración se fundiera con la cadencia de los himnos. Pensó en su madre, la reina Nerya, y en el deber que ahora reclamaba su vida: purificar el linaje antes de entregarse al compromiso con el príncipe Erynd. Él era el equilibrio y la armonía; un alma fraternal cuya unión sellaría la alianza para restaurar la antigua soberanía de los dos reinos.
Cuando los cánticos cesaron, una brisa ligera recorrió el salón, agitando apenas los bordados de su vestido. Las sombras danzaban entre las columnas y el fuego titilaba con una vida propia y hambrienta. Alekssia elevó la mirada hacia la luz y, con voz serena, pronunció el antiguo voto:
—F’had’or var’nath. (El guardián protege la llama).
El sabio líder se acercó y, con una varilla de plata, entintó sobre su piel las runas de Varngadar, justo en la base del cuello, donde late el pulso y la vida se encuentra con el espíritu. Era un grabado de fuego y cielo.
En el alféizar, un pequeño pájaro gris permanecía inmóvil, observando. Alekssia saludó a los cuatro puntos cardinales y al muro de los antiguos reyes. Por un instante, el nombre de su madre pareció brillar bajo la piedra. Al girar, el fuego central vaciló, como si una sombra invisible lo hubiera rozado, pero con un gesto del sabio, la llama revivió en todo su esplendor.
Una calma teñida de melancolía cruzó el semblante de la princesa. Mientras se retiraba seguida por sus damas, el pájaro levantó el vuelo y atravesó el vitral sin ruido, fundiéndose con la luz del invierno. El rey Kaethric la recibió entre aplausos y alabanzas, pero ella, tras abrazar a su padre con ternura, no permitió que nadie más profanara su silencio y cercanía con su padre. En su pecho vibraba el juramento; algo más antiguo que el reino mismo había despertado.
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Desde las montañas que rodean el valle helado, Halvarhar se alza como una sombra cincelada en piedra. Las leyendas cuentan que es una fortificación viva, hecha para resistir era tras era. Nunca he podido ver más allá de los muros sin compañía. El basalto negro de los pisos y las columnas sostienen este antiguo castillo cuyos cimientos parecen nacer del mismo corazón de la tierra. Las torres son tan altas que casi tocan el cielo; cuando me acerco a ellas, tengo la impresión de que respiran.
Los patios son vastos, adornados con flores de agua y estanques que reflejan la luz como espejos antiguos. Las losas, cubiertas de runas, a veces parecen encenderse bajo el sol del invierno, como si la piedra recordara una promesa. Cada estructura responde a un diseño que armoniza con las líneas de la tierra y los senderos del firmamento. Dicen que las torres se alinean con las constelaciones del norte y que las antorchas en la bóveda nocturna velan el lugar con su magia silenciosa.
El aire siempre parece frío, como si el mismo corazón de la tierra exhalara su aliento bajo estas piedras. Bajo el castillo corre un río subterráneo cuya corriente es tan helada que ningún hombre ha podido ver su fondo. Desde aquí solo alcanzo a ver el brillo oscuro del basalto, pero me gusta la vista desde esta torre: puedo distinguir los espesos bosques y, más allá, las montañas que se alzan como gigantes.
Hoy el castillo entero se prepara. La fiesta de purificación antecede la llegada de mi prometido, el príncipe Erynd del Reino del Alba. He aceptado mi deber sagrado: convertirme en reina. Erynd ha sido mi amigo desde la infancia, un alma dulce y honorable. Sus ojos son el amanecer y el ocaso, dorados como el aenhum que besa el sol al final del verano; su cabello tiene ese mismo fulgor.
Su reino es aún más enigmático que Halvarhar. Cuando éramos niños, solíamos perdernos entre los laberintos de sus jardines, tan vastos que una vez hallamos un vergel celestial que no pertenecía a ninguno de los dos palacios, ni a los umbrales de los bosques cercanos.
Saira, mi nodriza, suele decir que hubo un tiempo en que ambos reinos eran uno solo, y que los reyes de entonces caminaban guiados por seres que no pertenecían a esta tierra. Me gusta pensar que, de algún modo, el destino me ha sido entregado para restaurar aquella unión perdida; que pronto, tras generaciones de distancia, una nueva Soberana volverá a unir lo que fue dividido.
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Editado: 05.05.2026