Había pasado el resto de la jornada consagrada al saber de sabios y escribas; me instruían en la lengua sagrada, las edades antiguas y toda la sabiduría reservada para quien está destinado a ocupar el trono y velar por el orden y la paz.
Desde una de las torres contemplaba cómo caía el velo de la noche con su hermosa oscuridad, permitiendo que el firmamento se anunciara con sus incontables destellos, los cuales parecían latir o respirar con viveza.
Estaba exhausta, de verdad; sentía mis pensamientos y mi cuerpo como si un corcel de guerra me hubiese arrastrado desde las puertas del castillo hasta el salón principal.
Bostecé una y otra vez, sin prestar atención a lo que decían. Al advertir mi cansancio, viendo que me reclinaba desganada sobre el asiento y que mis respuestas carecían ya de aliento, me concedieron al fin la ansiada venia para retirarme.
Mi padre había retornado de la cacería; en tales ocasiones, yo solía escabullirme antes de tiempo para evitar los relatos de hazañas y sangre. Me refugié en mis aposentos, huyendo también de las damas de la corte y de cualquiera que pretendiera conducirme a cenar con él. Apenas probé unos cuantos frutos secos, y persuadí a la servidumbre de que debía entallarme a la perfección el vestido para la mañana siguiente, cuando se presentara mi prometido para celebrar y consolidar nuestro compromiso.
Bostezando aguardé a que Saria llegara, la espera se prolongó mucho más de lo acostumbrado. Ella siempre me arropaba, desataba las lazadas de mi vestido y dejaba las velas encendidas para que el sueño me hallara en calma. Veía los cirios consumirse, pero Saria no apareció; ni ella, ni ninguna de mis otras damas. Despojarme de la pedrería, las joyas y la pesada tela por mí misma requirió de esfuerzo considerable. Al fin, en camisón, me entregué a la suavidad de mi lecho; el cansancio era tal que no me importó sumirme en el alivio del reposo, sin buscar encender más velas.
Una noche más, en calma y apacible. Al cerrar los ojos, me entregué por completo al cansancio y al sueño. No sabría decir cuánto dormí, hasta que un estruendo me arrancó de golpe del descanso, haciendo vibrar el suelo bajo mi lecho.
Abrí los ojos sobresaltada, con el corazón golpeando mis costillas. Me incorporé sobre el colchón y me aparté el cabello del rostro. Al alzar la vista, me percaté de que la puerta de mi alcoba estaba entreabierta. Se percibía un aire extraño, cargado de un mal presagio y de un peligro ineludible.
—¿Saria?… ¿Estás aquí? —susurré, intentando hallarla en la escasa claridad de la habitación.
Nada se movió, nada respondió. Solo la oscuridad reclamaba mi estancia; sin embargo, percibí con más intensidad la amenaza, un acecho invisible que se cernía sobre mí.
Tragué saliva y me moví despacio, sin apartar la mirada del umbral, con la intención de alcanzar una vela. La pálida luz de la luna, al filtrarse por los ventanales, apenas delineaba los muebles y las columnas. Entonces me paralicé. Lo vi: una forma densa, silenciosa, que no pertenecía a la penumbra propia de la habitación. No era un reflejo ni una sombra proyectada por la luz, sino algo con peso, de una presencia abrumadora e imposible de ignorar.
Mi piel se erizó y el aire se volvió espeso, como si la oscuridad misma tendiera un manto sobre mí. La puerta se cerró de golpe, con un estallido seco que resonó en mi cuerpo. Un nudo me apretó la garganta al instante; el corazón martilleaba en mi pecho y las manos me temblaban. Intenté respirar hondo una y otra vez, pero entonces vi moverse aquello: se acercaba, lento y seguro, como si me hubiera observado desde siempre.
Quise correr, clamar por ayuda, mas mis piernas no me obedecían. Cuando por fin mi cuerpo respondió, algo descendió sobre mí con fuerza brutal, oprimiendo mis hombros. Grité, y ese clamor fue lo último que pude articular antes de que una mano enguantada sellara mi boca.
El frío del cuero que lo recubría me heló la piel. Era un frío que bordeaba más allá de la vida, como si todo calor se retirara de allí donde él me tocaba. El aroma no era de hombre ni de metal; era el aliento del bosque en invierno, el de las criptas húmedas y los senderos donde nunca alcanza la luna. Intenté zafarme de sus manos firmes y gélidas, de su impulso poderoso que parecía no pertenecer al calor de los vivos, sino al hielo hundido y perdido en las grietas del tiempo.
Las lágrimas se deslizaron sin permiso mientras lo contemplaba horrorizada. Solo alcancé a distinguir su silueta: alta, armada, con un capuz que devoraba la luz. Y en medio de esa sombra, dos ojos encendidos, fijos en los míos. Eran brasas vivas del mismo color de las estrellas en el vacío del cielo nocturno.
¿Cómo había podido irrumpir así?
El castillo permanecía custodiado; las habitaciones imperiales contaban siempre con una doble guardia, principalmente la mía. Un nuevo estruendo sacudió los cimientos. La tierra tembló, los muros gimieron y el lecho entero se estremeció una vez más. Giré la vista hacia la puerta. El ruido inconfundible del caos me envolvió: el chocar del metal y el rugido del fuego, como si toda la fortaleza exhalara su propio dolor, me hicieron comprender que me hallaba en verdadero peligro. Por un instante, quise convencerme de que era víctima de una pesadilla y de que pronto habría de despertar.
Volví la mirada hacia quien me impedía escapar. Su rostro permanecía oculto. Su armadura era oscura, extraña; parecía un hombre hecho de más silencio que de voz, de más sombra que carne. Entre el estrépito de la guerra, escuché pasos apresurados acercarse a mi puerta. Mi corazón se alzó con esperanza, suplicando que los guardias irrumpieran. Mas antes de que pudiera hacer nada, él me arrastró con una fuerza imposible, envolviéndome con las mantas que solían abrigarme. Me levantó como si mi cuerpo no pesara nada y, en un parpadeo, me hallé suspendida sobre su hombro.
—¡Abra, princesa! ¡El rey demanda su presencia! —clamó una voz desde el exterior.
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Editado: 15.09.2026