El caballo avanzó sin descanso. La senda se retorcía entre los macizos montañosos, ascendiendo y descendiendo como si pretendiera extraviarnos en su laberinto. Cruzamos puentes de piedra erosionada por los inviernos, y el camino, por instantes angosto, volvía a ensancharse al internarse en forestas cuya espesura extinguía la luz del día.
Iba sentada delante de él, exhausta, con el cuerpo rendido por el vaivén del camino. Me aferraba al silencio, procurando no pensar en la cercanía de su cuerpo. En todo ese tiempo no percibí su aliento sobre mi espalda, ni sentí en él la menor tibieza, como si su cuerpo y su piel no perteneciera al mundo de los vivos, a diferencia del caballo que nos guiaba. Por ello mi atención regresaba, una y otra vez, al sendero y al paisaje.
Su presencia se volvía más inquietante a cada tramo: más difícil de comprender, más ardua de soportar sin que mi razón se quebrara. Más de una vez pensé en saltar del corcel y andar por mi cuenta, quizá huir.
«¿Y si te alejas, adónde irás? Todavía queda una pequeña posibilidad, una que podría revelarte si dijo o no la verdad».
El cansancio, junto con la duda, me invadía por completo. Entre mis temores se alzaban las mismas preguntas: ¿Podría reencontrarme con mi padre? ¿Regresaría algún día al seno de Halvarhar? ¿Volvería a ver a Saria? Ella me amaba como a una hija; y yo… yo solía ser desconsiderada, altiva, incluso exigente. ¡Cuánto anhelaba mi corazón volver a ver sus ojos amorosos, sentir sus manos dulces al arroparme! La extrañaba con todo mi ser, no obstante, apenas había transcurrido un solo día desde que fui arrancada de sus cuidados.
Mis ojos se nublaron de tristeza, y en medio de tal tribulación alcé la vista. A la distancia, por fin, divisamos un pequeño poblado. Solté un suspiro aliviado, con la esperanza ingenua de reencontrarlos allí. El caballo aceleró el trote y pronto nos adentramos en la villa. Fue reconfortante ver otras gentes: algunos nos miraban con curiosidad, otros con franca extrañeza. El corcel no se detuvo, mantuvo siempre el paso ligero Atravesamos todo el asentamiento hasta desembocar en un camino de tierra. Y cuando estaba convencida de que dejaríamos todo rastro de hombres atrás, aparecieron ante nosotros varias viviendas, mas él continuó la marcha hasta alcanzar la última: aquella que se asentaba en una colina baja.
El caballo detuvo por completo su marcha bajo dos árboles de ramas robustas y fronda generosa; un cercado nacía a partir de allí, dejando ver pequeñas flores y una pradera. Jon descendió de un salto y oteó el horizonte, asegurándose de que nadie siguiera nuestro rastro. Solo entonces se despojó de la capa y desbrochó el tabardo sombrío. Quedó revestido con un jubón claro carente de mangas; luego se echó la capa nuevamente sobre los hombros, anudando las cintas en su garganta con presteza. No alcancé a vislumbrar más que sus brazos, firmes y vigorosos en lugar de aquella indumentaria oscura.
Acomodó su vestimenta sobre el lomo del bruto, convirtiéndola en un pequeño fardo. Acto seguido, me dirigió la mirada: serena, sí... no obstante, tan directa que me obligó casi a contener la respiración.
―A partir de ahora toma principal validez lo que le pedí al comenzar el viaje: no puede nadie saber que es una princesa, y menos aún del legado de Halvarhar. Nos quedaremos algunos días por estos lugares. Y este será nuestro alojamiento, si nos permiten quedarnos.
Fruncí el ceño, y me perdí en sus ojos inevitablemente. Él, en cambio, al notar que me quedaba tan fija en su mirada, se giró con total desinterés. Lo vi avanzar con zancadas largas hasta el umbral de la casa. Golpeó un par de veces la madera. No transcurrió mucho antes de que atendiera una doncella. Quizás un tanto más alta que yo, de cabellera encendida como el fuego en la noche: luenga, recogida en una coleta media; los rizos gráciles le caían más allá de la cintura. Al reparar en Jon, sonrió con júbilo y se arrojó a sus brazos. Un gozo inusual parecía desbordarla: se aferraba a él con ímpetu y fascinación.
Él se mostró dichoso, suavizando la mirada; incluso casi se esbozó un gesto alegre en sus ojos. Sin embargo, aunque había dicha en su expresión, la contuvo con mayor templanza que ella: no reaccionó de manera tan efusiva. Verla tan exultante, colgándose de su cuello y rodeando su cintura con tal ferocidad, me hizo contraer el gesto sin poder evitarlo. Después de todas sus muestras de afecto tan desbordadas, ella lo tomó de la mano y tiró de él hacia adentro de la casa. Él, sin embargo, apenas dio un paso antes de negarse. Conversaron un instante, y luego ella retornó en soledad al interior.
Solo entonces Jon alzó la mirada hacia mí, recuperando su expresión gélida y distante al observarme. Desvié la vista de inmediato cuando notó mi escrutinio, jugueteando con las crines del corcel y luego con las riendas, simulando que su presencia me resultaba indiferente. Volví a fijar mi atención en él cuando escuché que hablaba con alguien más. Esta vez, ante él estaba una mujer mayor, con cabellos como la nieve, recogidos en un peinado alto que sostenía toda su cabellera plateada. Ella también se mostró muy contenta al tomarlo de las manos, mientras Jon inclinaba la cabeza y se mostraba dócil, con un gesto casi infantil al contemplarla. Habló un poco con ella, y luego sus ojos se desviaron hacia mí.
Su mirada, serena y dulce, reflejó agrado. En cambio, yo la observaba con el semblante imperturbable, quizá con los ojos demasiado abiertos, intentando desentrañar qué sucedía. Ella volvió a mirar a Jon tras dedicarme una sonrisa afable. Conversaron largo tiempo, mientras yo lidiaba con el cansancio y mi cadera entumecida. Al alzar la vista, vi a la misma mujer mayor frente a mí. Jon la escoltaba.
― ¿Tú eres Serene?
La miré confundida. Mi vista se desvió hacia Jon: él, tras ella, me veía con gesto serio, levantando una ceja y asintiendo sutilmente, indicándome que debía aceptar aquel nombre.
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Editado: 23.04.2026