La sombra del Guardián, Vigía Eterno

¿Con su familia?

Transcurrió un prolongado lapso en el que me fue imposible contener la marejada de mis pensamientos. Me sumí en aquellas palabras suyas que daban razón de su misión y, al hacerlo, volví a sentir su presencia tras mi espalda, como si allí permaneciera aún, en una cercanía perturbadora. Su influjo parecía prolongarse incluso en los dominios de la memoria. De pronto, aquel comentario suyo —en el que aseguraba que yo jamás prestaba atención a la servidumbre— resonó en mi interior como un eco persistente e incómodo.

Extenuada, busqué descanso de costado. Al hallar por fin una postura propicia, me deslicé sin advertirlo entre el sueño y la vigilia.

Me vi corriendo con júbilo por los patios del castillo, mis pasos ligeros sobre la piedra conocida. Me dirigía al estanque, aquel que siempre fuera mi refugio, mas al rodearlo lo vi allí. Jon me aguardaba. Me miraba con una expresión distinta: abierta, casi luminosa. Había alegría en su semblante, y sus labios dibujaban la misma sonrisa que antes le viera dedicar a Yastrin. Incluso parecía complacido de verme llegar, como si mi presencia fuera esperada… deseada. Por un instante desconcertante, él ocupó el lugar que durante tanto tiempo perteneciera a Erynd.

Cuando estuve frente a él y me dispuse a dirigirle la palabra, desperté.

Me restregué los ojos. Me sentía más reconfortada, pero también profundamente confundida. El sueño había sido demasiado vívido, demasiado real. Me incorporé, y entonces un aroma delicioso llegó hasta mí: viandas recién preparadas. Giré el rostro y advertí, sobre la pequeña mesa, un plato dispuesto junto a una jarra de esmalte opaco y una taza de madera, gastada por el uso. Suspiré al percibir el perfume de las especias y del té caliente. Jamás había sentido una gratitud tan profunda por algo tan simple como el efluvio de un guiso.

Me acerqué sin poder contenerme. Comí con auténtico placer y, al terminar, bebí de la jarra el té, ya tibio. El alivio fue inmediato. Sonreí sin darme cuenta; me sentía satisfecha y renovada. Con una calma nueva, me calcé los zapatos y me dispuse a salir.

Abrí la puerta y me encontré con un pasillo angosto, el cual recorrí hasta volver a dar con la cocina. Había una mesa y varias sillas; sobre una de ellas descansaba el gabán que había visto a Jon usar. Me acerqué, aunque, antes de rozarlo, avizoré a todos lados para cerciorarme de que nadie me viera hacerlo. No estaba tibio. Para mí, aquello fue señal de que llevaba ya bastante rato allí. Preferí apartar la mano y, al girarme, noté otro ingreso. Al cruzarlo, advertí que el cielo comenzaba a cubrirse de tonos ámbar y bermellón.

Me asomé. Al fondo de la propiedad se extendía un patio enorme. Mis ojos, sin embargo, se fijaron en un cercado circular que parecía un corral, destinado quizá a un animal de gran alzada. Más allá, distinguí una construcción rústica y, delimitándolo todo, un seto de maderos de poca altura que marcaba el límite con el bosque.

Avancé por el pasillo de madera, elevado sobre el suelo, y descendí un par de escalones hasta aproximarme al corral. Entonces, desde un ángulo que no había logrado ver antes, apareció un caballo azabache que bebía agua. Me acerqué un poco más y lo observé con detenimiento. Un estremecimiento recorrió mi piel cuando una ventisca suave agitó mi cabellera. El corcel comenzó a trotar con calma y, de pronto, emprendió una breve carrera en mi dirección. En lugar de huir, me quedé petrificada, con los ojos muy abiertos. Se detuvo justo frente a mí.

Sus ojos parecían escrutarme con una familiaridad inquietante y, de manera inesperada, inclinó la cabeza. Era un potro enorme, casi el doble de mi altura. No obstante, más allá de su tamaño imponente, no percibí en él intención alguna de dañarme. Con cautela, alcé una mano y acaricié su crin oscura: ondulada, espesa, sedosa. Sonreí aliviada cuando alzó la testa hacia mí, aceptando mis caricias. Respondió con un relincho suave, moviendo la cabeza con delicadeza.

—Es una suerte que tú no seas rudo y desagradable como tu dueño —murmuré con firmeza.

—No debería estar aquí sin la capa cubriéndola —susurró una voz varonil a mi espalda, haciéndome estremecer—. Hace frío.

Me giré al escuchar aquella voz profunda. Mis ojos se encontraron con la mirada azulada de Jon, fija en mí, directa. No pude rehuir la belleza que afloraba en cada rasgo de su rostro impecable, aun cuando reconocí también el respeto distante y la seriedad absoluta en su gesto. Salí de mi contemplación tras tragarme un suspiro.

—Salí y… la olvidé dentro. Por eso… no la traigo —contesté, sin poder evitar algunos tartamudeos incómodos. Pesaba sobre mí una complacencia involuntaria al tenerlo de nuevo tan cerca.

—Cuando está por amanecer, siempre me ha parecido que el frío es más intenso…

Fruncí el ceño y lo miré con incredulidad.

—¿Cómo dice? ¿Está amaneciendo? —pregunté, alzando la vista hacia el cielo. Los rayos ahora parecían más tibios y dorados, con un haz de luces en tonos rosa y ámbar.

—Es la aurora de un nuevo día, para ser preciso —respondió él, mirando también hacia lo alto.

Mi atención volvió a él de manera inevitable. Al verlo contemplar la hermosura del cielo que anunciaba el alba, me ensimismé. ¿Acaso había dormido tanto como para confundir el ocaso con la alborada? Pero aquello era lo de menos. Por un instante me pareció que no solo el amanecer era glorioso: lo era él, allí, con los ojos reflejando la luz del sol naciente. Cuando quise preguntarle dónde había pernoctado, tuve que apretar los labios. De soslayo, percibí la figura de alguien aproximarse.

—La tierra y la vida son bendecidas por un nuevo día —saludó una voz femenina con alegría.

—Lo son, señorita Yastrin. Muy buena mañana para usted —respondió Jon.

Me resultó profundamente incómoda su intromisión, y más aún el tono de afecto desmedido que le dirigía.

—Muy buenos días para usted también. Está despierto desde muy temprano, supongo que ha de estar hambriento. ¿Desea comer ahora?




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