Respiraba con dificultad, observando la enorme figura de Jon, que ahora casi alcanzaba el seto de maderos que delimitaba la propiedad, tras el corral donde había visto su caballo al empezar la mañana.
—Serene…
Me volví hacia la voz femenina con gesto serio.
—Jon dijo que estabas dispuesta a colaborar con nosotros… Y ya que ahora te encuentras aquí…
—Si algo deseas, dílo de una vez —respondí, mirándola fijamente.
Me sostuvo la mirada con profunda seriedad antes de proseguir:
—Tenemos varias tareas durante el día, y una de ellas es alimentar a los animales. Pero no te preocupes, lo haré yo. Aun así, podrías ayudar recolectando algunos huevos.
Fruncí el entrecejo, indignada.
—¿Cómo…?
Ella me observó primero con desconcierto y luego con abierto disgusto.
—Para ser la única hermana de Jon, no te pareces en nada. Indiscutiblemente opuesta a él…
Resoplé y apreté la mandíbula.
—¿Qué es lo que realmente quieres? —cuestioné, sosteniéndole la mirada.
—Ya te lo dije: recolectarás los huevos. No es complicado, solo debes ponerlos en este cesto. Aunque me doy cuenta de que no sabes hacerlo. ¿Nunca lo habías hecho?
Su mirada desnudaba una desconfianza profunda. No supe qué responder, ni cómo actuar. Extendió el cesto para que lo tomara, pero desvié la vista, negándome. En lugar de increparme, sonrió con una mueca mordaz, satisfecha, como si hubiese descubierto una verdad oculta, y dejó el cesto a mis pies antes de darse la vuelta.
Alcé la mirada con disgusto y crucé los brazos, bufando. Ella ya no estaba cerca, pero mis ojos se clavaron con saña en la cesta. Había dicho la verdad: no sabía cómo hacerlo, ni siquiera si hubiese querido. ¿Ayudar? ¿Servir a otros? ¿En eso se había convertido mi vida?
—Serene, ¿sabe dónde se encuentra Jon? —preguntó una voz masculina, cálida y amable.
A pesar de su tono respetuoso, alcé la mirada sin poder ocultar la tirantez en el rostro.
—No. Y no sé dónde pueda estar.
Pareció no incomodarle mi expresión endurecida; al contrario, se mostró afable.
—No se preocupe, ya lo encontraré. Lo buscaba porque he visto unos hermosos garañones junto al cercado del otro lado de la granja. ¡Qué situación tan maravillosa! ¿No lo cree?
Me incliné para levantar la canasta, pero fijé la vista en él, confundida.
—¿Qué fue lo que…?
Mantuvo su gesto amable.
—Un par de caballos. Parecen de una raza antigua, muy preciada y difícil de conseguir. Los que vi son jóvenes. Suelen ser potros vigorosos, excelentes para dar simiente —explicó con una sonrisa cordial.
—Oh… no le había escuchado bien —agregué, ocultando mi ignorancia—. Entonces sí, es una situación venturosa y afortunada.
—Así es. Por eso deseaba encontrarme con Jon; él sabe tratar este tipo de asuntos. Iré a mirar por allá…
Señaló al frente con expresión alegre. Le devolví una mirada más amable. Lo observé trepar el cercado, descender y alejarse hasta perderlo de vista.
Sosteniendo la cesta, me armé de valor. No podía dejarme intimidar por ella, y menos por un deber de tan poca monta.
Me encaminé hacia un pequeño huerto junto al granero; contiguos a este se hallaban los establos. Desde el otro extremo divisé el gallinero. El olor fétido del establo llegó a mi nariz apenas crucé. El suelo, a partir de allí, se tornaba fangoso.
Tomé aliento antes de poner los pies en el lodo y avancé con cautela hacia los corrales. Las gallinas cacarearon al notar mi presencia. Me incliné y vi varios huevos bajo los nidos; estiré la mano para tomarlos, sin prever la furia de una de ellas, que, al desconocerme, hundió el pico en mis dedos.
Gruñí y arrojé la canasta lo más lejos que pude. Bramando, me aparté del gallinero, sosteniéndome el dedo herido, del que brotaban gruesas gotas de sangre. Rodeé la esquina del granero y me desvié hacia la barda.
Me detuve tras un árbol frutal para intentar limpiarme la sangre. En mi enojo no sentía dolor, pero al escuchar voces alcé la vista. Del otro lado de la barda estaban Eldram y Jon, que parecía haber llegado hacía poco. Me oculté tras el tronco, sin apartar la mirada. No estaban lejos, y por fortuna podía oír lo que decían.
—¡Eh! ¿Cómo has conseguido algo así en tan poco tiempo? —exclamó Eldram, atónito.
Jon montaba un caballo alto, de pelaje marrón con parches blancos. Descendió, y me sorprendió no ver montura ni arreos. Con gesto sereno, acarició la frente del potro, que se aquietó por completo.
—Son seres que escuchan, sienten y perciben la vida como tú o como yo. Debes ser paciente y respetuoso; entablar con ellos un lazo sincero, un idioma que no sea la violencia ni el dolor. Sé amable, y sabrán escucharte.
Eldram se aproximó, maravillado aunque aún inseguro. Jon se hizo a un lado para permitirle acercarse. El caballo mantuvo la cabeza baja, pero al verlo avanzar retrocedió un par de pasos.
—No temas —dijo Jon—. No responderá con agresión si le muestras armonía en tus intenciones. Inténtalo de nuevo, hazlo a tu manera.
Eldram respiró hondo y avanzó con mayor decisión. No lo tocó de inmediato; primero habló con gentileza:
—Mis saludos a ti. Soy Eldram. No deseo hacerte daño, sino que seas mi compañía, y que tu progenie se esparza como el trigo. Cuidaré bien de ti, si decides quedarte conmigo.
Jon sonrió complacido. El caballo dio un par de pasos hacia Eldram, quien acarició su frente y apoyó la suya contra la del potro.
—Te doy mi palabra: no abusaré de tu trabajo ni de tu fuerza. Serás mi amigo, y yo el tuyo. Te cuidaré como me cuido a mí mismo.
El caballo resopló y se apartó, comenzando a trotar en círculos alrededor de ambos, con evidente alegría. Eldram sonreía maravillado; Jon observaba la escena con una sonrisa serena y profunda.
—Tal vez aún no lo permita del todo, pero podrás intentarlo más tarde —dijo Jon cuando el caballo relinchó. Luego el potro trotó con vigor hacia Eldram, golpeando el suelo con las patas, como invitándolo a seguirlo.
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Editado: 24.02.2026