A escasos pasos de alcanzar la puerta, me detuve: permanecía entreabierta. Un rastro de duda me asaltó, pues recordaba haberla asegurado antes de mi partida. Me asomé con cautela, procurando que mis pasos no me delataran. En el interior divisé a Yastrin; sin el menor decoro, hurgaba entre las pertenencias de Jon. La observé remover sus objetos con una curiosidad impúdica, mas cuando la vi tomar una prenda y acercarla a su rostro para aspirar su aroma, no pude contenerme y empujé la puerta con violencia.
—Estoy convencida de que Jon te subestima porque finges respetarlo. ¿Qué haces hurgando entre sus pertenencias?
Alzó la vista con sobresalto; sus ojos se abrieron, atónitos, y se apartó de inmediato. La miré con severidad mientras ella fingía recomponer los fardos, devolviendo como podía los objetos a los amplios bolsos de cuero.
—¿Hurgar? —sonrió con visible incomodidad—. Malinterpretas mis intenciones. Solo deseaba ayudarle a disponer sus cosas. Procuraba orden y limpieza…
—Conmigo no es forzoso que finjas. ¿Qué es lo que buscas realmente?
Me sostuvo la mirada, ahora despojada de su máscara cordial.
—No supongas aquello que no alcanzas a comprender. Si tanto te disgusta mi disposición para servirle, no lo haré más…
Apreté la mandíbula, encendida por la ira.
—No deseo tus gentilezas con nada que nos pertenezca. Y Jon tendrá noticia de tu conducta.
Se encaminó hacia la salida, al llegar al umbral se volvió hacia mí con una mueca de superioridad.
—No había malicia en mi acto, ya te lo he dicho. En todo caso, debiste ser tú quien acomodara sus pertenencias… y no aguardar a que otra se ocupe de atenderlo.
Se mostró divertida y, con suficiencia, se marchó al fin. Apreté los labios con rabia y resoplé en cuanto la puerta se cerró tras ella.
Llevé el saco de tela hasta la cama y volqué su contenido sobre las mantas. Cayeron varias prendas y un par de calzados de elaboración sencilla. Había vestidos de colores sobrios; uno, de color verde olivo, me cautivó de inmediato por su elegancia rústica. También hallé un camisón de manta gruesa. Me los probé por encima, comprobando que se ajustaban a mi talle.
Mis zapatos estaban sucios y recubiertos por el lodo, sentía mi piel con sudor y tierra tras la caminata. No podía vestir aquellas prendas sin antes asearme con la debida diligencia. En medio de mi agitación, al tomar conciencia de mi estado, alguien llamó a la puerta.
—Adelante.
Jon entró con paso firme. Cerró tras de sí sin dedicarme una sola mirada. Fue directo a la mesa; lo observé despojarse de su tabardo y dejarlo junto a los fardos que Yastrin había hurgado. Fue entonces cuando advertí, entre el desorden, una espada de plata envainada en una funda oscura de cuero. El vistazo fue fugaz, pues fingí ignorar su presencia.
Con rapidez volví a guardar lo que no usaría, pero mi corazón se agitaba contra mi voluntad; mis manos temblaban y sentía las mejillas encendidas por una extraña turbación.
Guardé un silencio estricto, temiendo que él advirtiera mi desasosiego. Cuando por fin me atreví a alzar la vista, ya se había marchado. Sobre los bolsos de cuero yacían ahora dos amplios paños de algodón, doblados con pulcritud. Tomé uno de ellos y salí de la estancia; nada perdía con preguntar a la señora Mareth sobre un lugar para el aseo.
Al llegar a la cocina, la vi avivar las brasas del fogón.
—Serene, ya estás aquí. Eldram me dijo que habías ido al prado. ¿Fue de tu agrado el paseo?
—Fue encantador… muy grato —respondí con timidez.
—Me alegra que así fuera. ¿Acaso precisabas agua caliente?
La miré con asombro y asentí.
—Sí… deseaba tomar un baño. ¿Dónde podría asearme?
Sonrió al notar mi voz temblorosa, que delataba mi pusilanimidad ante lo desconocido.
—Hay una tina y agua ya dispuesta junto a mi habitación. Es allí —indicó, señalando hacia el fondo—. Si necesitas más agua caliente, no temas pedírmela.
Sin dudarlo, me aventuré a una tarea que jamás había realizado sin auxilio. Al fondo de la estancia, tras unas cortinas gastadas, se hallaba el lugar del baño. Me cercioré de que nadie rondara y, solo entonces, me despojé de mi vestimenta. Me cubrí con la amplia tela blanca y, al apartar el último cortinaje, quedé petrificada. No estaba sola.
Mis ojos se encontraron con una espalda vigorosa. El cabello le caía por debajo de los hombros; estos eran amplios, ceñidos de músculos como un muro inexpugnable. Sus manos grandes se posaban en su cabeza mientras peinaba su cabello hacia atrás con un gesto lento y seguro. Cuando se giró, me encontré con su torso perfectamente esculpido: ancho, firme, imponente.
Mi mirada descendió, sin permiso ni demora, por su abdomen tenso, por aquel juego de músculos que parecían cincelados en piedra. Jamás habría imaginado que su ropaje ocultara tal relieve: la esbeltez de su cintura, la tersura de su piel bajo el agua. Con presteza, él cubrió su desnudez con un paño blanco anudado bajo el ombligo. El agua hacía refulgir su piel, dotándola de una vitalidad casi mística.
Seguía paralizada. Jon era altísimo sin calzado; su pecho poderoso quedaba casi a la altura de mi rostro. Estaba demasiado cerca. Lo recorrí con una curiosidad casi obscena hasta los pies, y mi mirada volvió a ascender. Tenía la boca entreabierta, incapaz de recobrar el aliento. Todo en él era deleite y amenaza: belleza, vigor y una fuerza contenida que me abrumaba. Cuando por fin alcancé sus ojos, su mirada expresaba un disgusto tajante.
—¿No le ha dicho su padre que es de muy mal gusto irrumpir en un sitio como este sin previo aviso?
Prolongué mi estupefacción, incapaz de articular palabra. Por primera vez, mis ojos no se fijaban solo en los suyos; mi atención se aferraba a la línea de su barbilla, a sus labios, a la peligrosa fascinación de su presencia. No sabía qué resultaba más osado: sucumbir ante la visión de un hombre casi al descubierto, o que ese hombre fuera Jon.
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Editado: 23.04.2026