La sombra del Guardián, Vigía Eterno

Tras sus pasos

—Serene, la esperamos para comer —voceó Jon desde el otro lado de la puerta.

Ya estaba vestida, con los cabellos casi secos. Me había quedado recostada sobre la cama, contemplando la techumbre como quien sueña despierta. No había sentido el paso del tiempo; mi único temor era volver a encontrarme con sus ojos. Y ahora, su voz profunda parecía resonar y colmar algo en mí que antes no sabía que existía.

—Sí… estaré con ustedes en un momento. —Respondí.

Me incorporé despacio hasta ponerme de pie. Al abrir la puerta con sigilo, no lo vi allí. Suspiré con alivio y, al mismo tiempo, reuní valor para presentarme ante los demás. Caminé despacio hacia la cocina.

Todos se encontraban ya sentados a la mesa. No había lugar disponible junto a Jon: ambas mujeres ocupaban los asientos cercanos a él. Tomé entonces la silla libre frente a la señora Mareth, al lado de Eldram.

—¡Huele muy bien! —exclamó Eldram con gesto alegre.

No exageraba. El aroma de las verduras junto a la carne, cocidas con especias, llenaba la pequeña estancia de una fragancia reconfortante. Todo estaba dispuesto.

—Por favor, coman antes de que se enfríe —dijo la señora Mareth.

Todos inclinaron la cabeza. Y cada uno comió en calma. Yastrin rompió el silencio, al cabo de un rato, dirigiéndose a Jon con una sucesión de preguntas curiosas. Él respondió a cada una con frases breves, sin ofrecer detalle alguno. Eldram no apartó la vista de su plato; la señora Mareth hizo lo propio.

Yastrin, sin embargo, no cesó, aun cuando todos terminamos de comer. Cada gesto suyo, cada palabra, revelaba el deleite que Jon le provocaba; parecía atraída hacia él con una insistencia que no sabía disimular. Lo comprendía, pero aun así me incomodaba profundamente, como si me hiriera no ser yo quien pudiera mirarlo con tal descaro.

Sentía el rostro tenso. Al alzar la vista, ella me dedicó una sonrisa breve, mordaz, complacida al notar mi disgusto.

—Jon —dijo entonces, con voz suave—, siempre he deseado aprender a montar a caballo. Quería preguntarle si usted podría instruirme… ayudarme a aprender.

La señora Mareth fijó en Yastrin una mirada de evidente molestia, como si su efusividad hubiera traspasado ya un límite. Me sentí extrañamente reconfortada al no ser la única en advertirlo.

—Si Jon lo considera apropiado, no estaría mal —intervino Eldram—. Él podría enseñarle a ella, y yo acompañaría a la señorita Serene para mostrarle los alrededores… por supuesto, si Jon lo estima provechoso —añadió, sonriéndome con agrado.

Jon mantuvo la vista baja, bebió de su taza con calma. Nada en su gesto delataba inquietud alguna ante los comentarios. Aquello me devolvió algo de firmeza: era evidente que Yastrin buscaba quedarse a solas con él, de una manera descarada y poco decorosa.

—Me parecería más grato que fuésemos todos juntos —dije con sobriedad—, ya sea a pasear o a montar.

Mi intención, sin embargo, era clara: frustrar el momento que Yastrin ansiaba. Jon alzó entonces la mirada hacia la señora Mareth.

—No tengo inconveniente alguno en hacer lo que usted disponga. Lo que apruebe, lo haré con toda disposición.

Ella lo miró con gratitud.

—Mi querido muchacho, qué considerado eres —respondió ella con voz solemne—. Pero Eldram puede encargarse con diligencia. Él sabrá instruir a Yastrin en lo que pide.

La expresión de Yastrin se endureció; apretó la mandíbula, incapaz de disimular su descontento. Yo, en cambio, sonreí aliviada, complacida, aunque procuré hacerlo con la mayor discreción que me fue posible.

Nadie añadió nada más. Uno a uno se levantó de la mesa, comenzando por Eldram, quien se despidió de su abuela con afecto. Agradecí la comida y fui la última en hacerlo. Jon permaneció con nosotras hasta que acabé de comer.

La señora Mareth empezó a recoger la mesa, pero Jon se lo impidió.

—No se preocupe, yo le ayudaré a levantar los platos —dijo él, interviniendo con naturalidad.

Su gesto, diligente y atento, profundamente genuino, me produjo un agrado distinto, inesperado. Jamás había visto a un hombre conducirse así en las obligaciones propias de una mujer. Sentí una punzada de contrición al comprender que quizá lo había juzgado con ligereza. Cuanto más afinaba mi atención en él, más evidente se volvía lo fascinante que me resultaba.

La señora Mareth no se lo permitió. Yastrin regresó entonces y, al ver a su abuela ocupada, intervino también. En breve, todo quedó dispuesto como si nadie hubiera ensuciado nada. Pero apenas terminó la labor, ella se apresuró a sujetar a Jon del brazo, con un gesto posesivo, hablándole sin pausa.

Jon no alteró su compostura. Permaneció serio, atento, paciente, escuchando cuanto ella decía. Poco después, la señora Mareth se retiró tras desearnos las buenas noches.

Yo no quise permanecer allí más tiempo. Me aparté y regresé a la habitación, aunque, en verdad, no deseaba marcharme aún.

Desde la ventana, mi atención se elevó al cielo. La noche se mostraba hermosa: el firmamento, colmado de estrellas, parecía observarme en silencio. No pasó mucho antes de oír abrirse la puerta.

Escuché sus pasos acercarse a la mesa. No fui lo bastante valiente para mirarlo. De pronto, regresó a mí la misma sensación que había conocido en mi alcoba del castillo, el día de la invasión: la puerta abierta, la penumbra y la certeza de no estar sola.

—Princesa, si desea dormir, puede hacerlo.

Algo indescriptible me oprimió el pecho. Procuré disimularlo, manteniendo hacia él la misma compostura. Me volví tras respirar hondo, y me encontré con su mirada profunda.

—Sí, Jon. Lo haré en un momento.

En verdad, deseaba que mencionara lo ocurrido en la bañera. Anhelaba hablar de ello y, sin embargo, no me atrevía a ser yo quien procurará traer el asunto a colación.

—Mañana temprano necesito que se quede conmigo —continuó—. Le mostraré otras cosas en las que puede ayudar.




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