Acostumbrada a que mi existencia siguiera firmemente el curso trazado por mi linaje; por el deber y por la voluntad de mi padre, jamás habría sospechado que me hallaría lejos de mi hogar; lejos de los muros que, con celo implacable, resguardaban mi curiosidad y me protegían de lo desconocido.
Aquello mismo que desprecié, y que me causó desagrado imaginar siquiera como posibilidad, se había convertido en mi entorno en un abrir y cerrar de ojos. Y, sin embargo, ya no me parecía tan hostil ni desagradable. Había ganado algo de un valor descomunal, algo que antes jamás habría osado concebir: la libertad de pensar y llegar a elegir por mí misma. Y cada cambio se había vuelto tolerable; debo admitir, por la intermediación y presencia de Jon.
No quise abandonar la habitación tan pronto. Temía que él sospechara que mi intención era, de nuevo, seguir tras sus pasos. Entonces, permanecí un momento observando la ventana: los rayos del sol, colmados de vida, bañaban el interior con una luz tibia y paciente.
Cambié mi vestimenta y, con los dedos, peiné apenas mis cabellos. Me dirigí a la cocina, donde la señora Mareth ya comenzaba a preparar lo que comeríamos. El aroma de la fritada despertó mi apetito. Al volverse hacia mí, su sonrisa dibujó arrugas en las comisuras de sus labios; verla me recordó, una vez más, a mi querida Saria.
—Serene, hoy has dejado la habitación muy temprano.
Me acerqué a ella con gesto alegre.
—Me parece necesario apreciar el cálido rayo de vida en los primeros asomos del sol. Es una mañana preciosa.
Asintió sin borrar su amplia sonrisa. Si hubiera sido del todo sincera, habría confesado que vivir allí contribuía a que concediera tanta importancia a un amanecer. La observé mientras buscaba algo con la mirada; quise ofrecerle mi ayuda, mas no supe de qué modo hacerlo.
—Serene, disculpa mi atrevimiento. ¿Podrías ir por unos huevos a la granja?
Me agradó que adivinara mi intención de ser útil.
—Por supuesto. En seguida regreso.
Del otro lado del fogón divisé un cesto; lo tomé sin vacilar y me encaminé hacia los gallineros. Sabía que, usando la vereda junto al árbol frutal, evitaría ensuciarme los zapatos con el lodo. Rodeé el granero y, al escuchar voces, me detuve tras el pórtico. Dudé, sin saber si era lo más sensato avanzar o desandar mis pasos.
—¿Otra vez con lo mismo de antes, Yastrin? —reconocí una voz varonil, cargada de descontento.
—No sé por qué lo mencionas —respondió la voz de su hermana.
—Es intolerable que sigas empeñada en ello. Tu actitud no puede mantenerse así. Si persistes en algo tan horrible, no me quedará más remedio que pedirle a Jon que intervenga.
Con cautela, asomé la cabeza tras el ancho portón de madera. Vi a Eldram y a Yastrin. El rostro de ella palideció y su mirada se tornó agónica.
—Ya no sé cómo hacer para que lo comprendas. ¿No has pensado que eso puede volverse contra ti? Quiero evitarte cualquier consecuencia fatal, así que…
—¡No! —lo interrumpió ella—. Te ruego que perdones lo que viste. Sé que no te parece apropiado ni necesario, Eldram, mas juro por mis ancestros que no buscaba nada perverso, sino protegernos de fuerzas oscuras.
Eldram apretó la mandíbula, inconforme.
—No. Ya no te creo. Lamento mucho tener que ser yo quien ponga un límite. Hablaré con…
Con lágrimas en los ojos, ella casi se arrodilló ante él.
—¡Lo siento, Eldram! Por favor, no le digas nada a Jon. Te prometo que no continuaré con eso. Te lo ruego…
Su voz suplicante pareció resquebrajar la determinación de su hermano. Él la rodeó con sus brazos, besó su frente y la ayudó a incorporarse.
—De acuerdo. Pero recuerda que es la última vez. No encubriré ninguna de tus perversidades si vuelves a incumplir, y será Jon quien hable contigo sobre asuntos de esa índole. ¿Ha quedado claro?
Ella asintió, contrita. Yo, en cambio, no pude evitar un dejo de melancolía al advertir el sincero afecto que los unía. Jamás sabría qué se sentía aquello; crecí sola, sin hermanos.
—¿No le han dicho que es un mal hábito y de muy mal gusto escuchar conversaciones ajenas?
Me estremecí de pies a cabeza al oír su voz, tan cerca de mis oídos, pronunciada en un murmullo. Me volví hacia él con extrema cautela.
—Eso sí lo sé, Jon. Vine por algo que me pidieron, pero creo que no será posible —respondí en voz baja.
Sus ojos descendieron hacia la canasta que sostenía entre mis manos.
—Por favor, venga conmigo.
No objeté. Me limité a seguirlo. Me condujo hasta el granero y, de un saco, tomó un puñado de semillas. Volvimos a la granja; para entonces, ambos hermanos ya se habían marchado. Nos acercamos a los gallineros. Jon esparció los granos y, mientras las gallinas se arremolinaban a su alrededor, tomó los huevos uno a uno, repitiendo el mismo gesto hasta concluir. Yo observaba el cesto, ya colmado, con sincero asombro.
—Bien, ya sabe cómo hacerlo.
Recibí el cesto con los ojos muy abiertos.
—Ah, por cierto… espero no encontrarla husmeando entre los demás. ¡Qué manías tan desagradables las suyas! —añadió.
Apreté los labios, esta vez conteniendo una sonrisa. Me resultó gracioso que pensara que yo husmeaba sin descanso; era ya la tercera ocasión en que me encontraba oculta, temiendo ser descubierta. En el fondo, le agradecía su intervención. Sin ella, Eldram y Yastrin habrían advertido con facilidad que yo escuchaba de sus asuntos.
Volví a la cocina y dejé el cesto sobre la mesa. Yastrin ya ayudaba a preparar la comida. La mirada de la señora Mareth se posó en mí.
—Gracias, querida.
Yastrin frunció el gesto al tomar el cesto; evité mirarla. Salí de nuevo al patio. Sabía que, si permanecía allí, acabaría causando más inconvenientes.
Así que, con pasos largos alcancé el seto de viejos maderos que delimitaba la propiedad. Me detuve en seco al notar que el enorme caballo de pelaje oscuro, que instantes antes descansaba tranquilo en el corral contiguo, emprendía la marcha con un ímpetu repentino.
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Editado: 23.04.2026