El sol, velado por gruesas nubes, anunciaba que su luz pronto nos daría de lleno en el rostro. Un nuevo día que había comenzado para nosotros mucho antes de su asomo al alba. Reparábamos la base del madero; él ya había conseguido ajustar la picota. Ambas herramientas para labrar la tierra me eran ajenas, pero así me lo había dicho él. El cometido sería sembrar algunas semillas, o brotes destinados a los vegetales.
Llevaba un rato impacientada. Habría querido hundir mil veces las manos en la tierra antes que intentar encajar aquella pieza de metal que se aflojaba una y otra vez. Sostenía el madero para que él ajustara.
—No… debe sostenerlo del otro lado.
Fijé la vista en él, ya enfurruñada.
—¿Para qué? La tierra no está tan dura, y no es grande lo que sepultaremos —dije, sin soltar el cabo de la azada.
Alzó en mí sus ojos intensos.
—¿Por qué la obstinación? ¿Acaso desea algún mérito por ser la más empeñada con tan nefasto poder? ¿Cuándo dejará de creer que la impaciencia y la rabia son la mejor solución?
Lo miré fijamente, enderezándome apenas. Sus palabras sólo avivaron lo que ya ardía en mí. Fue como sentir que me conocía desde siempre y me trataba como a alguien de antigua data. En cuanto notó la curiosidad intempestiva en mi rostro, desvió la mirada. Ya me parecía natural —casi hábito— verlo con el entrecejo siempre fruncido.
Él apoyó también las manos en el cabo, y yo las subí sin darme cuenta. Pero al recorrer la madera sin mirar dónde afirmarse, terminó rozando sus manos con las mías. Las sentí frías, y a la vez grandes, firmes. Una sensación no sólo intensa, sino profundamente placentera se propagó por todo mi ser, hasta erizarme la piel; como si algo hubiera despertado sin haber sido llamado.
Levantó la vista de inmediato. En sus ojos hubo desconcierto, un asombro apenas contenido. Los míos, incapaces de ocultar lo sentido, permanecieron fijos en él. Quedamos inmóviles, suspendidos en ese momento.
—Tome un descanso. Yo terminaré con esto.
Retiró las manos con rapidez, pero alcancé a ver, en la hondura de su mirada imperturbable, un destello fugaz que confirmaba que no había sido sólo yo quien lo había sentido.
Volvió el rostro, y con la misma prontitud recuperó su aplomo. En cuestión de instantes tuvo la pieza ajustada, como si nada hubiese ocurrido. Comprendí entonces que, sin mi “ayuda”, lo habría hecho con facilidad y sin complicación alguna.
—¡Jon, lo ha dejado de maravilla! —exclamó Yastrin con encomio, tomando la azada con visible entusiasmo.
Al mirarla, su expresión se suavizó. Ella lo rodeó por la cintura con una intención que distaba de la simple gratitud; sus manos se deslizaron sobre él con un deleite evidente.
No pude evitar la incomodidad, ni apartar la vista de aquel gesto, ni del modo en que Jon siempre se mostraba condescendiente ante atenciones que, a mis ojos, no parecían propias de una mera amistad.
Preferí apartarme sin que resultara evidente mi disgusto, aunque pesaba en mí que estuvieran tan cerca uno del otro. Me dirigía ya hacia la habitación cuando miré a la señora Mareth, se acercaba a mí con prisa.
—¡Oh, Serene! He llamado un par de veces buscando a Yastrin… ¿podrías, por favor, atender la puerta? Si me distraigo conversando, nada quedará sin quemarse para la comida —pidió con gesto preocupado.
Sonreí con amabilidad.
—Por supuesto, descuide. Yo atenderé.
Me devolvió la sonrisa, agradecida, y regresó a toda prisa a la cocina. Yo me encaminé a la puerta.
Al abrir, me encontré con una mujer de quizá mi edad: rubia, no más alta que yo, de ojos grandes y castaños, como los míos. Me observaba con extrañeza, casi con desagrado.
—Oh… —dio un paso atrás, miró la fachada de la casa y luego volvió a mirarme, aún más confundida—. Podría jurar que Yastrin abriría. ¿Acaso ya han conseguido a alguien para ayudar con los trabajos de la granja?
Atemperé el disgusto que brotó en mí, aunque no logré evitar un leve ceño fruncido. Estaba por responder cuando un empujón brusco me obligó a apartarme.
—¡Ria! ¡Qué gusto! Pasa, pasa —saludó Yastrin, extendiéndole la mano.
La mujer la tomó con alegría y ambas entraron en la casa. Tuve que hacerme a un lado para que no pasaran sobre mí. Cerré la puerta, conteniendo lo mejor que pude la actitud irrespetuosa de Yastrin. Las dos ya habían tomado asiento, acomodando las sillas cerca de la entrada.
Me aparté con la intención de volver a la habitación y no salir de ella por el resto del día. Encaminaba mis pasos con determinación, pero me detuve en el umbral al ver a Jon aproximarse.
Ellas también se pusieron de pie al advertir su presencia. Él, sin embargo, fijó la mirada en mí, grave, respetuosa.
—Serene, preferiría que no se aparte de mí. ¿Puede venir conmigo?
Su petición fue amable, quizá más suave de lo que estaba acostumbrada a escuchar. Parpadeé con desconcierto y, sin decir palabra, me acerqué.
—Yastrin… Pensé que eran sólo habladurías, pero es cierto. ¡Tu hermano ha vuelto ¡—dijo una voz femenina, con un dejo evidente de ostentación.
Me giré apenas. Yastrin sonreía, satisfecha.
—Sí, Ria. Jon ha decidido quedarse.
Jon se limitó a ofrecer una reverencia respetuosa, sin añadir nada más. Luego se volvió hacia mí, posando la mirada con un gesto silencioso que me instaba a seguirle. Lo hice sin dudar.
—¿Y ella?… ¿Quién es? —alcancé a oír, una pregunta teñida de desconfianza.
No volví la vista. Jon y yo nos dirigimos hacia donde la señora Mareth servía la comida.
Esta vez tomé asiento a su lado. Me restregué las manos contra el delantal y desanudé la prenda que llevaba ceñida a la cabeza para protegerme del polvo del huerto. Comimos en silencio los tres.
Desde entonces, todo transcurrió con aparente costumbre. Jon no me permitió apartarme de él durante gran parte de la mañana ni de la tarde, lo cual me resultó tan inesperado como inquietante. Mientras realizábamos las tareas uno junto al otro, el tiempo parecía disolverse sin dejar rastro.
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Editado: 14.01.2026