Consideraba con honda preocupación qué sería de mí, qué destino me aguardaría si nos alejábamos de aquel lugar. Sin embargo, la mañana siguiente transcurrió envuelta en la serenidad de lo cotidiano. Cada cual se ocupó de las tareas que le correspondían, y tal como Jon había dicho, muy temprano vino a buscarme para que juntos nos encargáramos de ciertos trabajos.
Las noches fueron de un insomnio cruel hasta la tercera, en la que, por puro agotamiento, dormí más que las anteriores. A veces soñaba que no existía lugar alguno al que pudiéramos ir sin atravesar algún infortunio; otras, que por fin nos asentábamos en algún sitio. Pero en todas aquellas divagaciones, volver a casa, a mi hogar en Halvarhar, me parecía una posibilidad demasiado lejana, casi imposible.
Permanecía, como solía, al lado de Jon la mayor parte del tiempo, y tras tantos días de ese modo, comenzaba a parecerme remoto contemplarme como antes: servida, rodeada de otros a quienes dirigía sin saber realmente cómo hacer por mí misma aquello que ordenaba. No era algo que me agradara, pero me resultaba ahora comprensible. Ninguna persona puede hacerse cargo de todo. El trabajo que sostiene el orden —cocinar, labrar, confeccionar, mantener limpia una casa— es arduo, desgastante, y con frecuencia poco comprendido.
He de confesar también que no podía evitar una profunda admiración y cierto entusiasmo, aunque siempre mucho más disimulado, jamás tan abierto como el de Yastrin, quien no se privaba de manifestarlo a todo momento y en todo lugar.
Durante las comidas, cuando nos reuníamos todos, su atención se concentraba en hablar de la fiesta que se celebraría en el pueblo, aquella en la que se mencionaba al príncipe. Así transcurrieron tres días más, entre el espíritu de regocijo que anunciaba la celebración y la solemnidad constante de las labores. Jon no volvió a mencionar nuestra partida, lo cual me otorgó un sosiego inesperado y, con ello, un sueño algo más apacible. Sin embargo, algo distinto comenzaba a divagar en mi mente.
Aquella misma tarde salí a buscar a Jon por el patio, pero terminé adentrándome al otro lado del bosque, el mismo sitio donde una vez lo vi ayudar a Eldram con aquel caballo. El hermoso potro parecía conservar memoria: seguía a Eldram como si lo reconociera como a otro igual, y él solía pasar largas horas en su compañía.
Allí hallé a Jon… pero no estaba solo. Yastrin, visiblemente complacida, lo había tomado de la mano y tiraba de él en dirección a lo más profundo del bosque.
No pude quedarme con la duda y, a escondidas —segura de que ella no advertiría mi presencia—, seguí sus pasos. Se mordía los labios con fascinación y entusiasmo, sin soltarle la mano. Lo miró extasiada por un momento antes de detenerse para hablarle con regocijo; solo entonces lo soltó.
—Recuerdo bien cuando veníamos a estos lugares a pasear…
—Solían venir también la señora Mareth y Eldram —respondió él con expresión seria, aunque de semblante sereno. Permanecía con los brazos cruzados, mirando hacia un punto indefinido al frente—. Estaba convencido de que él vendría también.
Ella sonrió.
—Tal vez prefirió darnos un momento… ya sabe, nunca solemos estar solos los dos.
Jon fijó entonces su mirada en ella.
—¿Y por qué habría de ser necesario que estuviéramos solos?
Ella suspiró. Guardó silencio un instante y su semblante se ensombreció.
—Solía suceder antes… Usted siempre velaba por mí. Su compañía era para mí algo constante… pero desde que ella apareció, eso cambió. Ella no se aparta últimamente de su lado ni un solo momento. Han cambiado muchas cosas.
Él la miró fijamente.
—Me pregunto si podría ser cierto que… —vaciló—. ¿Cómo fue que ella apareció así, de pronto, demandando su presencia? ¿Qué tan cierto es que comparta su sangre? ¿Cómo puede estar seguro de que no se trate de un engaño?
—Ocurrió sin aviso previo —respondió—, y comprendo por qué le causa esa impresión. Pero no desconfío de aquello que nos une. Ella es parte de mí, como yo soy parte de ella. Nuestra familiaridad es el único lazo que nos vincula, y mi deber hacia ella es ese.
Ella resopló, como aliviada por su confesión. Para mí, sus palabras sonaron tan genuinas que incluso parpadeé, dudando por un instante de que ningún lazo de sangre nos uniera. Yastrin se acercó un poco más y tomó una de sus manos.
―Y… ¿y conmigo, Jon? ―preguntó al fin, con un hilo de voz―. ¿Qué es lo que lo une a mí?
Él respiró hondo, sin apartar la mirada de la suya.
―Nuestra pertenencia obra de igual modo ―respondió con calma―, quizá con mayor fuerza que la sangre misma. Aunque no corre por nuestras venas, al mirarla siento ese peso con la misma intensidad que si así fuera.
Los ojos de Yastrin se iluminaron.
―¿Quiere decir… que hay afecto en su corazón hacia mí?
Él no retiró la mano. Sólo asintió.
―Si eso es tan cierto como lo es mi propia voz…
Ella sonrió, conmovida, y entrelazó lentamente los dedos con los de él.
―Lo he pensado cada noche ―confesó, casi en un susurro―. Y deseo, con todo el corazón, que no reprima nada. Ningún anhelo, ninguna aspiración más íntima… ninguna necesidad que reclame mi entrega.
Alzó la mano libre y rozó su cabello con un gesto cargado de devoción; su mirada, embriagada, lo contemplaba como si no existiera nada más.
―Entregaría cuanto soy ―continuó― para que, en las noches frías del invierno, no duerma más solo. Para que permanezca a mi lado cuando así lo desee… unidos como la flama y el aire. Para que tome como suyo mi cuerpo, o cuanto requiera, cuando así lo quiera.
Jon frunció el ceño. Un gesto de extrañeza cruzó su rostro cuando ella se irguió, buscando la cercanía de sus labios. Sus ojos, de un azul profundo, se abrieron lentamente; el estupor creció hasta tornarse casi en horror al notar cómo las manos de ella ascendían por sus brazos con una intención que ya no podía ignorarse.
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Editado: 14.01.2026