La sombra del Guardián, Vigía Eterno

Luz en la oscuridad

Fijé la vista al frente, esforzándome por disipar la conmoción y la fascinación que me arrasaban por dentro. Fue entonces cuando mis ojos se encontraron con algo completamente inesperado.

Un estandarte se alzaba en el centro de aquella convivencia, justo al frente; no lo había percibido antes, distraída como estaba entre el baile y la constante presencia de Jon.

Lo contemplé aturdida, aún sensible, mientras la tela preciosa se ondulaba con suavidad. Era de un azul profundo, del mismo tono que adopta el cielo justo antes de entregarse a una noche insondable. Desde su centro se extendía un emblema solemne: un círculo dividido en tres anillos de bronce, atravesados por la runa Var (ᛇ), que ascendía en un eje vertical, firme, como un trazo que perforaba el tiempo mismo. En el interior de los anillos, dos siluetas enfrentadas se reconocían de inmediato: un oso y un lobo, ambos del color de la luna llena.

Casi contuve el aliento.

Era un símbolo que había aprendido a reconocer desde niña, presente tanto en ceremonias antiguas como en estandartes y escudos. Mis ojos quedaron fijos en la runa, mientras varias mujeres mayores, al pie de la bandera, colocaban lámparas —pequeños cuencos de barro con mechas encendidas— y flores de las más diversas formas y colores. Aquello no era un simple adorno: parecía un altar, una ofrenda viva.

Cuando las vi apartarse, mi corazón se contrajo entre la nostalgia y una dicha inesperada; el reencuentro con algo familiar, algo íntimo, algo que siempre había estado cerca de mí sin que lo supiera.

La música se había transformado en una brisa delicada. Notas dulces y profundas envolvían el lugar, alterando la atmósfera de la celebración, como si cada sonido coloreara con mayor intensidad lo que se removía en mi interior.

Las cuerdas y los tambores, ahora suaves y contenidos, hicieron que las personas comenzaran a acercarse poco a poco. La muchedumbre se abrió para dejar pasar a un hombre alto, que avanzó con paso firme hasta situarse junto al estandarte. Allí se detuvo, encarando a quienes ya observaban lo mismo que yo.

Thaerhar, Varelen, va rynna…

Su voz resonó con una firmeza serena. De inmediato, quienes aún permanecían dispersos se apresuraron a acercarse; el murmullo se disipó hasta que todo quedó en silencio. Las personas se aglomeraron frente al estandarte, atraídas por aquel llamado, y Jon y yo avanzamos un poco más para escucharlo con mayor claridad.

—Que el fuego y la luz permanezcan en sus corazones. Como cada quince lunas, nos reunimos para honrar la vida de aquel joven príncipe que concedió a nuestros ancestros un lugar donde asentarse, donde vivir sin temor, en estos demarcares que hoy llamamos hogar.

Alzó ligeramente la mirada, como si midiera el cielo antes de continuar.

—Esta noche dirigimos nuestras ofrendas al Divino Unificador, señor de la vida, y a nuestra Madre divina, elevando plegarias por su bendición. Conocemos la calamidad que ha golpeado al Rey de Halvarhar, nuestro aliado y amigo.

Un murmullo grave recorrió a la multitud.

—Pidamos, hermanos, la sabiduría y la intercesión divina para que esta terrible situación se incline a su favor. Que el Rey Kaedric alcance la victoria, pues aún combaten filas de sus soldados más valientes, conteniendo al enemigo para que no se disperse hacia el este ni hacia el sur.

Contuve el aliento, escuchando con profunda atención.

—Unidos como hijos de un mismo pueblo, esparcidos como espigas del mismo Aenhum, invoquemos al joven señor de nuestro sol desbordante: el príncipe heredero, hijo del rey guerrero de Varngadar, aquel que jamás desamparó a los suyos ni fue indiferente a la necesidad de ninguno.

El hombre llevó una mano al pecho.

—Sabemos que su aliento permanece unido a esta tierra: en cada brizna de hierba, en cada gota del sagrado Valherthar, en las aguas profundas de Aeltharyn. En las montañas, en los valles y en cada soplo del viento… porque este fue su reino. Esta fue su tierra.

Guardó silencio. Cuando volvió a hablar, su voz descendió, íntima, reverente.

—Pidamos al sagrado guardián de la montaña, al noble espíritu que custodia el corazón del joven príncipe, que el Rey Kaedric y sus ejércitos resulten vencedores. Que su estirpe, y las nuestras, sean cubiertas de paz y abundancia.

Saer’aen va rynna.

Entonces escuché una voz elevarse por sobre el silencio. Era profunda y hermosa, entonada en un idioma que reconocí como propio del pueblo —un dialecto distinto al Halvarsk que había escuchado antes—, más antiguo, más hondo, casi como una plegaria primigenia. Su canto evocaba el murmullo de un ave que anuncia el amanecer.

Las cuerdas comenzaron a resonar, acompañando aquella voz que oscilaba entre el dolor y una belleza devota. Pronto, un coro se unió, respondiendo como si compartiera la misma súplica, el mismo lamento sagrado.

Las damas que momentos antes bailaban y reían se acercaron ahora con cestos de flores y nuevas lámparas, encendiéndolas con el fuego vivo de las que ya ardían bajo el estandarte. En una solemne procesión, ofrecían una a cada presente. Quien la recibía llevaba primero las manos al pecho y luego la aceptaba con los ojos cerrados.

Estaba maravillada por el respeto y la genuina devoción con que todos se unían a aquel precioso rito. Jon y yo fuimos los últimos en recibir la pequeña lámpara, cuyo fuego parecía vibrar al compás del canto colectivo. No conocía bien el dialecto, pero mi corazón se desbordaba del mismo sentir; aunque no pude cantar como ellos, cerré los ojos e imité el gesto de gratitud al recibir la luz.

A diferencia de mí, Jon la recibió con profunda solemnidad. Vi cómo sus labios se movían con precisión, pronunciando cada frase de los coros que respondían al hermoso canto ritual, como si aquellas palabras le pertenecieran desde siempre.

—Hermanos míos del corazón de Grevhar y sus lindares —dijo aquel hombre cuando todos sostuvimos una pequeña lámpara de aceite—, es momento de ir al soplo plateado de la montaña: Aeltharyn.




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