La sombra del Guardián, Vigía Eterno

Sombra y carne

Abrí los ojos sintiéndolos pesados. Había descansado bien; dormí profundamente. La luz del sol iluminaba por completo la habitación. Me estiré con comodidad y, al incorporarme, mi mirada se encontró con la silla desocupada.

Aquel instante bastó para disipar cualquier vestigio de somnolencia. Resultó extraño no encontrar allí la enorme figura de Jon. Él solía llegar mucho antes del amanecer.

Pensativa, busqué otro vestido. Me había dormido con el que la señora Mareth me había dado y no quería estropearlo. Me calcé los zapatos y apenas terminé de ajustarlos cuando la puerta sonó con insistencia.

―Sí, un momento…

Me acerqué y abrí con cuidado. Del otro lado estaba Eldram. Su rostro denotaba cierta mortificación; me observaba casi sin parpadear. Vestía una camisa o fondo blanco y pantalones holgados de un tono verde marchito. Sus mejillas estaban tan rojas que parecían compartir el color de su cabello ondulado, ahora más despeinado, encendido como el fuego.

―Hale, Serene. Aelhar´enne ―saludó, inclinando ligeramente la cabeza. No comprendía mucho del dialecto, pero aquello no me costó entenderlo: Te saludo, Serene. El aliento despierta contigo o buen día en Halvarsk.
―Espero no haberla despertado…

Sonreí con cortesía, intentando suavizar la expresión preocupada de mi rostro.

―No, Eldram. Estaba despierta.

―Es un alivio… ¿No le incomoda si paso un momento?

No pude negarme. Asentí y le indiqué que entrara. Con pasos largos y pesados cruzó la habitación. Al cerrar la puerta noté cómo se sobaba las manos, nervioso.

―Muy temprano suele llegar junto a Jon para la comida, pero esta mañana fue diferente. Jon… bueno, él llegó sin usted.

Sonreí.

―Me temo que sí. Anoche dormí profundamente… No desperté tan temprano.

Él también sonrió, aunque con visible nerviosismo.

―Sí, Jon dijo eso… pero lo que ocurrió es que ha pasado toda la mañana impidiendo que tenga pretendientes.

Abrí los ojos de par en par.

―¿Pretendientes?

Se acomodó en la silla sin desprenderse de la inquietud en sus gestos.
Qué contraste fue verlo allí sentado, ocupando el lugar que solía ocupar Jon.

―Sí. Anoche, durante la celebración, cuando fuimos a la plaza del pueblo… muchos jóvenes solteros se interesaron en usted. Querían conocerla, traían presentes, propuestas de todo tipo. Pero Jon se negó de forma tajante a todos, sin importar si ofrecían poco o mucho. Antes de rechazar al último, dijo que mañana continuarían su viaje.

Entonces comprendí la ausencia de Jon, la preocupación en la mirada de Eldram, su nerviosismo.

―Eldram… ¿en verdad dijo que nos marcharíamos?

Entristecido, asintió.

―Sí, señorita Serene. Pensé que se sentía mal, que estaba indispuesta y por eso no había salido de la habitación… o que tal vez por eso Jon quería apurar el viaje.

Suspiré suavemente.

―Estoy muy bien, Eldram. Pero le confieso que anoche la caminata, los juegos y conocer el pueblo me dejaron sumida en un cansancio agradable. Fui la última en despertar porque descansé profundamente… no estoy indispuesta.

Sonrió con timidez. Bajó la mirada y se puso de pie.

―De ser así, veo que no hay de qué preocuparse… ―dijo, dirigiéndose hacia la puerta.

Antes de abrir, me lanzó una última mirada. Seguía ligeramente sonrojado.

―Es muy agradable saber que se encuentra bien. Nehale, señorita Serene.

―Gracias por venir a saludarme, Eldram. Nehale.

Abrió la puerta y, tras un gesto que revelaba cierto agrado, se marchó.

Pensativa, me dispuse a componer las sábanas revueltas. Terminaba de acomodarlas a un lado cuando escuché la puerta abrirse.

Fue incontrolable. Mi corazón saltó contra mi costado, latiendo con fuerza. Sin atreverme a mirar de frente, giré apenas el rostro. De soslayo vi la imponente figura asomarse, acercándose hasta quedar muy cerca de mí.

En mi vientre todo se apretaba, como si mil gusanos se arrastraran sin piedad. Aunque ansiaba mirarlo a los ojos, opté por fingir control y aparentar que estaba muy ocupada acomodando nuevamente las cubiertas. Necesitaba, al menos, calmar mi respiración, los latidos erráticos que se desbordaban en mi pecho con su sola presencia.

―Buena mañana para usted…

Tragué saliva; sentí la lengua adherirse de pronto al paladar. Me costó responder.

―Buena mañana, Jon.

Y aunque contesté, no me atreví todavía a mirarlo. Mi corazón latía ahora con un frenesí indómito.

―No es apropiado que permita ese tipo de situación.

Entonces me giré y lo miré, ceñuda. No comprendí con qué finalidad había dicho aquello. Su gesto era serio, la mirada casi tenía filo. Arrugaba levemente la nariz, mantenía los labios apretados y se frotaba los dedos de una mano con suavidad; la ceja fruncida, aún más que la mía.

Despacio, al sentir mi mirada, tomó asiento en la silla y se acomodó con elegancia.

―No entiendo… ¿permitir qué?

―Permitir que Eldram entre a esta habitación para estar a solas con usted ―respondió con voz profunda y la mirada fija.

Volví a respirar hondo. Habría preferido un saludo cordial, o al menos su compañía habitual; pero incluso en su incomodidad, en aquella reprimenda, percibía algo más que molestia: una preocupación genuina por mí.

―Para serle honesta, no creo que sea inapropiado.

Cruzó los brazos sobre el pecho, endureciendo aún más la mirada.

―Princesa, sobre seguro que lo es.

―Sigo sin comprenderle. ¿Por qué?

―Porque le da a entender algo que seguramente interpretará mal ―dijo entre dientes.

No lograba comprenderlo del todo. ¿Era yo demasiado ingenua… o Jon sentía una incomodidad personal por la cercanía de Eldram?

―Jon, creo que está sobreponiendo lo que realmente ocurrió. Me habría gustado que viera lo preocupado que estaba por no verme ir a comer como de costumbre.

Su semblante se suavizó apenas, y descruzó los brazos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.