Avanzamos sin detenernos un solo momento. Desembocamos por praderas y campos cubiertos de flores hasta dar con otro bosque espeso. Sólo entonces los caballos dejaron de ir tan aprisa y su andar se volvió un trote ligero. Pero en mí no hubo alivio alguno. A cada paso mi corazón y mis pensamientos me hundían más en una tristeza lóbrega, pesada como las rocas que solía sostener el castillo.
Me sentía otra vez sola y perdida, como cuando dejé el castillo sin comprender qué me aguardaba… sólo que el vacío era más cruel, porque Jon ya no estaba para acompañarme. No podía aceptar que todo hubiese terminado así. Que él no regresaría. El solo pensamiento me resultaba imposible de sostener.
No sé cuánto tiempo cabalgamos de ese modo, a trote constante, sin detenernos jamás. Volvimos a internarnos en otro bosque; este era distinto, más abierto en sus frondas, con el terreno elevado y firme, menos tupido que los anteriores. Varias veces Eldram corrigió la marcha, pero yo apenas reparaba en ello. A ratos tenía la extraña certeza de que, durante nuestra huida, el bosque mismo se había cerrado y abierto ante nosotros, forzándonos a tomar sendas ocultas, apresurando nuestro paso como si algo nos guiara desde la sombra.
—¡Serene!
Giré el rostro al escuchar la voz de Eldram llamándome. Me sequé las lágrimas fingiendo entereza. Su semblante mortificado revelaba una preocupación que ya no sabía ocultar.
—Llevamos mucho tiempo cabalgando —dijo—. Conviene que nos detengamos un momento. Los caballos necesitan descanso… y nosotros también.
La dulzura de su voz, tan familiar ya para mí, sonaba debilitada, casi cansada. No me opuse. Estábamos lejos de todo, otra vez perdidos en un bosque sin nombre ni rumbo.
—Tiene razón —respondí, esforzándome por sonar en calma—. Que descansen.
Me desmonté con lentitud. Miré hacia adelante; Yastrin se había detenido a prudente distancia. Fingía ignorarnos mientras sobaba la crin de su caballo.
Me acerqué a Eldram, pero noté entonces que se sostenía de un modo extraño, como si su cuerpo se meciera sobre la montura. Era el último de nosotros. Al girarse para descender comprendí al fin lo que había pasado.
Una flecha estaba incrustada en la parte baja de su hombro.
El mundo pareció detenerse. Había cabalgado herido… todo ese tiempo. Hundida en mi dolor y mis propios pensamientos, no lo había visto.
—¡Oh, por el gran poder del cielo! —exclamé, llevándome una mano al pecho—. Eldram… tiene una flecha clavada.
Intentó girar el rostro para mirarse y esbozó una sonrisa débil, cargada de dolor.
—Eso explica muchas cosas —dijo con suavidad—. El brazo estaba entumecido… y me costaba respirar hondo. No quise mirar.
No pude responderle. La voz de Yastrin estalló entonces, aguda y cargada de ira.
—¡Te lo dije, Eldram! —gritó—. No tenías por qué regresar por ella. Ahora está contigo… pero tú pagaste lo que ella merecía.
Se acercó con furia. Su mirada me atravesó sin misericordia, colmada de rencor. Eldram se interpuso con calma.
—Es una herida que pudo ocurrir de cualquier modo —respondió—. No merece tu enojo ni tus palabras. Estoy en pie… y estaré bien.
Yo la miré con gravedad, pero aparté la vista. Entonces sentí que todo mi cuerpo se contraía.
—¡Eldram! ¿Qué está haciendo?
Ya había tomado la jara con la mano.
—Debo sacarla —dijo—. Si permanece, seguirá dañando o incrustándose.
Movió la flecha con cuidado, de un lado a otro, y luego tiró con fuerza. El grito que brotó de su garganta fue profundo, casi gutural. La sangre brotó de inmediato, espesa y oscura, revelando una herida terrible.
Mis manos comenzaron a temblar al ver cuánta vida se le escapaba ante mis ojos. La sangre manaba como un torrente incesante.
—Yastrin… —pidió él con voz estertorosa y debilitada—. ¿Puedes traer algo… una manta, algún ropaje con que presionar la herida?
Yastrin apretó los labios, aún enfurecida. Volvió a fijar en mí su mirada adusta y llena de desprecio. Apenas la miré con seriedad antes de devolver mi atención a Eldram. Me sobaba las manos sin darme cuenta, dominada por la angustia. El flujo de sangre parecía no ceder, y el temor de verlo desangrarse por completo me paralizaba.
Ella no se movió.
Mortificada, invadida por la culpa, tomé el borde de mi vestido y lo rasgué con torpeza, arrancando el retazo más grande que pude. Pensé en cubrir la herida con ello. No sabía si era lo correcto, pero no podía quedarme inmóvil. Extendí la mano hacia él con la tela.
—¡No te metas! —espetó Yastrin con furia.
Me empujó con violencia. Caí sin remedio sobre la hierba, aunque no solté el trozo de tela. Se plantó frente a mí con actitud retadora. Me incorporé tan pronto como pude y, sin contenerme, me lancé sobre ella. Ambas dimos contra el suelo y rodamos unas cuantas veces hasta que logré quedar encima, inmovilizándola.
—Tu hermano se desangra mientras tú peleas por necedades —le grité—. ¡Estás fuera de juicio!
Su respuesta fue una bofetada brutal que me lanzó de nuevo al suelo.
—¡Tú eres la culpable de todo! —vociferó—. Si mi único hermano muere, su sangre recaerá sobre ti.
El rostro me ardía por el golpe. Enfurecida, reuní fuerzas y me abalancé otra vez sobre ella. Logré devolverle la bofetada y habría seguido golpeándola hasta quedarme sin aliento de no ser porque alguien la apartó con violencia. La sujetaron firmemente por la cintura. Yastrin forcejeaba y gritaba, incapaz de soltarse.
—¡Ya basta, Yastrin! —tronó la voz de Eldram—. Es suficiente. Si intentas hacerle daño de nuevo, me veré obligado a defenderla.
Ella dejó de moverse, aunque el odio seguía ardiendo en su mirada. Eldram la soltó y ella se apartó con brusquedad, sin dejar de clavarme los ojos. Él se interpuso entre ambas.
—Serene… —dijo con voz contenida—. Lamento profundamente su actitud. No volveré a permitir que se le acerque de ese modo. Haga lo que deba hacer. Confío en usted.
#363 en Fantasía
#214 en Personajes sobrenaturales
romance amor prohibido, fantasía oscura acción aventura, magia criaturas sobrenaturales
Editado: 31.01.2026