La sombra del Guardián, Vigía Eterno

Resistir

Me dejé caer sobre la hierba y permanecí sentada con las piernas cruzadas. Transcurrió un largo lapso en el que mis pensamientos se apartaron de los reproches para hundirse en el piélago de los recuerdos. Cada vez que Jon acudía a mi memoria, mis ojos se colmaban de lágrimas espesas. Mas no quise llorar abiertamente; Yastrin seguía allí, y no le concedería el deleite de verme quebrada, no bajo su escrutinio.

El aire comenzó a soplar con mayor ímpetu, helándome la piel. Me acomodé el cabello hacia un lado para que se secase, mientras mi cuerpo empezaba a tiritar al sentir las vestiduras aún gélidas. El atardecer descendía, y sus últimos rayos anaranjados alcanzaban apenas algunos claros del bosque. No tardó mucho en que la noche nos envolviera por completo en su manto.

Cuando giré el rostro para buscar a Eldram, ella ya no estaba a mi alcance. Entonces, sin vacilar, me aproximé a él. Tomé una de sus manos y mi corazón se estremeció al sentirla aún más fría que las mías. Cerré los ojos, suplicando guía, luz… pidiendo que la vida de Eldram no se extinguiera de ese modo, no por salvarme.

Todo estaba sumido en la penumbra, empero, el río seguía distinguiéndose con nitidez. La luna, mostrando solo la mitad de su faz, se reflejaba en las aguas impetuosas. No pasó mucho antes de que, al frente, donde comenzaba otra arboleda, surgiera un punto de luz. No parecía distar demasiado de donde nos encontrábamos.

Entonces comprendí que Yastrin había ido en busca de ramas. Las dejó a nuestros pies y fijó la mirada también en aquel punto claro, que semejaba un fuego vivo en medio de la noche.

—Hay personas cerca. Alguna de las dos debe implorar refugio. Iré yo. Quédate con él —avisó.

—Yastrin, pero…

—Eso es una fogata. Y el fuego significa presencia humana. Quédate junto a él, se lo debes. Tal vez así consigamos evitar que te salgas con la tuya. No enterraré a mi hermano… no hoy.

No aguardó respuesta. Se alejó.

—¡Yastrin, espera!

Mas no se detuvo ni se volvió una sola vez. Alcancé a distinguir su figura, apenas una silueta, hasta que se perdió entre la arboleda. Respiré hondo, temiendo que, al marchar sola, algo aciago pudiera sucederle. Sin embargo, comprendía su decisión desesperada; yo tampoco deseaba que Eldram sucumbiera. Su respiración se volvió más lenta, menos profunda. Lo abracé, intentando conservar su tibieza con mi propio cuerpo, aunque el frío se tornaba insoportable.

Cuando el cansancio terminó por vencerme, cerré los ojos, aceptando la posibilidad de que Yastrin no regresara. Empero, cuando el cuerpo exhausto empezaba a entregarse al sueño, escuché voces lejanas… pasos. Al abrir los ojos, alguien arrastraba el cuerpo de Eldram. Me puse en pie, intentando distinguir figuras entre la oscuridad.

—¡Deténganse! ¿Quiénes son? ¿Yastrin, eres tú?

Entonces, al girarme, la vi. Portaba una antorcha que bailaba con el viento.

—Vine por él. Y si deseas seguirnos, hazlo. De lo contrario, harías más yéndote por tu cuenta… aunque sé que, cuando despierte, querrá verte. Tú decides.

—Ven, síguenos —instó una voz masculina desde las sombras.

Otros surgieron entonces y se llevaron también a los caballos. Los seguí, aunque un presentimiento me advertía que algo no marchaba bien. Tras un largo trecho, arribamos a un campamento. El fuego ardía en el centro, rodeado de estancias levantadas como las tiendas que mi padre erigía en sus jornadas de caza.

Había varios individuos alrededor de la hoguera. Sus vestimentas no se semejaban a ninguna que hubiese visto en Halvarhar ni en Grevhar. Eran más coloridas, ornadas con pieles. Tanto hombres como mujeres portaban colgantes largos. Dos jovencitas salieron a nuestro encuentro y se hicieron cargo de las monturas. Mas mis ojos permanecieron atentos únicamente al lugar hacia donde conducían a Eldram. Lo llevaron a una tienda y me dispuse a seguirlos, pero una mujer se interpuso en mi camino.

Tenía los ojos grandes y directos, de un color que no pude distinguir a causa de las sombras. Su rostro era perfilado, marcadamente femenino. El vestido se ajustaba a su silueta y descendía en faldones plisados hasta el suelo. Yastrin apareció entonces. Ya vestía ropas semejantes.

—Esta es la mujer de la que te hablé… —explicó Yastrin, mirándome con una diversión maligna y contenida.

—Sí, la reconocí hace un momento.

La mujer habló entonces. Su acento era más profundo. Me entregó varias prendas.

—Necesitas despojarte de la ropa mojada o no sobrevivirás esta noche. Puedes ir a mi tienda para vestirte —dijo con gesto serio, aunque sus palabras pretendían ser amables.

Se dio la vuelta, mas no la seguí de inmediato.

—Te lo agradezco —respondí—, pero no me iré hasta saber qué ocurrió con el joven que trajeron. ¿Dónde se halla?

—Él se está recuperando y estará bien.

Volvió a andar y no tuve más opción que seguirla. Se detuvo ante una de las tiendas más alejadas. Con ánimo sereno, alzó las telas que cubrían la entrada.

—Me quedaré fuera, para tu comodidad. Puedes entrar —sentenció con firmeza.

Nada en aquel sitio me infundía verdadera confianza, empero, cualquier ayuda era preferible a continuar tiritando. Asentí y entré. Ella dejó caer el cortinaje. El interior era amplio, dispuesto como una estancia lujosa: un lecho cubierto por velos, lámparas y baúles. Tras asegurarme de que estaba sola, me vestí con las prendas: una falda ancha y una pieza superior que se anudaba con gracia. Calzada ya con unas botas de piel, alcé la vista con asombro.

Fue entonces cuando mi atención se detuvo en la mesa. Allí reposaba un objeto circular de piedra negra pulida. A su alrededor había varios huesos pequeños y piedras con signos tallados. Me acerqué despacio. El objeto oscuro poseía la belleza de un cristal profundo. Las piedrecillas me atrajeron de forma irresistible. Deslicé los dedos sobre una, pero al hacerlo empujé otra. Entonces, para mi espanto, uno de los pequeños huesos giró por sí mismo.




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