La sombra del Guardián, Vigía Eterno

Espejo oscuro

Sentía la fuerza con la que apretaba mi brazo, apenas conseguimos alejarnos un poco, nos desviamos hacia un lado donde estaba más oscuro. Entonces vi cómo alguien cruzaba un bastón frente a nosotras. La vara detuvo en seco el paso de quien me llevaba, dejando su pie suspendido en el aire. Bajo la luz de la tenue lámpara que todavía medio aclaraba hasta donde estábamos se dejó ver una mujer mayor.

Su aspecto no era rudo, pero tampoco sereno. Era alta, de cabellos trenzados en dos largas caídas que descendían hasta su vientre. Algo semejante a una tela se entrelazaba con las trenzas, y pequeñas argollas adornaban algunos mechones. Su piel parecía más clara incluso que la de Yastrin. Pero cuando giró el rostro y abrió los ojos, comprendí que aquellos ojos no respondían: permanecían perdidos, como cubiertos por un velo blanco desde dentro.

La anciana apartó el bastón de uno de sus pies. Fue entonces cuando miré hacia el suelo y advertí que la mujer junto a mí había estado a punto de pisar una flor silvestre. Retrocedió con respeto y soltó el agarre de mi brazo.

—Todo a tu alrededor, querida hija… podría parecer dormido —dijo con voz profunda—. Pero el pulso de la vida sigue latiendo, y no debemos interrumpir la armonía de su existencia, aun cuando se trate de una pequeña flor.

La mujer a mi lado asintió.

—Iba a buscarte, anciana madre. Han llegado un par de viajeros que parecían perdidos: un hombre y dos mujeres. Una de ellas está conmigo. Es joven y acaba de vestirse con ropa seca. Pero desea conocer lo que muestra el espejo oscuro y escuchar a las piedras que hablan.

La mujer mayor mantuvo el rostro ligeramente inclinado, escuchando con completa atención y calma. Entonces la mujer junto a mí me empujó y me hizo un gesto para que me acercara, mientras me observaba con expresión fija y mirada amenazante.

Temiendo que algo peor ocurriera si me negaba, avancé un par de pasos. La anciana, como si lo intuyera, también se aproximó. Buscó mi presencia con claridad, como si realmente pudiera verme, y con la mano que no sostenía el bastón acarició una de mis mejillas. Su cercanía fue suave, de tacto delicado.

Sus manos estaban tibias. Pareció complacida y alzó un poco el rostro, como buscando a la mujer que me había obligado a acercarme.

—Has hecho bien en ayudarlos. Esta jovencita ha atravesado situaciones muy difíciles y numerosas pérdidas —dijo, y abrí los ojos desmesuradamente—. Pero es de corazón firme y valiente, de esas pocas personas que no temen desafiar a los sabios ni al destino.

La observaba pasmada, incapaz de creer lo que escuchaba.

—Entonces, anciana madre… ¿le concederás su deseo? —preguntó la mujer, acercándose a ella.

La anciana volvió a girar ligeramente el rostro, dirigiendo su atención hacia mí.

—¿Es cierto, joven flor del sagrado valle de la sombra de la montaña?

Quedé inmóvil. Ese título sólo lo empleaban los sabios al referirse al castillo, al que llamaban así porque sus piedras oscuras contrastaban con el verde de los montes, los bosques y el blanco de la nieve.

—En verdad, yo…

Pero la otra mujer fijó en mí una mirada dura, silenciosa, amenazante.

—Anciana madre, ella teme importunarte, pero lo desea. Quiere saber si las visiones pueden guiarla…

La anciana sonrió con gentileza y asintió.

—Claro que sí, hija. He escuchado sus voces, y también sus formas fueron vistas bajo la humareda del fuego… Sabía que se inquietaban y buscaban hablar, incluso antes de que me lo pidieras.

La mujer sonrió satisfecha, mientras yo continuaba completamente absorta.

—Entonces te ayudaré, anciana madre. Regresemos a la tienda.

La tomó del brazo con delicadeza. La anciana, a su vez, tomó mi mano y se apoyó en mí. Avanzamos a paso lento hasta el mismo lugar. Al entrar, apoyó el bastón y, con sólo rozar el suelo, se guió hacia la mesa como si todo le resultara de nuevo evidente.

La vi sentarse. Me hizo una seña para que me acercara. Lo hice, aunque el miedo en mi interior no hacía más que crecer. Tomó una de mis manos y pasó un dedo por las líneas de mi palma.

Parecía fascinada al recorrerlas. Luego respiró hondo; su rostro se tensó apenas por un breve momento.

—Sostén todas las piedras y los pequeños huesos —pidió—. Y lánzalos sobre la manta blanca de seda.

Soltó mi mano con suavidad. Tragué saliva, nerviosa, y giré un poco el rostro. En la entrada, la misma mujer observaba sin apartar los ojos de mí. Con manos temblorosas, hice lo que me había pedido.

Cada roca y cada pequeño hueso tallado se deslizó a lo largo y ancho de la manta. La anciana los recogió envolviéndolos con cuidado, de modo que quedaron contenidos como en un saco, y luego los sacudió, arrojándolos nuevamente, esta vez sobre la mesa.

Las piezas que parecían huesos quedaron reunidas en un rincón, muy cerca de mí, como si hubieran sido llamadas. Las rocas, en cambio, se dispersaron: algunas quedaron con el rostro oculto, otras mostraron los signos grabados mirando al cielo. La anciana pasó ambas palmas lentamente sobre la superficie de la mesa, como aquietando lo que allí reposaba, y luego deslizó un solo dedo entre las piedras.

Tomó únicamente aquellas cuyos signos permanecían visibles, las mismas que yacían próximas a mí.

—Esta piedra habla de tu corazón —dijo, mientras recorría el símbolo con las yemas, reconociéndolo al tacto—. Tu fuego no se apagará. Permanecerá encendido y será luz que desgarre la oscuridad.

Quedé sobrecogida por sus palabras. La vi tomar otra piedra.

—Esta revela tu andar —continuó, rozando de nuevo el signo—. Nada se mostrará completo: lo que se eleva también se oculta. Abrirás senderos que yacen velados, y los conducirás hacia las moradas profundas de la tierra.

Mi asombro crecía. Tomó la última de aquellas piedras marcadas.

—Y esta nombra tu destino.

La observé sin apartar la mirada mientras ella sonreía con una mezcla de maravilla y gravedad, como si incluso para ella aquello resultara vasto.




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