En medio de mis sueños, algo se volvía consciente, vivo.
Un bosque oscuro se abría ante mis pasos. El viento, impetuoso, mecía mis cabellos y mis ropajes; hacía crujir la hojarasca y estremecía los ramajes. Nada me parecía realmente siniestro ni horrendo, aunque todo estuviera velado por la noche.
En un claro, donde la luna derramaba su luz, lo vi aparecer. Sus ojos parecían más vivos, colmados de una belleza serena. Me acerqué a él, completamente cautivada. Cuando lo tuve frente a mí, sentí regresar la paz, y con ella una dicha profunda.
Me miró con un regocijo contenido.
Contuve el aliento. Una capa oscura cubría sus anchos hombros, tan negra como la noche; caía por sus brazos y se abría sobre su pecho. El viento la agitaba con fuerza y, al ondearse, dejaba entrever su torso fuerte, amplio y firme, marcado por símbolos de un dorado suave que no lograba comprender.
Suspiré aliviada cuando me permitió rozar apenas mis dedos sobre su mano derecha. Su piel estaba fría, pero su contacto, su cercanía era verdadera, real.
Él me observaba con calma, y al mismo tiempo con un gusto silencioso. Mis ojos se llenaron de lágrimas, temiendo lo peor. Mi corazón se oprimió y, cuando estaba a punto de abrazarlo con fuerza, desperté.
Abrí los ojos bañados en lágrimas. Había soñado con él, y lo había sentido verdaderamente muy cerca.
Con la respiración agitada miré a mi alrededor, sudaba. Me moví hasta quedar sentada. La noche fría y apenas una tenue luz en una lámpara medio titilaba a un lado. Cuando fui recuperando un poco más la calma, me di cuenta de que estaba sola. Y de pronto todo quedó envuelto en la oscuridad.
Me incorporé de prisa. El corazón se me encogió ante la sospecha de que no era natural que Eldram hubiera abandonado la tienda en horas de avanzadas de la noche. Me puse de pie y lo llamé un par de veces, pero no hubo respuesta. Me dirigí a la salida de la tienda.
Aparté las cortinas y afuera la noche era tan cerrada como adentro. Pensé que quizá había salido a tomar aire, tal vez sin poder conciliar el sueño como yo. Rodeé la tienda sin ver a nadie. Afuera el frío parecía más intenso.
Me sobé los brazos y cuando iba a volver al interior, entre la maleza del bosque —en la parte más espesa y umbría—, me pareció que la luna me devolvía la certeza de sombras en movimiento. Fijé la vista en aquel punto sin parpadear.
Poco a poco, las siluetas comenzaron a revelarse. A medida que se desprendían de la fosca, la luz lunar dejaba ver con mayor claridad sus formas. Eran varios hombres, avanzaban a paso firme hacia donde yo me encontraba.
Pensé que Eldram estaría entre ellos, pero cuanto más se aproximaban, más feroz se volvía su presencia. Distinguí cuchillos, espadas. Reconocí sus vestimentas: eran los mismos hombres que habían llegado con Yastrin para auxiliarnos.
El que los lideraba alzó la espada; el filo relució en su borde. Intenté serenarme, pero sus pasos se tornaban más amenazantes, más pesados. Me señaló. Entonces comprendí que venían por mí.
Al ver que se apresuraban, no lo dudé más y eché a correr. Rodeé la tienda a toda prisa, gritando en busca de auxilio. Pero todo estaba sumido en la misma oscuridad del bosque, y nadie acudía.
Comprendí, con una claridad amarga, que, si aquel era su campamento, nadie habría de ayudarme. Habría sido necio creer lo contrario, además todo estaba oscuro y parecía no haber rastro de nadie más.
Corrí tan rápido como mis piernas me lo permitieron. Atravesé el campamento sin ver una sola luz hasta alcanzar el otro extremo, adentrándome de nuevo en el bosque, donde la arboleda volvía a cerrarse y expandirse a la vez.
El viento mecía todo con suavidad, pero atribulada mientras avanzaba sin saber a donde susurré rogando a los espíritus del bosque, que sus arbustos, ramas y follaje se apiadaran de mí y que escucharan mi angustia, que me ocultaran de aquellos hombres.
Pero cuanto más corría, más ramas quebraba bajo mis pies, más hojas secas crujían a mi paso. Entonces los oí hablar, sus voces y sus pisadas tras de mí, como un rugido que se acercaba. El pecho me ardía, y el aliento ya no me respondía, había corrido sin detenerme.
Pero no pude seguir, me faltaba el aire y con el frío me ardía la garganta. Me dejé caer de rodillas tras varios arbustos y junto a la corteza rugosa de árboles de troncos gruesos.
—Sabemos que te escondes… Percibimos el aroma de tus ropajes.
La voz resonó cerca de mi pequeño e improvisado refugio. Me recliné aún más, permanecí inmóvil, recobrando el aliento. Cuando el temblor de mis piernas cedió un poco y la presión en mi cabeza se alivió, avancé de rodillas con sumo cuidado.
Sigilosa, logré rodear el arbusto. Estaba oscuro, pero distinguí el tronco húmedo de un árbol caído, hueco por dentro, aunque su corteza permanecía firme y resistente. Me acerqué despacio, aguardando el momento justo para introducirme en él.
Cuando por fin me sentí más serena y me disponía a moverme, algo se deslizó frente a mi rostro. No alcancé a reaccionar: un par de manos enguantadas cubrieron mi nariz y mi boca con una precisión inhumana. Me estremecí con violencia, incapaz de emitir siquiera un gemido. Detrás de mí, un cuerpo sólido y frío.
Abrí los ojos con terror mientras me sacudía, pero entonces sentí una voz susurrar junto a mi oído, al tiempo que unos brazos firmes me oprimían contra aquel pecho fuerte.
—Cálmese… o no dejaré de hacer presión.
Me quedé quieta. El corazón se me retorcía en el pecho, aunque esta vez no por el horror, sino por una súbita y luminosa alegría. ¿Lo estaba imaginando de nuevo? No opuse resistencia; incluso dejé de respirar.
Me soltó con lentitud. Giré el rostro, con el corazón latiéndome como si corriera de nuevo.
—¿Jon? —susurré, abriendo los ojos cuanto pude.
Estaba arrodillado detrás de mí. Me encontré con su profunda mirada. Asintió, y llevó un dedo a los labios para indicarme silencio. Mis ojos se anegaron de lágrimas ante la dicha.
#363 en Fantasía
#214 en Personajes sobrenaturales
romance amor prohibido, fantasía oscura acción aventura, magia criaturas sobrenaturales
Editado: 31.01.2026